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EXALTACIÓN AL ENIGMA DE LA ALHAMBRA

“Exaltación al enigma de la Alhambra”, de Alberto Blanco, es una exaltación poética al artículo “El enigma de la Alhambra”, incluido en el libro El Viento de las Leyendas. Ilustración de Cristina Sánchez.

6-el enigma de la alambra

EXALTACIÓN AL ENIGMA DE LA ALHAMBRA

En una clara y fría luz de octubre,
cuando Granada viste otoño y calma,
una sombra cruzó por los leones
con un secreto ardiéndole en el alma.

El Patio respiraba su misterio,
entre turistas, mármoles y agua,
y el rumor de la fuente parecía
una oración antigua y musulmana.

Por los arcos de yeso y de silencio,
con gabardina gris y lenta marcha,
avanzaba aquel hombre sin historia,
como quien lleva el peso de una causa.

Miró el centro sagrado de la fuente,
miró los doce leones de la plaza,
y entre sus manos levantó una esfera
de viejo bronce y misteriosa llama.

De pronto, un rayo blanco hacia los cielos
rasgó la claridad de la mañana,
y el hombre sonrió, como sabiendo
que allí debía sepultar su carga.

Hincó sus dos rodillas en el suelo,
quitó una losa humilde y solitaria,
y allí dejó la esfera de los siglos,
bajo la piedra viva de Granada.

Los vigilantes fueron hacia el centro,
la gente se apartó desconcertada,
mas antes de que el mundo lo apresara,
abrió su pecho con mortal navaja.

Cayó su cuerpo junto a los leones,
la sangre fue tiñendo la explanada,
y hasta el agua, al correr por sus canales,
pareció detenerse horrorizada.

No era un crimen vulgar lo que ocurría,
ni una muerte nacida de la rabia;
era el último acto de un enigma
que entre sombras del mundo se guardaba.

Alguien miraba oculto entre los otros,
alguien sabía leer aquella trama,
pues lo había perseguido por la tierra
tras mil rostros, mil cuerpos, mil miradas.

Honduras, Japón, Siria, India y Francia,
Brasil, Cuba, Túnez y Alemania,
fueron caminos falsos hacia un centro
que estaba en el corazón de la Alhambra.

Aquel sujeto de las muchas caras
había tejido rutas y distancias,
para esconder la luz de la respuesta
donde el agua y la piedra dialogaban.

Y entonces fue entendido aquel cuchillo,
aquel puñal de misteriosa marca,
como si en su metal quedara escrito
un signo de victoria consagrada.

Pero el mayor secreto no era el filo,
ni aquella muerte fría y voluntaria;
el gran secreto estaba bajo el suelo,
en la esfera de bronce custodiada.

Allí se hallaban nombres infinitos,
nombres que el hombre rompe y separa:
Dios, Alá, Yahvé sobre la esfera,
como una misma luz multiplicada.

Cristo, Mahoma, Buda y los profetas
no alzaban muros, guerras ni amenazas;
eran caminos hacia el mismo cielo,
eran raíces de una misma casa.

Y cuando el bronce habló desde su hondura,
cuando el tiempo escribió sobre su entraña,
dos palabras nacieron como fuentes:
Paz y Unión, brillando entre las almas.

Entonces se entendió por qué la Alhambra,
por qué su patio, su belleza exacta,
por qué aquel corazón musulmán hecho
templo de luz, de historia y de esperanza.

Porque en sus muros caben los distintos,
los que rezan con lenguas encontradas,
los que llegan del norte y de los mares,
los que buscan la paz bajo sus salas.

La Alhambra no levanta una frontera,
ni pregunta la fe, ni exige nada;
solo abre sus arcos al viajero
y le ofrece el rumor limpio del agua.

Allí conviven piedra, luz y credo,
allí la historia herida se levanta,
allí la sangre enseña que la muerte
nos vuelve iguales frente a la mirada.

No hay raza superior cuando se sangra,
ni religión que justifique espadas;
la sangre tiene un solo idioma rojo,
y el dolor una sola voz humana.

Por eso aquel extraño dio su vida,
no por soberbia, culpa ni venganza;
murió para guardar contra los hombres
la paz que tantas veces se quebranta.

Y quien halló la esfera comprendía
que no debía alzarse ni mostrarla,
pues hay secretos santos que se pierden
si caen en manos torpes o profanas.

Volvió a dejarla bajo aquella losa,
entre los dos leones de la plaza,
y el Patio recobró su antiguo sueño
como si nada hubiera sido nada.

La sombra fue perdiendo su misterio,
volvió a ser carne, pulso, luz humana,
y salió lentamente del recinto
como un turista más entre la Alhambra.

Mas al cruzar la puerta de la historia,
un rayo de luz blanca lo abrazaba,
y el tiempo lo guardó entre sus segundos
como se guarda un alma iluminada.

Quedó la esfera allí, bajo los leones,
en el centro inmortal de la explanada,
como raíz secreta de los pueblos,
como custodia eterna de Granada.

Que nadie rompa el pacto de aquel bronce,
que nadie manche su verdad sagrada,
que nadie arranque al mundo su esperanza,
ni destruya la paz que nos hermana.

¡Oh Patio de los Leones, templo vivo,
corazón de la Alhambra soberana,
guarda la Unión que el hombre necesita,
guarda la Paz que el odio despedaza!

Que el agua diga siempre entre tus piedras
lo que la voz del mundo a veces calla:
que todos somos polvo de un destino,
y todos luz de una misma mirada.

Que Granada custodie para siempre
la esfera de la unión y la esperanza,
y que resuene, firme, por los siglos:
¡la paz del mundo nunca sea quebrada!

Alberto Blanco Rubio

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