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La buena y la mala sombra – A TODA COSTA

Francisco Ponce Carrasco reflexiona con humor sobre la buena y la mala sombra: esas actitudes invisibles que pueden mejorar un ambiente, provocar una sonrisa o dejar una huella difícil de olvidar.

final-Francisco Ponce

Hay personas que entran en un lugar y sin necesidad de abrir la boca, ya han mejorado el ambiente

Otras consiguen exactamente lo contrario: aún no han saludado y uno ya está buscando discretamente la salida de emergencia.

A eso, desde hace generaciones, se le ha llamado tener buena o mala sombra. La buena sombra no se compra, ni se consigue acumulando seguidores en las redes sociales. Es un talento silencioso. La poseen quienes irradian alegría sin estridencias, quienes escuchan antes de sentenciar, quienes encuentran una solución donde otros solo ven un problema y quienes, incluso en los días grises, conservan una chispa capaz de iluminar a los demás. Son personas con sentido del humor, empatía y una curiosa habilidad para acertar todas las veces que el azar lo permita.

En el extremo opuesto habita la mala sombra, un fenómeno humano digno de estudio antropológico. Es ese individuo que convierte un cumpleaños en un funeral emocional, una buena noticia en una sospecha y cualquier conversación en una competición para demostrar que él sabe más, sufre más o merece más. Los errores nunca son propios; siempre pertenecen a los otros, y demonizan al adversario.

La mala sombra suele caminar de la mano del egoísmo y en realidad solo reparte pesimismo, con la generosidad de un aspersor.

Sus desaciertos tienen la admirable capacidad de convertirse en culpa ajena, mientras sus escasos aciertos adquieren categoría de hazaña propia.

La vida, quizá, no consista en evitar a todos los <<mala sombra>> —misión imposible mientras existan reuniones de trabajo y políticos pegados al sillón—, sino en aprender a reconocerlos antes de que eclipsen nuestro propio sentido común. Porque la buena sombra deja recuerdos; la mala deja secuelas.

Y al final, cuando el tiempo pasa lista, todos recuerdan perfectamente quién les hizo sonreír… y también quién les amargó la tarde.

Esa es la diferencia entre proyectar una sombra que refresca y otra que oscurece y ambas son invisibles, hasta que empiezan a definir a quien las proyecta.

Francisco Ponce Carrasco

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