Portada » VOLVER A LA TIERRA QUE ME VIO NACER

VOLVER A LA TIERRA QUE ME VIO NACER

Carmen Carrasco relata su emoción al volver a Melilla y recibir el nombramiento de Melillense Ejemplar del Año 2026, un reconocimiento que la reconecta con su infancia, sus raíces y su poesía.

Carmen y el presidente de Melilla

El presidente de la Ciudad Autónoma de Melilla, Juan José Imbroda y la escritora y poeta Carmen Carrasco Ramos

Hay reconocimientos que llenan de orgullo, pero existen otros que llegan mucho más lejos: atraviesan el tiempo, despiertan recuerdos que creíamos dormidos y nos devuelven, por unos instantes, a la persona que fuimos. Para mí, recibir el nombramiento de Melillense Ejemplar del Año 2026 ha significado todo eso. No ha sido solamente un galardón, sino el abrazo emocionado de la tierra que me vio nacer.

Cuando conocí la noticia, sentí una mezcla de sorpresa, gratitud y felicidad. Nunca habría imaginado que la vida pudiera concederme un honor tan grande. Ser reconocida por mi propia tierra, por la ciudad donde comenzó mi historia, constituye uno de los mayores regalos que he recibido.

Regresar a Melilla para vivir este momento ha sido también un viaje hacia mi infancia. Volver a contemplar su luz, respirar su aire y caminar por sus calles hizo que el pasado regresara con una claridad conmovedora. Cada rincón parecía guardar algo de mí: una voz, una sonrisa, una oración, una canción o los pasos de aquella niña que comenzaba a descubrir el mundo.

Uno de los lugares que visité fue la capilla del Colegio San Vicente de Paúl, de las Hermanas de la Caridad, donde me eduqué, cursé el Bachillerato y viví algunos de los momentos más felices de mi niñez. Al entrar de nuevo en aquel espacio, sentí que los años desaparecían.

Ante aquel altar recé, canté y recité mis primeros poemas durante los actos del mes de mayo. Lo hacía vestida de blanco, con velo blanco y flores blancas, mientras las religiosas cantaban en el coro durante las misas y celebraciones oficiadas por el sacerdote del colegio.

Aquellas monjas eran mujeres muy modernas para su época y guardo de ellas un recuerdo entrañable. En el colegio fui aspirante a ángel, ángel, aspirante a Hija de María y, finalmente, Hija de María. Fueron años de fe, aprendizaje, disciplina y cariño, en los que adquirí valores que me han acompañado durante toda mi vida.

Todavía recuerdo la ilusión con la que recibíamos los premios cuando nuestro esfuerzo lo merecía. En alguna ocasión me impusieron la banda blanca como premio a la piedad y la banda con los colores de la bandera nacional como reconocimiento a la aplicación. También recibí diplomas y libros al finalizar el curso. Para mí, aquellos libros eran verdaderos tesoros y quizá contribuyeron a despertar el amor por la palabra que después marcaría toda mi existencia.

Otro de mis recuerdos más queridos está unido al piano del colegio. Allí, la señorita Conchita Seoane nos preparaba para los actos de Navidad y de final de curso y nos enseñaba canciones que todavía parecen resonar en mi memoria. Había sido interna en el propio colegio y las religiosas le ofrecieron la posibilidad de estudiar la carrera de piano.

En aquel centro no se hacían diferencias entre las niñas acogidas y las alumnas externas, pues todas recibíamos las clases juntas, aunque los niños y las niñas permanecían separados, como era habitual entonces.

¡Cuánto tiempo ha pasado! Y, sin embargo, al volver a aquellos lugares sentí que seguían vivas las voces infantiles, las canciones, las oraciones y las risas que llenaron mis primeros años.

También contemplé de nuevo el Monumento a los Héroes de España, con su imponente presencia y su belleza monumental. Pasear por Melilla era reencontrarme con su historia, con su arquitectura, con sus parques, sus palmeras, sus murallas y ese mar que siempre ha formado parte de mi memoria.

Melilla fue mi primer mundo. Allí aprendí a estudiar, a rezar, a cantar, a recitar y a emocionarme con la belleza de las palabras. En sus calles quedaron mis juegos, mis amigas, mis maestras y mis primeras ilusiones. Aunque la vida me condujo después por otros caminos, nunca me alejé verdaderamente de mi ciudad. Melilla ha viajado siempre conmigo y se ha convertido muchas veces en inspiración, nostalgia y poesía.

El acto de entrega se celebró el 27 de junio en el Hotel Melilla Puerto, durante una cena de gala a la que asistieron autoridades de la ciudad, presidentes de las Casas de Melilla llegados desde diferentes lugares de España y cerca de doscientas personas.

Deseo expresar mi agradecimiento más sincero a la Federación Nacional de Casas Regionales de Melilla y, de manera muy especial, a don José Luis Caras Toledo, presidente de la Casa de Melilla en Valencia, quien defendió mi candidatura con una generosidad y un cariño que jamás olvidaré. Sus palabras y su confianza hicieron que este reconocimiento alcanzara para mí un significado todavía mayor.

