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En uno de mis recitales elegí, entre otros, un poema de Manuel Machado, para mi gusto, uno de los más bellos: Adelfos. Terminado el acto, se me acercó una persona y en tono confidencial me dijo: Te has equivocado. No se llamaba Manuel; se llamaba Antonio.

          Tal es el desconocimiento y olvido en que se halla este poeta, en otro tiempo, uno de los más famosos de su época. En el primer cuarto del siglo pasado era conocido, tanto dentro como fuera del mundo de habla española, como uno de los tres o cuatro más importantes en España. Decían de él “que tenía la gracia del modernismo pasado por Triana”. Mientras vivieron, Manuel fue siempre “el mayor de los Machado”. Muerto el menor, se convirtió en “el hermano de Antonio”. Yo diría en el hermano desconocido de Antonio.

 

          Nació Manuel en Sevilla, el 28 de agosto de 1874, en el seno del palacio de Las Dueñas. También su infancia transcurrió en un patio de Sevilla, donde había un alegre huerto con un limonero. Era hijo de Ana Ruiz y del folclorista más famoso de su tiempo: Manuel Machado Álvarez. Firmaba como Demófilo sus recopilaciones de coplas y cantares, sacados de los cantaores anónimos andaluces, y que publicó en un libro titulado Cantes flamencos, influyendo mucho en el posterior estilo andalucista de su hijo Manuel, “sevillano hasta la médula”, como él se proclamaba. Vaya como ejemplo de su sevillanía este poema dedicado a las ocho provincias andaluzas.

“CANTO A ANDALUCÍA”

Cádiz, salada claridad. Granada,

agua oculta que llora.

Romana y mora, Córdoba callada.

Málaga, cantaora.

Almería, dorada.

Plateado, Jaén. Huelva a la orilla.

Y Sevilla.

  No se puede decir más en tan cortos versos.

         Por motivos económicos, en 1883, teniendo Manuel  nueve años, marcha la familia a Madrid,  con los seis hijos. Y allí en Madrid, comienza Manuel sus estudios y publica, influenciado por el poeta francés Verlaine y el nicaragüense Rubén Darío, un par de libros. “Tristes y alegres”, en 1894, y “Versos”, un año después. Marcha a Sevilla,  donde continúa sus estudios  durante los años 1895, 96 y 97, licenciándose en Filosofía y Letras y nuevamente regresa a Madrid.

           La filosofía de Manuel sobre su modo de vivir la resumía en la frase: “Que jamás me obliguen el camino a seguir”. En su poema “Retrato” define muy bien su forma de ser y de vivir.

RETRATO

(fragmento)

Esta es mi cara y ésta es mi alma: leed.


Unos ojos de hastío y una boca de sed…


Lo demás, nada… Vida… Cosas… Lo que se sabe…

Calaveradas, amoríos… Nada grave,


Un poco de locura, un algo de poesía,


una gota del vino de la melancolía…

          Por motivos de trabajo -su situación económica era bastante precaria ya que no quería someterse a un trabajo fijo de funcionario-, en 1899 marcha a París donde trabajó como traductor durante dos años. La ciudad le encantó, fue como un viaje iniciático  y decisivo para él. Allí toma contacto con grupos literarios, conoce a los poetas franceses y frecuenta la amistad de poetas y escritores como: Verlain, Amado Nervo, Gómez Carrillo, Pío Baroja, Oscar Wilde, André Gide y, sobre todo, a Rubén Darío, introductor del modernismo en España, que ejerció gran influencia sobre él. En su etapa en París vive plenamente la bohemia sentimental y pintoresca, rica de ilusiones.

         De vuelta a España, en 1902, publica “Alma”, poemas psicológicos, obteniendo un rotundo éxito y del cual se hicieron varias ediciones en 1910, 22 y 38. Alabada por el escritor Unamuno y el poeta Juan Ramón Jiménez el cual comentó: “En Alma, Manuel Machado apareció formado por completo”.

          Convertido ya en escritor y personaje de fama, viaja durante siete años por toda España y el extranjero, mayormente París, su lugar preferido. De hecho, siempre decía que era “medio gitano y medio parisién”, como escribió en su poema Retrato. Y publica casi un libro por año: “Caprichos”, dedicado casi totalmente a su gran amigo Rubén Darío, “La fiesta nacional”, “Rojo y Negro”, “Ars Moriendi”, “El mal poema”, “Los Cantares”, “Alma. Museo. Los Cantares”, entre otros, prologado por Unamuno. Su piso de Fuencarral se convirtió en tertulia literaria de moda, buhardilla bohemia, donde se reunían los poetas, escritores y artistas más famosos del momento: Valle Inclán, Unamuno, Mariano de Cavia, Ramón Gómez de la Serna y los pintores Julio Romero de Torres y Juan Gris, ilustrador de uno de sus libros, entre muchos otros personajes. Pero su economía sigue siendo precaria, no quería ser funcionario, y en 1909 vuelve nuevamente a París como traductor.

