Alberto Giménez Prieto

Le llamaban don Paco, el don se lo había aportado el título de médico, aunque no daba para cambiar Paco por Francisco. Era uno más de aquel barrio del que nunca salió.

Hacía años que andaba jubilado, pero el personal siguió buscándole cada vez que desconfiaba de lo diagnosticado por el joven médico del seguro. Algo muy frecuente, sin que ese servicio engrosara su pensión más que con algún melón, unas naranjas o algún dulce casero por Navidad.

Raulito, que andaba despidiéndose de la adolescencia, era hijo de un empleado de la limpieza municipal, lo que antes llamábamos barrendero, que empuñaba el escobón sin demasiada maestría y con menos ganas. Eso cuando el alcohol se lo permitía. Raulito era inteligente, aunque algo arisco con los extraños, algo que la gente achacaba a la timidez que lo recubría y que ese día se había tenido que tragar para hacerle una consulta muy delicada a don Paco.

Encontró al médico entre los contenedores de basura recuperando una vieja silla de enea

—Es un ejemplar precioso de la España del racionamiento —apostilló el médico.

Raulito miro aquel desecho sin comprender a qué se refería, pero no se atrevió a pedirle que se lo aclarara. Tampoco tenía mucho interés.

Luego el chaval, arremangándose el apuro, le contó a don Paco lo que le preocupaba: algo que no se atrevía a contarle al médico del seguro, entre otras cosas porque para ir al ambulatorio necesitaba la tarjeta del seguro y pedírsela a su madre…  eso sí que no. ¿Cómo iba a explicarle a la vieja que el pito le escocía, le dolía y no paraba de supurarle?

Don Paco, tras escucharle quiso examinarlo en su consulta. Le pidió que lo acompañara y, de paso, que cargara con la silla.

El piso donde vivía don Paco era como el de los padres de Raulito, solo que el doble, porque estaba unido a otro en el que aún subsistía la decrepita consulta. Arrinconaron la silla, entre otros trastos de la misma procedencia y le hizo pasar a una consulta que parecía sacada de un museo.

—Raulito ¿últimamente has tenido relaciones sexuales? —preguntó después de examinarlo.

El sonrojo del muchacho respondió afirmativamente.

—¿Con alguna profesional?

Raulito negó apresuradamente con la cabeza, la vergüenza lo había enmudecido. A pesar del bochorno, el escozor de su pene le evocó la imagen del momento —literalmente un instante— vivido con la Reme, que todavía lo estremecía.

Aquello aunque Raulito había querido convencerse de que era un enamoramiento, sabía que solo había sido el fruto de una obsesión que le había llevado a hacer aquello con la Reme. Igual podía haberlo hecho con cualquier otra que se le hubiera puesto a tiro. Era la necesidad de tenerlo hecho, más que la de experimentarlo la que le empujaba. Llevaba la tira de tiempo escuchando contar a sus amigos  como habían sido desvirgados y él seguía virgen. Su timidez y su escaso atractivo lo tenían en dique seco. De no haber sido porque Reme le insinuó la posibilidad…

—No siempre digo que no — había dicho ella, aproximándosele lascivamente antes de que él pudiera sugerir nada.

En ese momento Reme había dejado de ser una más de la pandilla para convertirse en su ídolo, de donde no la bajó ni aun cuando le insultó por la rapidez con que había eyaculado, ni cuando, visiblemente insatisfecha, le dijo que no quería volver a verlo.

—¿Has tenido contactos con alguna persona más?

—No, solamente con una y una sola vez…

—Pues esa amiguita tuya te ha dejado un buen recuerdo. Tendrás que inyectarte esto —le dijo entregándole un papel en el que había hecho una anotación— y después no mantengas relaciones sexuales hasta pasados siete días.

—¿Es muy cara esa inyección don Paco?

—Pide una receta en el seguro…

Ante la mueca de Raulito, don Paco comprendió.

Ya… no quieres que en tu casa se enteren. ¿Verdad Raulito?

—Don Paco yo…

—Está bien, vamos a hacer una cosa, vienes a la tarde, yo te pincharé, pero, como todo en la vida, eso tiene un precio: tendrás que ayudarme… pongamos que durante un año a trasladar a casa los muebles que te diga.

—Lo que usted mande don Paco.

—¡Ah! y otra cosa. Dile a tu amiguita que tiene gonorrea como tú, así que no vaya prodigándose por ahí mientras no se cure. ¿Puedes decirme quien es ella?

—Verá don Paco es que yo…

—Te lo pregunto por bien de ella, allá tú si no quieres decírmelo, pero si se complica la cosa puede costarle la vida…

El miedo hizo acto de presencia en la mirada del chaval, lo que acababa de escuchar le alarmaba más que saber que padecía aquella enfermedad.

—Reme, ha sido la Reme, pero no le diga que se lo he dicho… —balbuceó.

—La verdad es que no hacía falta que me lo dijeras. Medio barrio anda como tú gracias a ella. Y lo sabe. ¿Cómo has podido ir a caer con ella? Yo tenía otro concepto de ti.

Al saber de su promiscuidad Raulito sintió difuminarse el atractivo que le había despertado Reme. Él, de algún modo, intuía que había algo raro en que ella, tras tantos desprecios, se le hubiera acercado. Ahora sabía porque era. Nadie en el barrio quería trato con ella. Su deseo de no ser menos que sus amigos le había llevado a eso.

Don Paco, aparte de curarle la infección, intentó vacunarle contra la ingenuidad, esta sería la primera de las muchas lecciones que recibiría del doctor, al que, durante años, ayudó a transportar muebles desechados.

Un día, cuando Raulito tuvo más confianza con don Paco, le preguntó por qué él, que disponía de una buena pensión, perdía el tiempo rescatando muebles abandonados, para restaurarlos y venderlos a los caprichosos de lo que ahora llamaban vintage.

 —Mira Raúl, cuando terminé la carrera, gracias al sentido del humor de un compañero que suspendió, se me apodó como «doctor medias suelas». Esto se debía a que, de no haber sido por las muchas medias suelas que mi padre puso, yo no hubiera podido estudiar medicina. Y aquel sacrificio de mi padre no lo olvido. Por eso no soporto que la gente se deshaga, en un barrio obrero como este, de cosas en perfecto estado de uso. Me evoca a mi padre, lo veo encorvado sobre su yunque de zapatero, aprovechando trozos de neumáticos desgastados para poner medias suelas.

Raulito no entendió muchas de las cosas que le decía don Paco. No comprendía a qué se refería con eso de cambiar las suelas y mucho menos por mitades, ni cómo se podían aprovechar los trozos de neumáticos gastados para las suelas. Tenía confianza con el galeno para preguntárselo, pero había visto danzar unas lágrimas en los parpados del anciano y no quiso que la cosa fuera a más.

Luego, de camino a su casa, se miraba las Nike que calzaba y se preguntaba que sería aquello de poner medias suelas. ¿No sería que don Paco chocheaba?

Alberto Giménez Prieto

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