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A TRAVES DEL PRISMA

Mónica García Soto reflexiona sobre la infancia y la fotografía, recordándonos que detrás de cada sonrisa, cada gesto y cada silencio existe una historia que merece ser comprendida.

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Si de algo voy a escribir durante los próximos años, será de la infancia. No para proclamarme defensora de ninguna causa, sí para para defender y en diferentes perspectivas, por qué protegerla es una de las mayores responsabilidades que tenemos como sociedad. Cómo cada primera experiencia,  pueden acompañarnos durante la vida adulta. Hablaré de sus luces, de sus ruidos y de sus sombras, de la ciencia que hoy nos ayuda a entender lo que antes no tenía nombre y, sobre todo, de la esperanza que nace cuando comprendemos nuestra propia historia.

Así que nombrando las perspectivas se me ha ocurrido hablar de fotografías. De esas que, después de muchos años, vuelves a sacar de un cajón y te detienes a observar. Miras a esa niña de ojos perdidos, con una sonrisa que no siempre contaba la verdad. Entonces te preguntas por qué una fotografía familiar debería ser sinónimo de felicidad, cuando no todas las infancias tuvieron esa suerte.

Justo en ese momento, siendo ya adulta, cuando comprendes que aquella niña ya entendía muchas cosas pero no sabía ponerles nombre. No conocía palabras como miedo, ansiedad o incertidumbre. Solo sabía que había algo dentro de ella que no encontraba la forma de sonreír de verdad.

Y si, este texto trae doble ironía: capturan una instantánea, pero nunca cuentan el carrete completo. Nos muestran un segundo, una sonrisa, una mirada… pero no todo lo que ocurrió antes ni todo lo que sucedió después.

Me acabo de responder a esta doble ironía: vamos dejando fotografías de nosotros mismos ante los demás. Mostramos una versión de aquello que queremos que el mundo vea, mientras detrás de ese instante queda un carrete lleno de emociones, de preguntas sin responder y de partes de nuestra historia que solo nosotros conocemos.

Y entonces pienso en los fotógrafos. En quienes tienen el privilegio de detenerse unos segundos más, de observar aquello que otros pasan por alto y de intentar leer más allá de una expresión.

¿Es ahí donde reside la magia de la fotografía? No solo en capturar lo que está delante del objetivo, sino en despertar preguntas sobre todo aquello que no aparece en la imagen.

Y vuelvo a pensar en la infancia. Porque quizá una de las tareas más importantes que tenemos es aprender a mirar a los niños más allá de la fotografía que nos muestran. Escuchar sus silencios, comprender sus gestos y recordar que detrás de cada mirada hay una historia que merece ser escuchada…

Mónica García Soto

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