          De regreso a Madrid, ya en 1910, y conquistada totalmente la fama, sienta la cabeza y se casa con una prima suya, Eulalia Cáceres, su amor de siempre, después de trece años de noviazgo más o menos fiel, poniendo en orden su ajetreada vida gracias a ella.

           Al año siguiente publica “Apolo. Museo pictórico”. Y en 1912 “Cante hondo”, con gran éxito, del cual se vendieron mil ejemplares el primer día de aquellos tiempos y del cual también se hicieron varias ediciones. Gana las oposiciones a bibliotecario y en 1913 es nombrado director de la Hemeroteca y Museo Municipal de Madrid, del que fue su primer director, a la vez que escribe algunas novelas y se consagra como crítico teatral en el influyente periódico de aquella época, El Liberal. Crea al mismo tiempo varias revistas literarias -Electra, Juventud, Alma española, La revista Ibérica- y colabora como articulista en periódicos de América y Europa. Su producción como periodista fue enorme, así como la de traductor, ya que tradujo a los poetas y escritores más importantes del momento. Gran conferenciante, también, muy solicitado.

          Y con su hermano Antonio forma la pareja de más éxito desde 1926 hasta 1932. No hay en toda la poesía en lengua española un caso de calidad tan soberbia y distinta bajo el mismo apellido ni nadie llegó al nivel que alcanzaron los hermanos Machado, con sus diferencias y similitudes, distintos entre sí pero en esencia muy afines.

          Juntos escriben entre otras las siguientes obras teatrales: “La niña de plata”, en 1925, “Desdichas de la fortuna”, 1926, “Julianillo Valcárcel”, “Juan de Mañara”, 1927, “Las Adelfas”, 1928, flor llena de simbolismos para Manuel, “La prima Fernanda”, 1931, “La duquesa de Benamejí”, 1932, y la que alcanzó más fama de todas, La Lola se va a los Puertos”, basada en un copla de Manuel. “La Lola se va a los Puertos, / la Isla se queda sola. Y esta Lola, ¿quién será, / que así se ausenta, dejando / la Isla de San Fernando / tan sola cuando se va?” Siendo sus obras representadas por los mejores actores y actrices del momento tales como Margarita Sirgú y Mª Fernanda Ladrón de Guevara, María Guerrero, Lola Membrives, llevadas también al cine, la mayoría de ellas con gran éxito de público.

          Y a partir de aquí,  ya no colaborarían nunca en ninguna otra obra los Hnos. Machado. Sus inquietudes literarias siguieron por distintos caminos.

          En 1938 publica “Horas de oro. Devocionario”, poemas religiosos, incluso místicos, influido por el padre José Zamega. Entra, en el mismo año, en la Real Academia Española de la Lengua y en 1939 publica su “Ópera Omnia”, varias antologías y sus obras completas en cinco volúmenes. Poco después cae en un periodo de hastío e indiferencia, enfermo y sin ilusión por escribir. Etapa muy distinta de aquella primera época esplendorosa plena de momentos deslumbrantes en que escribió algunos de los poemas más rotundos y perdurables de su tiempo… o de cualquier tiempo.

Que la vida se tome la pena de matarme,

ya que yo no me tomo la pena de vivir…

 

          En 1944 se jubila y el 19 de enero de 1947 muere en Madrid a los setenta y dos años. Después…, el silencio y el olvido. La obra de Manuel fue dada  de lado y, por el contrario, su hermano Antonio alcanzó la gloria.

          En cuanto a su estilo poético, fue el máximo exponente representativo del modernismo en España. Gerardo Diego, que no era precisamente un defensor de Manuel, lo definió como “maestro sin rival del modernismo”. Su verso era ingenioso, ágil, expresivo, con un conocimiento profundo  de la métrica, de la copla popular y del desplante estético. En su extensísima producción escribió romances octosílabos, cuartetos, madrigales, serventesios, versos alejandrinos, en los que modificó la cesura,  sonetillos, de ocho sílabas, coplas, seguidillas y soleares. Innovó una variante de estas últimas que llamó “soleariyas”. Pero su rima preferida eran los sonetos, su obra está impregnada de esas composiciones a las que, aunque los primeros que compuso seguían los cánones clásicos, más tarde los dotó de rara originalidad, doblegó sus rigideces haciéndolos polimétricos, de siete, nueve, once y catorce sílabas, y entresacó acentos secundarios y utilizó rimas internas propio de los modernistas, haciendo más atractivo el soneto. Su hermano Antonio solía decir: “La emoción del soneto se ha perdido. En España son bellísimos los de Manuel Machado”. Veamos uno de sus bellos sonetos.

OCASO

Era un suspiro lánguido y sonoro


la voz del mar aquella tarde… El día,


no queriendo morir, con garras de oro


de los acantilados se prendía.


Pero su seno el mar alzó potente,


y el sol, al fin, como en soberbio lecho,


hundió en las olas la dorada frente,


en una brasa cárdena deshecho.

