Lo supe antes
Ana Martínez Parra recuerda cómo la fe de su madre la acompañó, mucho antes de saberlo, hasta la beatificación de Salvador Valera Parra. Un poema sobre la memoria, la sangre y las semillas que permanecen.

No llegué limpia a ese día.
Llegué con una voz antigua
viviéndome por dentro.
Mi madre me habló de ti
cuando yo aún no sabía
qué era creer.
No te nombró santo.
Te nombró cura.
Y eso bastó.
Te dijo con palabras pequeñas,
de las que no hacen ruido:
ese hombre se quedó.
Y yo entendí mucho después
lo que significa quedarse.
¿Acaso porque tenemos la misma sangre?
Ese 7 de febrero
yo no fui sola.
Entré contigo, madre,
con tu forma de decir las cosas,
con tu fe sin catecismo,
con tu respeto casi silencioso
por quien entrega la vida
sin levantar la voz.
Cuando pronunciaron tu nombre,
Salvador Valera Parra
sentí la mano de mi madre
apretándome la memoria.
No estaba allí,
pero estaba.
Acaso porque nos corre la misma sangre.
No pensé en milagros.
Pensé en ella hablándome
como quien deja una semilla
sin saber si verá el árbol.
Pensé en cómo me enseñó
que hay hombres
que no pasan,
que permanecen.
Cuando dijeron beato
no miré al altar.
Miré hacia atrás.
A la infancia.
A la voz que me explicó
que la bondad verdadera
no necesita aplauso.
Sería la llamada de la sangre.
La Virgen del Río nos miraba
como siempre:
con esa paciencia
que tienen las madres
cuando saben
que el tiempo acaba entendiendo.
Salí distinta.
No por lo que vi,
sino por lo que regresó.
Porque aquel día
no reconocimos solo a un hombre.
Reconocí
lo que mi madre
había sembrado en mí
sin saberlo: la fe.
Y supe, al fin,
que yo estaba allí
desde mucho antes.
Sería, acaso, que la sangre llama.

