El legado del orfebre Cp.2ª

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Los orígenes

-Decías que te fabricaron en Toledo.

-No, nada de eso, dije que me creo un orfebre en Toledo, que no es lo mismo, cualquiera puede fabricar, crear es dar vida, parte de su propia vida. Eso es lo que hizo conmigo Rodrigo Montesinos.

Este hombre, Rodrigo, amaba a la cocinera de una condesa y quería regalarle algo útil, bonito y que lo pudiera usar a diario. Por su condición de cocinera una de las cosas que más utilizaba eran cuchillos, así es que decidió obsequiarle con uno, pero no uno cualquiera, le haría uno especial que llevara implícito en él su propia vida, la del orfebre.

Se fue a la forja del herrero, escogió el acero y con sus propias manos dio forma a la hoja, luego en su taller eligió la plata más pura para el mango. Trataba el metal como si de su propia amada se tratase; lo acariciaba, lo mimaba, ponía su ser en la labor, la impregnaba de su esencia, creaba vida, mi vida. En el mango grabó una leyenda que decía así “DE Tï PARA MÏ”.  Al terminar de grabar la última “I” yo no era tan solo un cuchillo, era un ser con sentimientos, sus sentimientos.

Cuando me entregó a Augusta ella me estrechó contra su pecho, un hermoso pecho, y en ese momento quedé enamorado de ella, de ella y de toda la gente buena que hay en el mundo.

Mis días transcurrían tranquilos, entre pucheros y viandas, escuchando el cotilleo de los criados y de vez en cuando la melodiosa voz de Augusta cantando.

Una mañana, con el pretexto de entregar unas bandejas de plata, Rodrigo fue al palacio, le recibió el ama de llaves que le hizo pasar a los aposentos de su ama, ésta, después de examinar las bandejas y elogiar la labor del maestro, le ordenó que las llevase a la cocina y se las entregase a Augusta.

En la cocina sólo estaba la cocinera y Eduviges la vieja nodriza, que al ver entrar al orfebre salió para dejarles solos. Habían planeado la boda para el mes siguiente, entonces ella dejaría la cocina de la condesa y se iría a vivir con él, ocupándose sólo de su casa, mientras tanto tenían que conformarse con unos cuantos arrumacos y algunos besos a escondidas, por aquello del que dirán. En eso estaban cuando oyeron un tropel de caballos y mucho barullo, gritos, carreras…

En esto uno de los jinetes gritó “Registradlo todo, coged todo lo de valor y no dejéis a nadie con vida, después le prendéis fuego al palacio. Se van a enterar de que a Tomás “El Lobo” no se le puede ultrajar y salir impune” Ignoro a que ultraje se refería y maldito si me importa.

El propio Tomás “El Lobo” entró en la cocina espada en mano dispuesto a ensartar a quien se le pusiera por delante. Rodrigo se interpuso entre el acero y su amada e hincando la rodilla en tierra, suplicó por la vida de ésta, prometiéndole al caballero, si es que lo era, su tienda, su casa y su vida a cambio de la de ella.

Lo que recibió por respuesta fue un certero golpe de espada que abrió su cabeza en dos, luego dirigió el arma hacia la mujer que estaba paralizada por el horror, deteniéndola a medio centímetro de su pecho y con una risotada dijo:

– Es una pena desperdiciar este cuerpo, primero me recrearé en ti, luego tendré tiempo de acabar contigo – y diciendo esto empezó a rasgarle la ropa con la punta de la espada.

A Augusta lo único que le producía más horror que ver a su amado muerto, era la posibilidad de ser poseída por su asesino; así es que sujetando el acero con ambas manos se abalanzo sobre él de forma que éste se hundió en su cuerpo dejándolo sin vida.

Eso era algo que yo no podía dejar sin castigo, mi hacedor no me lo hubiese perdonado nunca, me levante de encima de la mesa y me quedé unos segundos a escaso medio metro del agresor, él me miraba con una mezcla de asombro y horror en su rostro, dudé un momento entre alojarme en su corazón o en su frente, elegí ésta última, pues desconfiaba que el monstruo tuviera corazón.

Y así fue como impartí justicia por primera vez.

Germana Fernández

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