Para mi pobre cuerpo dolorido,


para mi triste alma lacerada,


para mi yerto corazón herido,

para mi amarga vida fatigada…


¡el mar amado, el mar apetecido,


el mar, el mar, y no pensar nada…!

 

          Otra composición muy utilizada por Manuel Machado fue la silva combinando grupos de endecasílabos y heptasílabos. Concretamente en “Castilla”, los versos endecasílabos expresan la fuerza épica del Cid y sus hombres, y los heptasílabos, la delicadeza y fragilidad de la niña que les habla desde la puerta.

CASTILLA

El ciego sol se estrella

en las duras aristas de las armas,

llaga de luz los petos y espaldares

y flamea en las puntas de las lanzas.

 

El ciego sol, la sed y la fatiga,

por la terrible estepa castellana,

al destierro, con doce de los suyos,

-polvo, sudor y hierro- el Cid cabalga.

 

Cerrado está el mesón a piedra y lodo…

Nadie responde. Al pomo de la espada

y al cuento de las picas, el postigo

va a ceder… ¡Quema el sol! ¡El aire abrasa!

 

A los terribles golpes,

de eco ronco, una voz pura, de plata

y de cristal, responde… Hay una niña

muy débil y muy blanca,

en el umbral. Es toda

ojos azules; y en los ojos, lágrimas.

Oro pálido nimba

su carita curiosa y asustada.

 

“¡Buen Cid, pasad… El rey nos dará muerte,

arruinará la casa

y sembrará de sal el pobre campo

que mi padre trabaja..

Idos. El Cielo os colme de venturas…

En nuestro mal, ¡oh Cid!, no ganáis nada”.

 

Calla la niña y llora sin gemido…

Un sollozo infantil cruza la escuadra

de feroces guerreros,

Y una voz inflexible grita: “¡En marcha!”

 

El ciego sol, la sed y la fatiga.

Por la terrible estepa castellana,

al destierro, con doce de los suyos

-polvo, sudor y hiero-, el Cid cabalga.

            También fue el primer poeta español en componer poemas a un retrato -sus célebres poemas-retrato. Hasta él nadie compuso inspirándose en la pintura -era muy aficionado a visitar museos- no sólo descriptiva del personaje, sino en la realidad de la época del mismo. Veamos un ejemplo de poemas-retrato en los tercetos de su famoso

FELIPE IV

 

Nadie más cortesano ni pulido

que nuestro rey Felipe, que Dios guarde,

siempre de negro hasta los pies vestido.

 

Es pálida su tez como la tarde,

cansado el oro de su pelo undoso,

y de sus ojos, el azul cobarde.

 

Sobre su augusto pecho generoso,

ni joyeles perturban ni cadenas

el negro terciopelo silencioso.

 

Y, en vez de cetro real, sostiene apenas

con desmayo galán un guante de ante

la blanca mano de azuladas venas.

 

           Por último, sus célebres “Cantares”, inspirados en la poesía folclórica andaluza, pero modificados por él, representan un papel grande en parte de su obra, algunos lo llamaban el “poeta de los cantares”, contraste entre su modernismo aristocrático y su andalucismo popular. Alguien dijo que Manuel hizo en los Cantares lo que en la música hicieron Falla y Albéniz.

CANTARES

Vino, sentimiento, guitarra y poesía

hacen los cantares de la patria mía.

Cantares…

Quien dice cantares, dice Andalucía.

A la sombra fresca de la vieja parra,

un mozo moreno rasguea la guitarra…

Cantares…

Algo que acaricia y algo que desgarra.

La prima que canta y el bordón que llora…

Y el tiempo callado se va hora tras hora.

Cantares…

Son dejos fatales de la raza mora.

No importa la vida, que ya está perdida,

y, después de todo, ¿qué es eso, la vida?

Cantares…Cantando la pena, la pena se olvida.

Madre, pena, suerte, pena, madre, muerte,

ojos negros, negros, y negra la suerte.

Cantares…En ellos, el alma del alma se vierte.

Cantares. Cantares de la patria mía…

Cantares son sólo los de Andalucía.

Cantares…

No tiene más notas la guitarra mía.

            Sus obras más representativas de coplas son: “Cante hondo” y “Sevilla y otros poemas”, que tuvieron un gran éxito y de las cuales se hicieron varias ediciones.  Su poesía andaluza en su mejor calidad, era original y preparó el camino a los poetas que vinieron tras él.

            Su poesía pudiera muy bien ser adaptada para ponerle música y cantarla, pero no tuvo la suerte de su hermano. No hubo un Serrat que cantase su poema “La saeta”, como lo hiciera con el de Antonio, o cualquier otra de sus bellas composiciones. Pero ahí están. Quizá un día la historia le haga justicia a este gran representante del Modernismo que tan injustamente fue olvidado o denostado, incluso por personas que quizá, jamás en su vida, han leído un poema suyo.

Vuestra amiga Carmen Carrasco

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