Cuando llegó el momento de recoger el galardón, sentí que toda mi vida pasaba ante mis ojos. Pensé en mis padres, en mis maestras, en las Hermanas de la Caridad, en mis compañeras de colegio y en aquella niña que recitaba poemas ante el altar sin imaginar que, muchos años después, regresaría a Melilla para recibir uno de los mayores honores de su vida.

Tras pronunciar unas palabras de agradecimiento, recité mi poema «Soy de Melilla», ataviada con nuestro precioso traje regional melillense. No podía haber elegido otro poema para una ocasión tan especial, porque en esos versos se encuentran mis raíces, mi memoria, mi fe y todo el amor que siento por mi ciudad.

Al comenzar diciendo «Soy de Melilla», sentí que no hablaba solamente la poeta. Hablaba también la niña que fui, la alumna del colegio, la maestra, la mujer y la melillense que jamás dejó de llevar su tierra en el corazón.

En el poema recordé la historia milenaria de Melilla, su herencia fenicia, púnica y romana, y esa convivencia entre pueblos y culturas que la convierte en una ciudad leal, heroica y generosa. Hablé de su cielo, de su mar, de sus playas doradas y de esa bandera azul que los melillenses llevamos prendida en el corazón, sin importar la distancia.

También quise expresar mi devoción por la Virgen de la Victoria Coronada, Alcaldesa Perpetua y Capitana, que desde su altar protege a todos los hijos de esta tierra, sin distinción de credos ni de razas. Porque hablar de Melilla es hablar también de convivencia, de respeto y de unión.

Mientras recitaba, aparecieron en mi memoria las murallas de la antigua Ciudadela, los parques, los jardines, las palmeras, las noches perfumadas de azahar y el rumor del mar. Cada verso era un paseo por los lugares que me habían visto crecer.

Pero fue al llegar a los últimos versos cuando la emoción se hizo más intensa:

«Y cuando llegue el día en que mi vida acabe
y a la fuerza me arranquen de ti,
quiero llevarme, como un tesoro al cielo,
un pedacito de tu sagrado suelo
para poder besarlo desde allí».

Pronunciar estas palabras en mi propia tierra, ante tantos melillenses, fue uno de los momentos más conmovedores de la noche. Tuve que contener la emoción porque aquellos versos no eran solamente poesía. Eran una verdad íntima, una confesión y una promesa de amor eterno a la ciudad que me vio nacer.

Los aplausos que recibí me llegaron al alma. Sentí el cariño de todos los presentes y la emoción de volver a ser acogida por Melilla como una hija que regresa a casa.

Entre tanta solemnidad y emoción también hubo espacio para una anécdota simpática. El presidente de la Ciudad Autónoma de Melilla, Juan José Imbroda Ortiz, se acercó para felicitarme y, antes de que yo pudiera reaccionar, me plantó un cariñoso beso en el moflete.

Confieso que aquel gesto me sorprendió y me hizo sonreír. Después de tantos nervios, discursos, aplausos y emociones acumuladas, aquel beso rompió por un momento el protocolo y aportó una nota cercana y divertida a la noche.

Más de uno podría decir que aquel beso fue el sello oficial que confirmaba mi nombramiento y mi regreso a casa. Yo prefiero pensar que fue una muestra espontánea del afecto de mi tierra, aunque reconozco que no todos los premios vienen acompañados de una condecoración tan directa en el moflete.

La velada concluyó de manera festiva, con música y un animado baile, pero para mí la emoción continuó mucho después.

Permaneció en cada paseo, en cada mirada y en cada lugar recuperado durante aquellos días. Permaneció al detenerme ante mi antiguo colegio, al contemplar de nuevo sus paredes y al recordar a las personas que contribuyeron a formar mi carácter y mi sensibilidad.

Ser nombrada Melillense Ejemplar del Año 2026 representa un honor que guardaré mientras viva. Pero el verdadero regalo fue regresar a mis raíces, volver a pisar los lugares que me vieron crecer y comprobar que el tiempo puede cambiar muchas cosas, pero jamás destruye el vínculo que nos une a la tierra donde nacimos.

He vuelto a Melilla con los ojos de una mujer que ha recorrido un largo camino, pero también con el corazón de aquella niña vestida de blanco que rezaba, cantaba y recitaba poemas ante el altar de su colegio.

Melilla sigue viva en mí. Está en mis recuerdos, en mi educación, en mi fe, en mi poesía y en todo cuanto soy. Por eso, este galardón no lo siento únicamente como un reconocimiento. Lo siento como el abrazo de mi ciudad y como la confirmación de que nunca me marché del todo.

Porque soy de Melilla.

Y no necesito más.

Vuestra amiga Carmen Carrasco

What do you feel about this?

Deja un comentario