RUBÉN DARÍO EL PRÍNCIPE DE LAS LETRAS CASTELLANAS

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(Primera parte)

La princesa está triste.

¿Qué tendrá la princesa?

Los suspiros se escapan

de su boca de fresa…

¡Ay!, la hermosa princesa del poema más famoso de Rubén Darío. ¿Quién no ha repetido, al menos “los de mi tiempo”, hasta la saciedad estos versos con que empieza la Sonatina que todo rapsoda ha recitado para deleite de un alma romántica?

     Pobrecita princesa, que lo tiene todo… menos el amor. ¡Ah!, pero con la intervención del hada madrina cesarán sus suspiros al anunciarle que un príncipe azul viene de camino en un caballo veloz para encender sus labios con un beso de amor…

     Yo también he recitado este bello poema, junto con otros más de su autor, como partenaire de un prestigioso escritor nicaragüense estudioso del poeta: Ricardo Llopesa.      Quizá la persona más documentada sobre la vida y obra de Rubén Darío. Me eligió, pidiéndome que yo me encargase de la parte poética, para una conferencia que tenía que dar sobre el poeta nicaragüense y hube de aprenderme diez o doce poemas, acompañados de música. Modestia aparte, gustó mucho este acto celebrado en el Corte Inglés de Valencia. Ya, amigo Ricardo, estás en el Cielo, feliz en compañía de tu ídolo Rubén Darío.

     ¿Quién no se ha sentido alguna vez esa princesa de los cabellos de oro soñando con un príncipe encantador? No dejaba de ser bonito soñar mientras leíamos este poema sumergidos en ese mundo onírico de una de las poesías más bellas que se han escrito: la Sonatina de Rubén Darío.

     Así que, una vez más, me dispongo a sumergirme en el mundo de fantasía de este poeta apodado El príncipe de las Letras Castellanas. Poeta nicaragüense, iniciador y máximo representante del modernismo hispanoamericano. No en vano fue llamado asimismo El padre del modernismo.

      No hay autor que iguale a Darío en lengua española en estilo, brillantez, estilística y musicalidad. Como iniciador del modernismo marcó un hito en la historia de la literatura y a él se debe que a finales del siglo XIX Latinoamérica lograra su independencia literaria.

La princesa está triste… ¿qué tendrá la princesa?
Los suspiros se escapan de su boca de fresa,
que ha perdido la risa, que ha perdido el color.
La princesa está pálida en su silla de oro,
está mudo el teclado de su clave de oro;
y en un vaso olvidado se desmaya una flor.

El jardín puebla el triunfo de los pavos reales.
Parlanchina, la dueña dice cosas banales,
y, vestido de rojo, piruetea el bufón.
La princesa no ríe, la princesa no siente;
la princesa persigue por el cielo de Oriente
la libélula vaga de una vaga ilusión.

ACERCA DE SU VIDA

Félix Rubén García Sarmiento nació en Metapa, Nicaragua -que en su honor tomaría el nombre de Ciudad de Rubén Darío-, en el año 1867. Al mes de su nacimiento, sus padres, Rosa Sarmiento y Manuel García, pasaron a residir en León, Nicaragua. A poco, nacería una segunda hija, Cándida Rosa, que falleció al mes de nacer.

     Matrimonio de conveniencia, el padre se entregaba a juergas y lupanares y la madre no tardaría en abandonar el hogar yéndose a vivir con un tal Juan Benito Solano y llevando consigo al pequeño Félix a un campo en una localidad de Honduras. Etapa de privaciones, hasta que el niño pasó a vivir de nuevo a León con sus tíos maternos, el coronel Félix Ramírez y su esposa, Bernarda Sarmiento.

     Hogar, célebre por las tertulias literarias que se celebraban, donde el precoz Rubén recibió una esmerada educación, en donde comenzó a componer poemas y con tan solo tres años aprendería a leer. A los trece ya era conocido como El niño poeta y a los catorce publicó su primera obra. Estudiaba con los jesuitas motejándolos de sotanas carcomidas, etapa en que cultivó la ironía. Aprendió francés con un diccionario y leyendo literatura francesa, mientras trabajaba en la Biblioteca Nacional de Nicaragua. Con el tiempo, hablaría cinco idiomas.

