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  Caminaba despacito Don Pánfilo Zenea bajo los rayos ardientes del sol de agosto, con su sombrero de fieltro cubriéndole la cabeza, y la chaqueta del traje gris bajo el brazo. Asomando por el cuello de la camisa de un blanco impoluto, una pajarita roja con motas azules se empeñaba en ir torcida a pesar de la dedicación de su dueño por enderezarla.

  Ni una gota de sudor resbalaba por su frente. Ni un feo rodal dibujado en las axilas… y es que en él no había nada que exprimir. Para el sol, ese hombre bajito y enjuto, era como un coco sin agua, o una chufa sin leche. Tan pálido y traslúcido que cualquiera hubiese dicho que las venas que cruzaban sus sienes las llevaba como dos imanes de nevera, pegadas por fuera a la piel.

  Calzado con los zapatos de las grandes ocasiones; unos zapatos de piel de cabritilla acostumbrados a dormir sus largos días de espera en el fondo de un armario, haciendo el amor eterno con un par de viejas hormas de madera, que su dueño compró para ellos en la Cuba de los cuarenta, cuando Don Fulgencio Batista mandaba más que Dios. Tenía unos andares como de muñequito de cuerda; de esos que bailan dando vueltas, y que si lo haces danzar sobre una mesa acaba por estrellarse contra el suelo, si no lo devuelves al punto donde empezó a cobrar vida.

  Avanzó hasta la primera bocacalle sorteando con asombrosa presteza un fresco zurullo de can, que por su tamaño hubiera apostado, sin miedo a equivocarse, que era de un Gran Danés bien alimentado basándose en el brillante color del desecho orgánico.

Soltando un:

—— ¡Qué coño Panfilito! ¡No te tires con la guagua andando!, cuando ya había cruzado al otro lado de la calle sin mirar al conductor de la furgoneta que hundía las ruedas en el asfalto ardiente, por no arrollar a Don Pánfilo que parado frente a la dulcería La sabrosura del Merengón, miraba indeciso el escaparate en donde las bandejas de yemitas empolvadas, y los platillos de dulce de mamey, jugaban al corro con las panetelas borrachas y el par de fuentes de coquitos quemados, alrededor de un enorme merengón:

—— No seas guanajo, y decídete ya por uno ——- se dijo a sabiendas de que pediría lo mismo de cada martes porque el único dulce que le hacía perder los cinco sentidos, era el sabor del ron añejo de su Cuba añorada.  Bueno el ron y Dominila, la niña mulata que, sentada tras el mostrador, seguía con atención las peripecias de los protagonistas en, Los Ricos También Lloran, la telenovela que a esas horas de la tarde captaba la mayor concentración de marujas de España ante el televisor.

—— Buenas tardes Dominila —— acertó a decir, quitándose el sombrero, y adoptando un timbre de voz menos cascado.

  Le costaba un esfuerzo disfrazar la voz quebrada por los años, los habanos y el ron, pero merecía la pena por la ilusión de que ella lo viera algo menos viejo; más… —— No hay nadie en las mesas… —— comentó por hablar, a sabiendas de que a esas horas de la tarde de ese mes de agosto, ni las hormigas saldrían al exterior por mucha migaja de dulce que hubiese por el suelo del local —— Claro con tanto calor…—— continuó dejando con mimo la chaqueta en el respaldo de una silla, pensando que el calor había desaparecido de su lecho y de su vida hacía, no sabía cuánto.

  La mulata linda no pudo evitar fruncir el ceño cuando se volvió hacía él, aprovechando el parón de los anuncios, pero al momento, un ramalazo de ternura maternal brilló en los grandes ojos del color de la caña temprana, herencia segura de la sangre blanca que corría por sus venas, cosa que a Don Pánfilo no le hizo ni pizca de gracia porque echaba por tierra los últimos rescoldos del orgullo viril que le quedaba.

—– ¿Qué le pongo? —- preguntó, también por preguntar, segura de lo que le iba a pedir; quería ver el final de la telenovela y si le daba palique no se lo quitaría de encima durante un buen rato. Sin esperar la contestación se dirigió al escaparate.

—— ¡Espera que salgo! Y ya te digo mi niña… —— le dijo irguiéndose todo lo que pudo.

—— Este hombre anda ya con la chochera… —— murmuró al tiempo que se inclinaba sobre los dulces.

  Con la nariz casi pegada al cristal, como un chiquillo goloso, le indicaba con un dedo tan traslúcido como un gusano de seda, el merengón plantado justo en el centro.

—— Don Pánfilo ¿Es que no se acuerda usted que siempre me pide lo mismo? —— le pregunta con ternura mientras se estira todo lo que puede para cogerlo. Pero Dón Pánfilo no la escucha; no está pá boberias porque sus cinco sentidos andan ocupados con el pequeño colgante en forma de corazón que bachatea en mitad del canalillo, que asoma por el generoso escote de la muchacha. —— ¡Don Pánfilo! ¿Es que no me oye? —— repite inclinándose más, dejando entrever un retazo del sujetador. Y a él le da un vuelco el corazón, porque es azul como el mar de su Cuba querida.

  Y el hombre pequeño camina despacito, bajo los rayos ardientes del sol de agosto llevando en una mano el merengón, que tirará en el contenedor al otro lado de la bocacalle. Se ha olvidado el sombrero, y de un bolsillo saca un pañuelo, ¡Hace calor!

 

                      Gudea de Lagash

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