… tiene el miedo muchos ojos y ve las cosas debajo de tierra.

MIGUEL DE CERVANTES

“Todos los hombres tienen miedo. Todos.

El que no tiene miedo no es normal, eso no tiene nada que ver con el valor”

J.P. SARTRE

…lo que más temo es el miedo

MICHEL DE MONTAIGNE

El miedo forma parte de nuestra naturaleza humana, es una muralla esencial, una garantía contra los peligros, forma parte de nuestra supervivencia, es un reflejo indispensable que permite al organismo escapar provisionalmente a la muerte (J. Delumeau). El miedo es una respuesta biológica innata que ha tenido una función básica en la perpetuación de las especies. Nació con el ser humano en algún punto de la noche de los tiempos, impregnándole de responsabilidad y sabiduría. Pero todo ser humano que está dominado por el miedo corre el riesgo de disgregarse, se separa de sí mismo y se vuelve extraño al mundo llevando incluso al suicidio.

Los valores, actitudes y expectativas de la comunidad proporcionan un contexto cultural para la articulación de los miedos individuales. En nuestras sociedades líquidas parece que se ha elevado la tensión de la “cultura del miedo”, posiblemente tiene mucho que ver la disolución existente de las normas morales. El individuo actual cada vez es menos capaz de hacer un balance positivo de la capacidad de la humanidad y los individuos para gestionar el riesgo y la incertidumbre. Se constata una pérdida de confianza en el individuo, posiblemente porque el debate público está preñado de desconfianza a todo y a todos.

La cultura juega un papel dominante en las relaciones entre la incertidumbre y el miedo, en ello tiene mucho que ver cómo percibimos las relaciones entre el pasado y el futuro. En nuestras culturas líquidas donde el futuro es contemplado como un territorio hostil, la incertidumbre es vista de forma negativa, con lo que una corriente de miedo se desliza por los subterráneos oscuros de la cotidianidad de la vida. Los peligros del futuro (catástrofes climáticas, epidemias, guerras, terrorismo) no se pueden reprimir, la ansiedad y el miedo se mezclan, con lo que se produce la automatización del miedo. Este aparece de forma difusa, poco claro, con lo que el miedo es el nombre que le damos a nuestra incertidumbre, a nuestra ignorancia de las amenazas y de lo que debe hacerse (Bauman).

En estas circunstancias de automatización del miedo, las ansiedades flotan en el ambiente buscando una amenaza donde adherirse, podemos decir que se mueven por sus propios imperativos internos. Con lo que los miedos cotidianos pueden cambiar de la noche a la mañana según las realidades vividas, pasando de la preocupación de nuestro aspecto físico, de los estudios, del futuro de los hijos, a la desazón por la crisis, inmigración masiva, la delincuencia, generando un miedo al miedo. Por lo que el miedo ha quedado desconectado de sus referentes externos. En nuestro mundo líquido, individuos y grupos explotan y mercadean con esta cultura del miedo.

La cultura del miedo tiende a sobre dimensionar las amenazas y a pensar que la humanidad se enfrenta a una crisis sin retorno. Vivimos en una cultura que está inmersa en unos cambios científicos y tecnológicos sin precedentes, además de un proceso de globalización donde los riesgos y consecuencias son imposibles de calibrar. Pero más allá de los alarmismos y las profecías escatológicas, los miedos tienen un componente moral y no solo una respuesta a una amenaza objetiva. Desde el principio de los tiempos, los miedos han sido formulados por la gramática de la moral, incluso uno de los miedos más primitivos como el miedo a la muerte.