¿Piensa acaso en el príncipe del Golconda o de China,
o en el que ha detenido su carroza argentina
para ver de sus ojos la dulzura de luz?
¿O en el rey de las Islas de las Rosas fragantes,
o en el que es soberano de los claros diamantes,
o en el dueño orgulloso de las perlas de Ormuz?

¡Ay! La pobre princesa de la boca de rosa
quiere ser golondrina, quiere ser mariposa,
tener alas ligeras, bajo el cielo volar,
ir al sol por la escala luminosa de un rayo,
saludar a los lirios con los versos de mayo,
o perderse en el viento sobre el trueno del mar.

      Eterno enamorado, Rubén a los quince años se sintió irresistiblemente atraído por Rosario Emelina Murillo -que más tarde sería su segunda esposa-, así como por una lejana prima, Isabel Swuan, y la trapecista Hortensia Buislay. A estas, le seguiría una larga lista de amores y mujeres que pasaron a lo largo de su vida.

     Hedonista, se cuenta que en agosto de 1882, encontrándose en El Salvador, el Presidente Rafael Salazar le preguntó qué es lo que deseaba. El joven Rubén, con tan solo quince años, respondió: Quiero tener una buena posición social. Ya expresaba sus ambiciones burguesas, que más tarde vería frustradas en su etapa de Chile cuando, para poder vestir decentemente, se alimentaba de “arenques y cerveza” cuando alternaba con el círculo de amistades del hijo del Presidente, Pedro Balmaceda Toro, de dicha nación.

     En su etapa chilena, 1887, escribió Abrojos, un libro de poemas en el cual cuenta su triste estado de poeta pobre e incomprendido. Por entonces vivió un fugaz amor con Domitila y ya empieza a firmar con el pseudónimo de Rubén Darío.

¡Pobrecita princesa de los ojos azules!
Está presa en sus oros, está presa en sus tules,
en la jaula de mármol del palacio real,
el palacio soberbio que vigilan los guardas,
que custodian cien negros con sus cien alabardas,

 un lebrel que no duerme y un dragón colosal.

Ya no quiere el palacio, ni la rueca de plata,
ni el halcón encantado, ni el bufón escarlata,
ni los cisnes unánimes en el lago de azur.
Y están tristes las flores por la flor de la corte;
los jazmines de Oriente, los nulumbos del Norte,
de Occidente las dalias y las rosas del Sur.


      Obtuvo su primer premio por Canto épico a las glorias de Chile, ganando la pequeña suma de trescientos pesos. Y llegamos al año 1888 cuando verdaderamente se dio a conocer con la publicación de Azul, en Valparaíso, poemario muy elogiado y comienzo de su fama como poeta. De él diría Víctor Hugo: L`art c´est l´azur. El azul es el simbólico color del modernismo, así como los cisnes. La segunda edición se publicaría en Guatemala, prologada por Juan Varela, en 1890.

     Y llegamos a su primer matrimonio. El 21 de junio de 1890, Darío contrae matrimonio con Rafaela Contreras y fruto de esa unión sería su hijo Rubén, nacido en Costa Rica en 1891. Y al ser enviado como embajador a España, el poeta vería por fin cumplidos sus deseos de visitar el Viejo Mundo, que, viajero impenitente, más tarde recorrería repetidas veces.

ETAPA ESPAÑOLA

     Rubén Darío desembarca en La Coruña el 1 de agosto de 1892, precedido de gran fama, y entabla enseguida relaciones con figuras de la política y la literatura española. Pero, a poco, esa felicidad se vio ensombrecida por la muerte de su esposa el 23 de enero de 1893, avivando así su adicción al alcohol, que ya padecía desde tiempo atrás con tan solo dieciséis años. De hecho, llegaría a sufrir ataques de delirium tremens e intentos de suicidio.

