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Pechos para amamantar.

Bajaba hacia la calle  apresuradamente mientras miraba el reloj de sus  horas negras.  ¡Las 9 de la noche! -suspiró  acelerando  su marcha de polipiel desgastada-. ¡Era tarde!, se había entretenido demasiado. Consciente de haber hecho lo correcto, no podría evitar llegar con  retraso al lugar de sus lágrimas.

Lola,  había apurado hasta el último minuto para estar con Inés, David y Laura, sus tres hijos de corta edad, que cada anochecer dejaba al cuidado de Joaquina, una vecina, ya entrada en años, de su   rellano de bloques enrejados.  Su hogar… de casas construidas a las afueras de ningún lugar.

Corría hacia la estación de trenes, oyendo como  en las aceras sonaba incansablemente, la música metálica del hierro que afloraba por los tacones de sus viejas botas altas.  Sin apenas aliento, solo interrumpido por la tos seca del resfriado mal curado dejaba tras de sí, sus pasos decadentes que la unían  al barrio inhóspito de cemento, sin más identidad,  que  el olor a hachis adulterado que alertaba de la cercanía de   bandas callejeras.

Alejándose a trompicones entre   enjambres de pisos superpuestos, podía sentir…  sobre ella… como cada noche…, puñaladas en las miradas entre  cuchicheos de veladores de bares aguardentosos  donde  personas con arrugas erosionadas  por el desgaste y las desilusiones  ahogaban  su desencanto en la periferia de  sus almas.

Dejaba a lo lejos,  su viejo piso alquilado  atravesando la pasarela de los  raíles,   marcadores de viajes cada 5 minutos. Vivía Lola con  el único sueño, de sentirse parte de ella misma  dando un  respiro a su esclavitud por unas horas al día…

… Pero Lola… despertaba de su mal sueño, cada mediodía  escuchando  el resonar del viento barriendo las huellas   de trenes sin apeadero. Abandonaba el barrio  y por extraño que pueda parecer, ¡Su escaso remanso de paz  a pesar de todo!

 Entre ensueños y su realidad,  recordaba que la bombona de gas se había acabado, y a su hijo debería comprarle los cuadernillos que decía el profesor que le ira bien hacer por las tardes en casa. Casi sin darse cuenta, paró el tren  y nuevamente  entre prisas y taconeos se encontró situada frente al garito de neon. Pendiente,  de cada peldaño de la escalera que la conduciría a una gran sala, colocaba su escasa falda en posición recta mientras se apresuraba a resituar sus pechos, dentro del falso relleno que los mantenía erguidos y  bajando el escote a la altura del canalillo, se imaginaba hermosa.

Se paró al llegar al último escalón alzando  los hombros aparentando seguridad y pidiendo a sus brazos que acompañaran  a sus caderas  a modo de reclamo de compra y venta,  se dirigió a la entrada gran puerta.

Saludó a don Miguel como él pedía ser llamado, con la mano, sin mediar palabra. El portero, un hombre, atento a entradas y salidas… la miró censurándola… no era la primera vez que no estaba junto a la barra del bar al abrir la puerta, esa puerta…  que cerró el círculo de una vida que pretendiendo ser libre…. le recordaba copa a copa  su cautiverio,  su nulo reconocimiento  y la tristeza… del vacio ocasionado…. por  las miradas de humillación de cualquier paseante.

 Ella,  aceptó el reproche asintiendo con la cabeza  y buscando un lugar donde fuera vista, levantó la mirada para asegurase que desde cualquier rincón, alguien sediento,  pudiera al observarla. Para  acercarse a pagar  las burbujas de un cava que se sabía  añejo, agrio, ¡burbujas necesarias para entornar sus ojos heridos! ¡y no mirar…  Y no  verse en el espejo que la obligaba a rozar su piel con pieles… ásperas… escamosas, productoras de cicatrices cada atardecer al recordar la proximidad de la noche.

 Lola,  sabiendo que no tendría más ternura que la saliva que raspa la garganta  tras el pago de media hora de tocamientos sin deseo,  recorrió  con la mirada perdida los sofás colocados estratégicamente, allá  donde la iluminación se atenúa  y las plantas  hacen de muros de intimidad  para disimulan piernas entre veladores y botellas escampadas, sofás.. Lugar discreto  al son de una  música suave que incita a la inhibición de manos recorriendo,  a precio estipulado, cualquier sucedáneo de caricias.

Recordó por unos instantes a Laura, empezaba octubre y con él, la bronquitis había reaparecido nuevamente, si continuaba tosiendo como esa tarde…., tendría que llevarla al médico por la mañana, miró en su bolso  y sacó el teléfono móvil,  no, no había ninguna llamada de Joaquina, la niña seguramente… estaría ya a punto de acostarse… le tenía dicho que deseaba que se fueran sobre las 10 a la cama.

 Lola, miró al camarero, indicando con un gesto que su copa estaba llena y se giró nuevamente hacia el centro de la sala,  una de las chicas bailaba sola, cigarrillo encendido   con el  cuerpo apagado tras años de arrastrar bailes desfasados por antros,  solo conocidos para iniciados y cada vez de más baja calidad, seguramente  esa sala sería la última en el centro de la ciudad, su cuerpo mostraban de forma patente sus años escondidos bajo el ceñido pantalón blanco pronto buscaría  un lugar más acorde con su  bajada de su tarifa.

