LA SONRISA DE LA LEALTAD 1/2

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Sergio Reyes Puerta

La luna menguante derramaba su plateada y tenue luz sobre la ladera de la Sabika. Allí se escondía una peligrosa amenaza, pergeñada desde el anochecer: miles de hombres, agazapados y silenciosos, se deslizaban hacia arriba, en dirección a la alcazaba roja. Los vigías empezaron a caer sin siquiera haberlos sentido llegar y el campamento cristiano se iba quedando, así, desprotegido e indefenso por momentos.

Alfonso tenía el sueño ligero. Golpes y gemidos sordos, no muy lejanos, le hicieron abrir los ojos y ponerse en alerta enseguida. Se incorporó y echó mano a su espada mientras miraba a su alrededor. Las sombras de plata que se movían algo más abajo confirmaron sus sospechas.

―¡A las armas!

Su grito despertó a los compañeros más cercanos que, a su vez, comenzaron a extender la alarma.

―¡A las armas! ―Se escuchó rápidamente por todo el campamento―. ¡A las armas!

Enseguida, los gritos en árabe también se multiplicaron y Alfonso pudo escuchar, al pie de la ladera, el estruendo de cascos y relinchos. Aguzó la vista, ya acostumbrada al plateado paisaje y calculó rápidamente. Después, corrió hacia una tienda cercana, mientras esquivaba a algunos de sus compañeros que huían: tenía que informar a su señor.

Encontró a don Álvaro ajustándose el escudo al brazo. El nieto de Alvar Fáñez, aquel que fuera lugarteniente del Cid, lo miró fijamente al verlo entrar en sus aposentos, serio, preocupado.

―¡Está siendo una masacre, mi señor! ¡Nos sorprendieron dormidos!

Alfonso era hombre de confianza, por eso descansaba cerca de la tienda de don Álvaro, que levantó su espada y la observó brillar bajo la antorcha. 

―¿Cuántos?

―Así, a ojo, diría que no menos de cuatro mil soldados a pie, que son los que han iniciado el ataque en silencio, mientras dormíamos.

―¿Sólo eso?

―No, mi señor. En cuanto dimos la voz de alarma ―obvió decir que él había sido el primero. No necesitaba ganar más puntos ante don Álvaro―, los atacantes avisaron a sus refuerzos. Mínimo, cuatro mil caballeros que esperaban en la retaguardia se incorporaron veloces al ataque.

Don Álvaro el Calvo se deslizó frente a Alfonso, dirigiéndose hacia la salida de la tienda.

―Hay que avisar a los hijos del conde de Urgel, aquí al lado.

―Mi señor, siento deciros que…

Don Álvaro se detuvo bruscamente y se giró hacia su interlocutor, temiendo lo peor. Este continuó, atribulado:

―…me pareció verlos huir hacia la alcazaba roja.

Don Álvaro negó con la cabeza, decepcionado, y retomó su camino, seguido de cerca por Alfonso. Cuando salieron al exterior, los combates cuerpo a cuerpo se multiplicaban unos pocos pasos más abajo. Los caballos estaban inquietos y asustados cuando se acercaron a ellos.

―Tranquilo… ―Le susurró a su montura don Álvaro.

―Mi señor…

Alfonso puso una mano en el hombro de don Álvaro el Calvo, deteniéndolo cuando se disponía a montar. El jefe de las huestes cristianas le dedicó una mirada severa a su siervo que, aún así, se la mantuvo antes de continuar hablando:

―Mi señor, sois demasiado valioso. Esos muslimes estarán deseando capturaros. Seguro que saben de vuestra presencia aquí. Debéis poneros a salvo, como han hecho los hijos de ese conde de…

―¡Yo no voy a marcharme! ¡Soy nieto de Alvar Fáñez y pariente de don Rodrigo Díaz de Vivar!

―Pero señor, no os estoy pidiendo que os vayáis… Sólo que os protejais. ¡Por Dios! ¡Mirad a vuestro alrededor! 

A su alrededor los refuerzos almohades, llegados para recuperar la ciudad de Granada, en manos del Rey Lobo ―al que el Calvo servía aquellos días―, avanzaban impetuosos e imparables hacia arriba. Quizás Alfonso tenía razón.

―Tengo que poner orden en mis filas y organizar la defensa… ―protestó, no obstante.

Alfonso se mordió la lengua. Iba a decirle que, al ritmo que todo sucedía, pocas filas quedaban ya. Pero conocía a su señor y sabía que no se iba a rendir tan fácilmente. Debía pensar rápido.

―¡Hacedlo! ¡Pero hacedlo con inteligencia y protección!

―No entiendo…

―Es muy fácil. Aún es de noche: los hombres conocen vuestra voz y podréis guiarlos con ella, mas no os pongáis en peligro. No os convirtáis en el principal objetivo de los sarracenos.

―¿Y cómo voy a lograr eso?

(continuará)

Sergio Reyes

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