Romance de la luz escondida
En este romance, Ana Martínez (Wércal) recrea poéticamente la figura de María Magdalena, su encuentro con Jesús, su fidelidad ante la cruz y su papel como primera testigo de la resurrección.

Por las tierras de Magdala
una sombra caminaba,
con los ojos como abismos
y el alma despedazada.
Siete voces la habitaban,
siete heridas la marcaban,
y en su pecho un desierto
sin consuelo ni esperanza.
Mas un día entre la gente
una voz la atravesaba,
no era grito ni mandato,
era luz que la nombraba.
Y al mirarla, aquel Maestro
que los cielos anunciaban,
rompió en ella las cadenas
que su espíritu ataban.
Desde entonces, paso a paso,
nunca más se separaba,
ni en los días luminosos
ni en la noche más cerrada.
No fue esposa ni fue sombra,
fue presencia que acompaña,
como llama que en silencio
sin ruido siempre alumbrara.
Mientras otros discutían
y su voz se levantaba,
ella escuchaba en lo hondo
lo que el mundo no alcanzaba.
Y en la hora de la cruz,
cuando el miedo gobernaba,
no huyó como los otros,
junto al madero lloraba.
Vio la muerte en sus pupilas,
vio la tierra desgarrada,
y guardó en su alma rota
la verdad que no se acaba.
Mas la aurora del tercer día
trajo vida inesperada,
y en un huerto silencioso
fue su nombre quien llamaba.
¡María! dijo la voz,
y su alma despertaba,
no era un muerto quien la hablaba,
era amor que regresaba.
Y entendió sin más palabras
lo que el mundo no explicaba:
que la vida no termina
donde el cuerpo se apagaba.
Fue la primera en la luz,
la primera en anunciarla,
aunque el mundo no creyera
en la voz de una mirada.
Dicen que habló de secretos,
de un alma que se elevaba,
de un reino que no se toca
pero dentro se encontraba.
Y aunque el tiempo y los hombres
su memoria deformaran,
queda en ella la certeza
de una fe que no se acaba.
Porque hay nombres que resuenan
cuando el miedo se levanta,
y hay miradas que nos dicen
que la luz nunca se apaga.