…Debería llevar la niña al médico… de lo contrario…. sería peor, cuando empieza con la bronquitis se pone fatal,  la primavera pasada estuvo una semana ingresada por el mismo problema, sacó nuevamente su  móvil  y buscando un lugar apartado  llamó a Joaquina para asegurase que su hija seguía bien.  Don Miguel el portero volvió a mirarla pero esta vez fue para recordarle con bruscos ademanes la prohibición de llamadas dentro del local.

 Lola, regreso protestando nuevamente a la barra,  apenas había clientes esa noche,  pero mucha miseria en el ambiente,  entabló conversación con Jimena una chica que hacía poco que había llegado al local,  le recordaba a ella años atrás  cuando soñaba con conseguir dinero y montar la peluquería que perdió  tras pagar las deudas que le dejó el hombre de su insomnio.¡Pero nada  es como se sueña!  A  sus 42 años vivía del sobrevivir … vivía a golpes de caderas  ya paralizadas por el desaliento.

 Miró a la pista pronto  sería ella la que enfundada en pantalones blancos,  dejaría de estar sentada y habría de salir a la pista para reclamar clientes otoñales.  Se acercó un hombre con aire de haber perdido el billete de autobús a su casa y después de una breve conversación consideró probar suerte con la chica del pantalón blanco desapareciendo los dos hacía la zona de cabinas en la parte trasera del viejo molino.

 La noche se presentaba larga, arrastró sus pasos hacia uno de las mesas descoloridas y con ademanes de artista de cine  decadente  de los 50 preguntó  a un grupo de jóvenes que presuntamente despedían a un soltero, si deseaban compañía  pero entre risas y carcajadas,  le preguntaron que si tenía una hermana menor para el presunto novio fiel.  Respiró nerviosa y dando una vuelta por los  clientes,  regresó a la barra con  su cabeza agachada.

 Su falda corta, sus pechos apretados y su mirada triste y cansada.

 Deseaba marchar a un mundo de casas con sofás de finas telas y televisiones de esos de pantallas planas,  a una cocina donde una máquina lavara los platos y un señor en el sofá la esperara después del trabajo con un beso,  pero le esperaba…. su vida, la única que tenía  y parecía acabarse. Le esperaba su barrio… con motos ruidosas y tráfico de drogas en algunas esquinas.¡ Le esperaba aguantar ser señora de nadie y mujer de cualquiera!

 En su viejo molino… cada noche… desde hace mucho tiempo… muele gotas de desencanto, de las burbujas de agrio beber…

Mientras sube la escalera que la conduce a la calle  aprieta el bolso de su subsistencia  y desabrochándose el sujetador  siente como sus pechos se han vaciado de tanto dar a una vida que se olvidó de ella.

                                                                                                                                                                                                      Va por ti Lola como persona y como madre

9 thoughts on “Pechos para amamantar

  1. Conmovedor relato de una vida rota expoliada de esperanza, muestra una de las miles maneras con que la adversidad apresa a las personas, reduciendo el espíritu de lucha a amarga resignación para que puedan salir adelante a quienes se ama.

  2. Parece ser que nos habíamos olvidado de las realidades oscuras, de las realidades negras, negras como las horas del reloj de Lola, por esta razón aun me ha conmovido más este relato.
    Un relato bien escrito, un relato capaz de emocionar, un relato capaz de hacer entender lo dura que tiene que ser la vida de las señoras que viven del sobrevivir. Tal vez con este relato se podría empezar a hacer despertar la sociedad para que se empiecen a ayudar a este tipo de mujeres.
    Enhorabuena, precioso!

  3. Me ha emocionado mucho y me ha hecho pensar en la cantidad de mujeres que viven del malvivir. En el sacrificio de las miserias. Yo aplaudía el relato porque nos muestran vidas que existen y miramos hacia otro lado. Un relato sensible y real de una madre .

  4. Muy real y muy cierto, te hace pensar y imaginarte estas situaciones desfavorables.
    Vivimos en una sociedad en que las personas no dan importancia muchas cosas que son imprescindibles y realmente tendríamos que darnos cuenta de todo lo que hay más allá y principalmente en las adversidades de las mujeres.
    Relato fantástico y impresionante.
    Enhorabuena.

  5. Es un artículo que transmite dulzura a pesar de la situación cruel que se describe. Escrito desde la sensibilidad y la belleza con que la literatura adorna los momentos difíciles, sólo puedo felicitarte por este exquisito artículo.

  6. Querida Toñy.Me emocione cuando me lo ensñastes la primera vez y lo he vuelto a hacer.Que poco sabemos de estas mujeres que la vida las ha golpeado y ellas siguen batallado y luchando por sus hijos personas que seguramente si prestaramos atencion descubririamos en cualquier bar o esquina i que no miramos a unas personas que aun y el desengaño siguen luchando por sus hijos y lo hacen de la manera que mejor saben. Un abrazo para ti Lola donde te encuentres y mi admiracion.
    Maria Angels Molpeceres.

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