     Pasado un tiempo, y en estado de completa embriaguez, le obligan a casarse con su antiguo amor de adolescente, Rosario Emelina Murillo, siendo víctima de una mala pasada por parte del hermano de Rosario, quien saturó de whisky a Rubén llamando inmediatamente a un cura para que los casase, un 8 de marzo de 1893.

     Sabedor del engaño, él no consintió convivir con su esposa impuesta, abandonándola y, por consiguiente, siendo perseguido por ella buena parte de su vida.

     Durante su estancia en España, como periodista y embajador, Rubén conoce a la que sería el gran amor de su vida: Francisca Sánchez. Pero esto merece capítulo aparte.

¡Oh quién fuera hipsipila que dejó la crisálida!
La princesa está triste. La princesa está pálida…
¡Oh visión adorada de oro, rosa y marfil!
¡Quién volara a la tierra donde un príncipe existe
La princesa está pálida. La princesa está triste…
más brillante que el alba, más hermoso que abril!

¡Calla, calla, princesa dice el hada madrina,
en caballo con alas, hacia acá se encamina,
en el cinto la espada y en la mano el azor,
el feliz caballero que te adora sin verte,
y que llega de lejos, vencedor de la Muerte,
a encenderte los labios con un beso de amor.



“LA PRINCESA PACA”

La princesa Paca y su hijo Güicho

     Francisca Sánchez, campesina española analfabeta, de familia humilde e hija de un jardinero, fue el gran amor de Rubén Darío. Se conocieron en Madrid cuando el poeta fue enviado a España por el diario argentino La Nación, en 1898 -ya que por esa fecha desempeñó los cargos de periodista y embajador-, paseando un día por la Casa de Campo acompañado del escritor Valle Inclán.

     Darío contaba a la sazón treinta y dos años y ella, muy guapa, veinte. Pero ello no fue obstáculo para que vivieran un amor intenso y, afrontando el escándalo, ya que él seguía casado, se fueran a vivir juntos, continuando unidos hasta que la muerte de él los separó.

      Él la enseñó a leer y a escribir, así como a adquirir muchos conocimientos. En cierta ocasión en que hicieron un viaje a París, alguien preguntó que quién era esa distinguida mujer y la respuesta fue: La princesa Paca. De ahí su sobrenombre o, quizá porque Rubén era llamado Príncipe de las Letras Castellanas, no se sabe bien a ciencia cierta.

     Tuvieron cuatro hijos de los que solo sobrevivió uno, Güicho. Fue un amor que duró dieciséis años, no exento de largas separaciones a causa de las actividades de él y, en numerosas ocasiones, sufriendo penalidades económicas, pues el poeta, cuando disponía de dinero, lo gastaba alegremente, ya en darse buena vida, restaurantes, buenas sastrerías, coches de caballos… y alcohol, adicto a él sin remedio.

     Francisca guardó con veneración todas las cartas y documentos, 5300, que recibió durante la unión con el escritor nicaragüense y que fueron cedidos por ella al Estado Español y siendo exhibidos en una exposición, gracias a lo cual son conocidos.

     Rubén Darío, inspirado por su amor, Paca, escribió sus Cantos de vida y esperanza. Mas, cuando estalló la I Guerra Mundial, en 1914, el poeta, pacifista, partió rumbo a América para promover la paz y ya no volverían a verse más pues él murió en 1916 a la edad de cuarenta y nueve años. Su hijo Güicho contaba tan solo ocho años.

      Ya comentaré su triste final en la segunda parte de esta biografía, rica en vivencias y en obras literarias.

     Francisca casó cinco años más tarde con José Villacastín, pero jamás olvidó a Rubén Darío, conservando en un baúl todos los papeles y recuerdos de esa etapa de su vida feliz junto al poeta.

     Hace poco, en TVE, hemos podido ver la serie La princesa Paca basada en el libro que la periodista Rosa Villacastín escribió sobre la vida de su famosa abuela Francisca Sánchez. Ha sido todo un descubrimiento.

(continuará).

Vuestra amiga Carmen Carrasco

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