Una decisión atemporal (2 de 2)
En Una decisión atemporal, Alberto Giménez narra el conflicto de Javier, un escritor atrapado entre el éxito comercial, la ambición, la culpa y el deseo tardío de alcanzar una auténtica gloria literaria.

La conversación y desencuentro con Damián le condujeron a una situación que temía y odiaba a un tiempo, a tener lo que él llamaba un vis a vis consigo mismo. Esa reflexión la inició tratando de justificarse para no tener que admitir, de una puñetera vez, que lo que a él verdaderamente le gustaba, no era escribir y mucho menos que esa escritura aspirara a ser una buena literatura. Lo que a él le atraía era el dinero y la popularidad de ser admirado y envidiado en los baños de masas que le proporcionaba cada presentación, cada feria del libro, cada firma de ejemplares, aunque él mismo se sintiera incapaz de leer su propia obra sin sonrojarse. Se había acostumbrado a creer que el baremo de la calidad literaria se encontraba en lo que clamaban esas masas. Eso y mantenerse apartado de esos literatos muertos de hambre como Damián que subsistían gracias a las clases de escritura creativa, que daban a quienes querían medrar como él, no como sus profesores. Pues sí, gracias a su vergonzante obra literaria vivía como siempre había querido vivir y, después de pensionar a sus tres ex mujeres le sobraba para unas cuantas vidas más. Pero la sensación que había experimentado al poner el punto final a la obra de su sobrino había sido algo tan gratificante, tan reconfortante, tan placentero… que le había hecho pensar, aunque solo fuera por un instante que aquello era lo suyo.
De esta confrontación salió jodido, como siempre. Era muy bonito que los que decían entender de literatura, alabaran tu obra, te dieran consejos y hasta te palmearan la espalda, pero ¿qué le aportarían para que él pudiera pagar las pensiones de sus antiguas mujeres e hijos? ¿Qué le ofrecerían para poder comprar el nuevo Maserati, o la casa en La Moraleja, o el apartamento en Puerto Banús? Todo eso no se podía pagar con palmaditas en la espalda o con buenas críticas.
«Pongamos que publico ese libro, que tengo éxito en ese paraíso al que ellos llaman de la literatura seria. Éxito, que con unas ventas que, en el mejor de los casos, no alcanzarían ni el uno por ciento de las de cualquiera de mis noveluchas. ¿Seré capaz de escribir otro libro con unas características como las de ese? Si lo consiguiera, aunque no le sacara partido, económicamente hablando, podría malvivir con lo que he ido sacando con mis noveluchas rosa hasta que fuera plenamente reconocido y alcanzara un nivel de ingresos para subsistir, pero nunca alcanzaría la posición que tengo ahora. ¿Y para poder vivir decentemente de la buena literatura, cuánto habré de esperar? Debo pensar que ya no soy tan joven como para hacer planes a largo plazo», barruntaba Javier.
Manoseaba, como con repugnancia, la copia de su libro que acababa de recuperar de Damián, aun no sabía si tirarla a la basura o mandarla a una de esas editoriales que dicen publicar literatura seria. Pero lo que si sabía era que aquella novela, fuera buena o mala estaba marcando un hito en su vida.
«Pero ¿y si no lo consigo?, habré echado a perder a un público que me adora y me sigue como perrillos con lo poco que les doy, pensaran que a ellos les daba las sobras, que con ellos solo ensayaba, mientras me preparaba para la obra maestra, se sentirán menospreciados, como conejillos de india y, ofendidos, migraran tras quienes crean que les dan de corazón, lo que yo les daba para experimentar.
»Y no será extraño que empiece a correr el bulo entre los que se llaman literatos de pro, de que la obra de mi sobrino me la escribió un negro», la mente de Javier se había precipitado por un abismo sin nada a lo que agarrarse.
Pero a Javier le era más fácil acallar su yo crítico, que al codicioso. Maldita novela, si hubiera podido encuadrarla en algún hecho histórico… pero era demasiado imaginativa incluso para mentir diciendo que estaba basada en hechos reales.
Durante la siguiente semana respondió a tres llamadas de Damián, aunque este le había llamado en más de una docena de ocasiones. La última vez que hablaron le dijo que su sobrino no quería publicar, ni seguir con la literatura, que aquello había sido un experimento y que lo metería en un cajón para enseñárselo a sus nietos cuando fuera abuelo. Ante la incredulidad de Damián el tono de la conversación se fue alzando y Javier escupió todo el rencor que llevaba años acumulando, le dijo a quien había sido su amigo todo lo que la amistad había silenciado. Aquella tarde se quebró una amistad que parecía indestructible. Javier libraba en su interior una cruenta batalla. Se había acostumbrado, desde que su agente literario le encarriló, a que cualquiera de sus escritos fuera correspondido con unas espléndidas ventas y, aunque sabía que podía darles más calidad, también sabía que esta no sería recompensada con más ventas, así que siguiendo las directrices de la editorial escribía a la luz de la economía de esfuerzo. Algo que, por otra parte le resultaba cómodo, pues no necesitaba calentarse mucho la cabeza, solo seguir el esquema que tan bien le había ido hasta ahora. ¿Qué había en el otro platillo de la balanza? Al terminar la obra una sensación deliciosa, pero insustancial.
El, con aquella novela ya había averiguado que era un buen escritor, genial en palabras del propio Damián, la experiencia se había completado, no necesitaba pasar más pruebas. ¿Para qué buscar un hueco en la historia, si cuando esta se escribiera él estaría muerto?
Miro su obra maestra, la vio turbia a través de las lágrimas y la metió en el cajón del olvido.
A pesar de que aún salieron de su pluma cuatro decenas de novelas, y que siempre, al concluirlas, esperaba, soñaba, anhelaba con sentir la misma emoción que experimentó al concluir la obra de su sobrino, nunca se repitió la experiencia. Solo en una ocasión sintió un amago de esa emoción, cuando añadió aquella frase al último capítulo de sus tempranas memorias:
«Ahora, al final de mis días, comprendo porque no he vuelto a sentir aquella exaltación que viví al terminar la novela que mi cobardía adjudicó a un sobrino que nunca tuve, ahora comprendo que fue la sensación de haber cumplido con mi destino, aunque la codicia y la cobardía me hicieron ocultarla. Ahora, cuando el crimen ya está perpetrado, siento arrepentimiento por lo que no hice, pero no por ello la publicaré, no merezco la gloria que pueda aportarme. Dejo la decisión de su publicación a mis herederos».
Pero con el avance de los años todas sus convicciones se habían ido deteriorando y la que albergaba en relación a la inexistencia de una vida más allá de la muerte, no podía ser menos. Su tajante negativa sobre su inexistencia había sido salpicada por crecientes dudas y ya no había lugar para seguridades en cualquiera de los sentidos así que, por lo que pudiera pasar, despojó la obra de su sobrino de la firma de este y añadió la propia.
Acudió al notario para añadir una clausula a su testamento. Sería requisito insoslayable que, para aceptar su herencia, sus herederos publicaran previamente aquella obra.
Si desde la trastienda a la que la muerte lo llevaba, había una rendija por la que pudiera ver el mundo que abandonaba, él comprobaría como le había ido a la obra de su sobrino. Si resultaba ser un fracaso, él no estaría allí para soportar las burlas y reproches, pero, si por el contrario triunfaba no quería perderse la cara que pondrían todos aquellos muertos de hambre que se adjudicaban la exclusiva de la producción de la buena literatura
Aunque nadie se lo había dicho nunca, Javier supo que también era muy bueno en otra cosa: en escurrir el bulto.

