ECOS DE LA CALLE – UN PAPA PARA ESTE SIGLO
Antonio Prima Manzano reflexiona sobre el Papa León XIV, su mensaje cristiano, la defensa del bien común, la caridad, la dignidad humana y la necesidad de vivir una fe comprometida.

En este mundo cada vez más violento, insolidario, descreído y alejado de Dios; y de una Iglesia falta de milagros de sus Obispos, la acción del Espíritu Santo, nos ha propiciado un nuevo Papa, León XIV, que ya desde sus comienzos parece tener la voluntad de acercar a los cristianos al reencuentro de Cristo, su vida, sus enseñanzas y su espiritualidad y la valentía de exponer sus convicciones, que son las que emanan de las enseñanzas de Cristo y que sólo tienen una lectura por ser palabra de Dios, como el propio Papa dijo: “Las ideologías pasan, la verdad nunca pasa”.
Ante la caída de los valores morales que nos circunda, urge para el bien de la humanidad, convertir los millones de cristianos “oficiales”, en millones de cristianos “reales”, que vivan, que actúen, que se pronuncien como tales, y que sean luz y sal entre el resto de los mortales, con el testimonio veraz y el convencimiento de que Cristo, es el camino, la verdad y la vida y un mundo basado en Él y sus mandamientos, son la única garantía de paz, fraternidad y progreso que el mundo necesita.
Son muchas las necesidades, las querencias, los desajustes, las injusticias que imperan en este mundo nuestro, pero todas si se abordan sin hipocresía, sin doble vara de medir, tienen solución desde el amor y la valentía de expresar nuestras convicciones cuando como dijo el Papa, “tenemos hambre y sed de verdad”.
En todo momento los mensajes de León XIV, han sido claros y muy concretos en los diversos temas a los que se ha referido: “Nuestra fe, es un estado de vida que se cumple con la caridad”, nos ha dicho, y ello nos debe hacer pensar que la caridad es la consecuencia del amor que sepamos profesar a los demás y sea realizado con obras y desprendimiento.
También que, “el bien común, es la forma social de la dignidad humana”, y estas palabras nos hacen pensar, que ese bien común ha de estar sobre toda clase de ideología, de intereses colectivos o partidistas y que nos tenemos que esforzar en cambiar las estructuras mercantilistas que controlan el mundo y esclavizan y aniquilan a la humanidad, ensañándose en primer lugar con los más humildes y necesitados, pensemos que no basta con dar un pez para comer a los hambrientos, sino en enseñarles a pescar, no está la solución en acumular en campamentos a los migrantes, alejados de sus familias y entorno social, sino desarrollar en sus países de origen, un estatus de vida digna que les permita crecer y realizarse entre los suyos, interviniendo si hace falta, a esos gobiernos dictatoriales, corruptos y egoístas que hunden a sus pueblos en la miseria, y esta es una obligación de los países cultos y desarrollados que deben afrontar de una vez por todas, una solución decidida, contundente y exenta de hipócritas consideraciones. En un mundo con un comercio globalizado como es el nuestro actualmente, es fácil, adaptar las características circunstanciales de un país, a las necesidades agrícolas, ganaderas, pesqueras o mineras existentes y otorgarle una posibilidad de integración y desarrollo, sin que esto sea óbice para cuando la demanda de mano de obra de cualquier otro país lo pida, poder acceder a dichos puestos de trabajo de forma legal, regulada y acorde a los derechos humanos.
También ha condenado con resolución la trata y la mafia que se enriquece con la explotación de la pobreza y la miseria humana.
“Donde hay caridad y amor ahí, esta Dios,” nos ha recordado. Y también que,
es intolerable en pleno siglo XXI, las encubiertas formas de esclavitud que tienen sojuzgadas a miles de mujeres, engañadas, explotadas, que malviven y mueren en el más completo desamparado de la sociedad que las circunda, mientras la hipocresía y el silencio culpable imperante en todo el mundo se impone siempre, por mucho que se presuma de libertad, igualdad y derechos humanos. Faltan decisiones honestas, verdaderos deseos de combatir y terminar con esa lacra. Solo la verdad nos hace libres y esa verdad es la que emana del mensaje de Cristo. A la que una y otra vez, tantos y tantos, hacen oídos sordos.
“Todos somos migrantes y peregrinos en camino a la patria celestial”, ha dicho en más de una ocasión, y por eso, tenemos que ser conscientes de que ese es el destino final de todo cristiano convencido. Para ello, “Debemos abrirnos al viento del Espírito Santo”, y dar testimonio de nuestra vida, de nuestras convicciones, con alegría y valentía, luchando por la paz, la dignidad humana la integración de los pueblos al bien común, donde, “la justicia pone límites a la fuerza”, – son sus propias palabras – y hacer del mundo una auténtica realidad de, “que lo legal sea verdaderamente humano”, y el amor de Dios no conozca fronteras.
En resumen, son muchas las frases, las reflexiones, que en cada una de sus brillantes intervenciones hemos escuchado, dichas con resolución y valentía de este gran Papa, León XIV, comprometido con el mensaje de Cristo y el bien común, la paz, los derechos humanos, y la integración social de todos los pueblos de este planeta, casa común, a la que tenemos que respetar y compartir por igual.
Y en sus labios una de las muchas peticiones lanzadas a todos los cristianos del mundo, “os invito a seguir soñando, el sueño de Dios”. Y también, “no hay situaciones que hagan al Señor, apartar de nosotros su corazón”.
Creo sinceramente que ambas, a partir de su viaje, nos servirán de sincera reflexión ante la vida y nuestro compromiso social y cristiano. Y quizá fruto de esta reflexión podamos exclamar con San Pablo: ¡Ay de mí, si no hablase del celo de Cristo que llevo en el corazón!