El miedo a la muerte es un temor innato que compartimos todos los seres humanos, es el temor a lo desconocido, aunque nos preparemos para su llegada, siempre nos pillará desprevenidos. Nos enfrentamos a la impotente tarea de vivir en ese recuerdo constante de que tenemos ineludiblemente que morir. En la muerte de los seres queridos asistimos a nuestra propia muerte, aun cuando sigamos siendo incapaces de visualizar el mundo sin nuestra presencia. Ese mundo en el que no estaremos nosotros para observarlo. Recordar la inminencia de la muerte cada momento de nuestra existencia nos dota del propósito que hace que cada momento vivido sea único, pudiendo adquirir esa felicidad que nos proyectará a la esperanza. Así las religiones han proyectado la esperanza como un antídoto para superar el miedo de esa amenaza constante.

Hoy en día vivimos la muerte fragmentada y banalizada, en la actualidad las explicaciones sobre la muerte no son redentoras. Con lo que los miedos nunca van a ser olvidados, no se van nunca, saturando todos los recovecos de la vida y de la existencia. La banalización de la muerte intensifica el miedo a la muerte e incrementa drásticamente su potencia destructiva y hace que su presencia sea más constante. Muy lejos del lenguaje de la moral en nuestras sociedades líquidas, no se puede dar sentido al miedo y a la muerte. La confusión moral en la que vivimos, tanto sostiene como reproduce la cultura del miedo.

En este contexto, debemos buscar caminos para superar esa cultura del miedo. La historiaproporciona un recurso intelectual importante para ilustrar cómo las personas lograron dominar sus miedos y seguir avanzando. No necesitamos la glorificación del pasado, sino la perspectiva de la conciencia histórica (Frank Furedi). Con ella podemos entender esos momentos de cambio y aceleración histórica, con lo que nos ayuda a entender como los seres humanos pudieron lidiar mediante prácticas religiosas que dotaron sentido a los miedos. En otros momentos la razón o la filosofía, la ciencia han sido eficaces para dominar los miedos.

La pérdida de fe en la vida pública y en la capacidad de las personas para tomar decisiones es una de las fuentes de las actuales políticas del miedo. La Ilustración nos enseñó que el ejercicio de la opinión pública y el debate son esenciales para aclarar y resolver los problemas sociales a los que nos enfrentamos. Solo en la participación en el debate democrático los ciudadanos pueden hacerse moral y políticamente responsables, abriendo caminos a nuevas ideas. Es necesario tomar la democracia mucho más en serio para ganar confianza, afrontar el futuro y disminuir los miedos.

Otro de los elementos que han catapultado los miedos actuales, posiblemente se encuentre en la forma de educar y socializar a los jóvenes. Esta no ha logrado el hábito de desarrollar su independencia, fomentando una adolescencia prolongada dependiendo en exceso de los padres, lo que impide su maduración. No somos capaces de transmitirles los valores del pasado (Hannah Arendt), esto impide abrir perspectivas de futuro viviendo en un eterno presente. Hay que superar la ética de la protección y tener el coraje de que aprendan por sí mismos para liberarse del yugo de la inmadurez. Aprender del pasado, sobre todo los valores y virtudes desarrollados a través de los siglos, supone fomentar la confianza y fuerza necesaria para afrontar un futuro incierto.

La sociedad postmoderna ha fomentado un pesimismo ante el conocimiento y la razón, generando una pérdida de fe en el ser humano como dueños de su propio destino. La cultura del miedo no solo hace al individuo más aprensivo, impide que las personas puedan desarrollar su potencial y ejercer su voluntad, frenando las libertades. No es fácil superar esta lógica del miedo, pero debemos tener el coraje de desplegar, ahora más que nunca, virtudes como la razón, el juicio, la prudencia y la fortaleza. Hannah Arendt nos recordaba que estas virtudes no solo dan esperanza a la sociedad, respaldan también la capacidad para ejercer la libertad.

Juan Antonio Mateos

1 thought on “La cultura del miedo

  1. Felicidades Juan Antonio Mateos Precioso y acertado artículo. El miedo al miedo esta suplantando el amar lo amable. Es su extremo contrario. Coincidimos en la preocupación por rescatar un mundo de amabilidad, responsabilidad personal, libertad por tanto.
    Gracias

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