Y ahora qué, dirigentes, ahora hay que ser sinceros y tomar acuerdos no autoritarios ante la triste realidad que se nos avecina si no se es responsable para gobernar nuestro país

El “Brexit” ya ha ocurrido, el nuevo y dudoso escenario ante la Unión Europea va a ser evidente. Traducido en una quiebra de la seguridad política y socioeconómica en Inglaterra y los imprevisibles efectos de contagio, que puede derivar la influencia en el resto de países europeos. La nueva situación política española después de las elecciones de ayer, 26 de junio ya ha sucedido, ahora cabe esperar para ver si se ha generado de verdad nuevos horizontes, que hayan puesto las pilas a los dirigentes políticos.

Cabe señalar si la crisis política, que nos ha envuelto en el desapego y en el descrédito del gobierno puede erradicar la incertidumbre instalada en gran parte de la sociedad. Los efectos son imprevisibles e inciertos en nuestra socialdemocracia aunque haya un ganador.  Esperemos que verdaderamente haya intención de gobernar mejor, pues la sociedad está más fragmentada y desunida que nunca o tanto como en épocas convulsas, y eso sí lo han conseguido. No debería haber juego de tronos, se debería dialogar según los resultados. Se ha frenado y se ha alejado “el sorpasso”.

En este mismo sentido se debería hacer una lectura reflexiva y crítica, y análisis riguroso de si deben renovarse ciertos partidos si miran por la dignidad de su ideología ética. Sería razonable plantearse el abandono y asumir la responsabilidad que les corresponde a ciertos dirigentes, que por mantenerse en el poder, consideran los resultados electorales, razonablemente satisfechos aun habiendo perdido credibilidad. Por tanto, sería necesario replantearse y ser responsables ante las expectativas o fracasos electorales. Es incompatible e incoherente que se traten de justificar las fuerzas políticas, aparentando que no han salido mal y no reconocer a quien verdaderamente ha ganado.

Se trata de un nuevo ciclo que debería de revitalizar la ética y propósitos de nuestros dirigentes si quieren recuperar el ánimo y la esperanza de la sociedad más desfavorecida. Si quieren solucionar los problemas y preocupaciones de este país que ha ido a menos, tienen que demostrar de una vez por todas, sus verdaderas intenciones y no quedarse en escaparate y mojigata esperpéntica de un mundo teatralizado, para compañías que sólo están dispuestas a representar  sólo si el gusto de su dirección se lo permite, sin tener en cuenta los intereses u otros gustos del público.

El caso es que estamos asistiendo a un desmoronamiento humano, que puede ser peligroso por no empatizar  de ningún modo con el asentamiento del poder. Por eso, debemos apostar y partir de unos principios básicos, que opten por el respeto de las diferencias y por los menos retrocesos en cuanto a derechos sociales básicos y libertades se refiere. Tanto es así que el paro, acabar con la desigualdad y el empobrecimiento de la clase media trabajadora deben ser los objetivos a erradicar  en primera instancia, para alcanzar las bases del tan minusvalorado  bienestar popular.

Concluyendo, si no queremos una vuelta al pasado más negro de nuestra historia, debemos haber superado “y ahora qué” o estar concienciados de que es necesario otra forma de gobernar. Escuchando y viéndose implicados con los problemas y necesidades del pueblo,  no vaya a ser que se convierta a medio plazo en generación de odio y violencia. De modo que son tiempos para empatizar, aceptar el perspectivismo orteguiano en la reforma y aprobación de legislaciones, que se adecúen al máximo consenso y a pactos básicos y urgentes de estado, de verdad, por encima de autoritarismo y ceguera, para cambiar el estado anímico e insatisfactorio de los más necesitados de la población. Aunque todavía queda persuadirnos de verdad y no sólo en las urnas, que es un  primer paso pero respetando los derechos de los demás, señores hay mucho qué hacer y qué decir, que aún no ha llegado el carnaval. Muéstrense generosos, agradecidos y adopten por favor la gratitud que todos nos merecemos.

 

Francisco Velasco Rey

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