Fray Leopoldo: Una Presencia Silenciosa que Perdura en el Tiempo

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María Blázquez González comparte la presencia constante de una foto de Fray Leopoldo en su hogar, considerándolo como su abuelo desde la infancia. Aunque inicialmente creía que la imagen era un familiar, descubre que es un fraile venerado por su abuela devota y curandera. La narradora imagina al abuelo Leopoldo participando activamente en la vida de su abuela, siendo una figura de apoyo en un entorno sin médicos ni sacerdotes. Después de cuarenta y cinco años, la narradora comprende el significado de sus enseñanzas silenciosas y el abuelo Leopoldo sigue sonriendo en su lugar especial.

¡Esa foto siempre estuvo ahí!, en el mueblebar de color marrón oscuro, en el centro de la gran estantería junto a las demás fotos de bodas, las de mis padres, tíos, abuelos y de las comuniones con uniformes de marinero y vestidos de blancos copetes. En ese salón del pequeño piso donde vivíamos, ¡creía que era mi abuelo!, de hecho para niños y mayores, así como para los vecinos, era un miembro más de la familia, yo me divertía corriendo de un lado a otro del salón porque él seguía con su mirada mis carreras, de verdad, palabrita de niño Jesús, que esos ojos se movían y hasta parecía que la mueca de una sonrisa se levantaba sobre su barba, ¡mamá, mamá, el abuelo me ha mirado! anda María, no ves que es una foto, y es imposible que se mueva nadie, que si, que me mira mamá, mírale  tú y verás, estoy en la puerta y me vigila, corro hacia la ventana y me sigue mirando, yo creo que has puesto ahí colocadito al abuelo para que sea mi niñero cuando tú te vas a trabajar. También hablo con él y le canto la tabla de multiplicar, me hace un gesto con la cabeza porque le gusta que haga los deberes con él, se llama Leopoldo, lleva un hábito de color marrón oscuro atado con un cordón, parece que es gordito y no muy alto, de hecho, mi padre es muy parecido a él, por eso, siempre le he llamado abuelo. Le gusta verme merendar, tengo junto al cuaderno de Rubio de matemáticas el vaso de leche y el chocolate y me guiña un ojo, yo le acerco un trozo de chocolate y me lo como rápido, le engaño y hago de rabiar, pero él nunca se enfada.

Me contó mi madre que era una foto que tenía la abuela Escolástica de toda la vida y que más allá de pensar que era un familiar, simplemente era un fraile al que ella tenía mucha devoción, que era una mujer muy religiosa que rezaba el rosario todos los días, de hecho, se lo hizo aprender a todos los nietos, mi madre se lo sabe de carrerilla y hasta la letanía de memoria; además mi abuela era la curandera del pueblo, cada año en  el mes de junio por San Juan, recogía muchas plantas medicinales y las colgaba a secar en el portalón de la casilla para tener remedios y curar las enfermedades de cada día, con cocimientos y emplastos, además era la que daba la extremaunción a los enfermos, velaba a los difuntos, ayudaba en los partos, leía la Biblia y hacía las misas. Esa foto siempre estuvo ahí, yo creo que el abuelo Leopoldo tenía mucho que ver en todo este trajín de la abuela, y que salía de esa foto para hacerse de carne y hueso ayudando a mi abuela en todos estos menesteres, en una umbría donde no existía ni médico, ni cura, ni maestro. Esa foto fue un regalo del abuelo Manolete a su querida mujer, descubierta en uno de esos viajes que hacía a muchos pueblos por la feria del ganado en las que compraba y vendía vacas.

Una tarde de agosto habíamos ido todos al río del pueblo a bañarnos y a merendar, estaba brincando como una cabra por las canteras, entre el silbido de los alisos, cuando el corazón no sé muy bien si se me aceleró o se me paró de repente, cuando ví al abuelo Leopoldo, fuera de la foto, estaba junto a mí, contento y saltando de piedra en piedra como yo, remangándose el vestido de monje, sus piernas eran más blancas que las mías y llevaba unas alpargatas de cuero oscuras, no hablamos pero reíamos de felicidad, la brisa limpiaba toda tristeza y el aire olía como a frescor cálido que no puedo describir, se abrió un cielo azul, azul, como nunca lo había visto antes y este hombre amable, tierno y protector me decía sin palabras, como si escribiera dentro de mi cabeza, ríe siempre aunque llore tu corazón y nunca dejes de danzar, Dios se refleja en la luz de tus ojos y darás paz a todo aquel que se te acerque, en ese momento, no di importancia a estas palabras, que solamente eran pensamientos en mi cabeza de niña, porque el abuelo Leopoldo no hablaba, él sonreía y saltaba.

A día de hoy, después de cuarenta y cinco años, he entendido su significado y el abuelo Leopoldo sigue colocado en el lugar que le corresponde del mueblebar, sonriendo a todo el que le mira.

María Blázquez González

Alcalá de Henares

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