Mujeres que dieron un paso al frente – Freya Stark
Artículo de Amador Torreblanca sobre Freya Stark, exploradora y escritora que desafió los límites viajando sola por Oriente Medio.

“la vida no te debe nada; eres tú quien debe arrancarle algo”.Freya Stark
Ya hemos visto a Rosita Forbes atravesando el Sahara para entrar en el prohibido Al-Kufara. Pero fueron muchas las mujeres británicas que se sintieron atraídas, digamos incluso “arrastradas”, hacia el mundo árabe y el desierto, acaso favorecidas por el hecho de que muchos de esos países eran protectorado británico. Entraban en lo prohibido, en lo desconocido, en lo peligroso, peligroso no sólo por el desierto sino por algunos pobladores de ese desierto, ya bandidos, ya xenófobos.
Freya Stark, de quien nos ocupamos hoy, fue una de ellas, y llegó a ser la mujer solitaria del desierto, la exploradora que había preferido la libertad a la convención, la escritora que había convertido el desánimo en acción.
Nació en Paris el 31 de enero de 1893. Pero en realidad no era francesa: nació allí porque sus padres, que estaban estudiando, se conocieron allí. Su padre era un pintor de Devon, Inglaterra; su madre era italiana de múltiple origen: francés, polaco, británico y alemán ―casi la Unión Europea―.
Nació en Francia, pero crecer, creció en Italia, en Asolo, provincia de Treviso, a unos 82 km de Verona, o sea cerca de Romeo y Julieta, que no le servirían de ejemplo en la vida.
De pequeña era enfermiza y se refugiaba en la lectura, con lo que tuvo una educación autodidacta. A los nueve años cayó en sus manos Las mil y una noches, que la fascinó, y, sin que por supuesto nadie lo notara, comenzaba a marcar su vida.
Y poco antes de cumplir los trece, se produciría un segundo hecho que la marcaría para siempre, literalmente marcada, física y psicológicamente. En Génova, durante una visita a la fábrica de alfombras de la que su madre era copropietaria, el eje de acero de una de las máquinas atrapó su pelo, le arrancó parte del cuero cabelludo, le destrozó una oreja y le produjo heridas en la cara ―casi nada.
Durante meses estuvo inmovilizada, sometida a injertos de piel y al dolor constante. Esta situación desarrolló en ella una gran tolerancia al sufrimiento físico y una determinación obstinada.
Por supuesto el aspecto físico, especialmente a esa edad, la hicieron sentirse fuera de los cánones de belleza de su época. Esto la llevó a evitar la situación de ser una joven casadera y la empujó a vivir fuera de las normas, lo cual se nota en sus diarios.
Y el accidente también la indujo a pensar que la seguridad era una ilusión, por lo que el riesgo dejó de asustarla. Así, entró en zonas, como el Valle de los Asesinos o Luristán (Irán), en las que ni los diplomáticos británicos se atrevían a entrar, a pesar del respaldo que implicaba su condición.
Estudia árabe y persa y la carrera de historia en la Escuela de Estudios Orientales y Africanos de la Universidad de Londres. Ya está acostumbrada a vivir sola, y su mente es la de una mujer de acción: al estallar la Gran Guerra (1914), interrumpe sus estudios y se enrola en la Cruz Roja, donde es destinada a hospitales militares británicos.
Los cuatro años de guerra parecen terminar de formarla: se acostumbre a las largas jornadas de trabajo, a la muerte cotidiana, a tratar heridas graves, a colaborar en amputaciones y operaciones quirúrgicas, aunque ella no las realizara.
En los descansos se zambulle en lecturas sobre Persia, Arabia, geografía de Oriente Medio y comienza a planear sus primeros movimientos.
En 1927, a los treinta y cuatro, vuelve a Asolo al cabo de más de una década. Se reencuentra con su madre Flora (su hermana Vera había muerto el año anterior) y la pareja de su madre, el pintor británico Herbert Young Hammerton.
Pero se pone en marcha antes de fin de año; destino: Líbano y Siria. Fue un viaje de riesgo real considerado “medio”. Se instaló en Beirut y de allí se movió, sola, siempre sola, por el Monte Líbano, el Valle de la Bekaa y zonas afectadas por las revueltas drusas (musulmanes de ciertas regiones de Líbano y Siria). Visitó aldeas bajo control tribal en zonas montañosas en las que no era habitual la presencia de europeos, particularmente mujeres.

En los años 1929 y 1930 emprende la exploración de los desiertos de Transjordania y Siria, considerados de un riesgo real alto (o sea riesgo mayor que su anterior viaje).
¿Por qué se lo considera peligroso?
Porque era un viaje en solitario por regiones pobladas por bandidos beduinos y en las que había tensiones políticas a causa del mandato francés.
Tampoco debemos olvidar las dificultades naturales: transporte no fiable (camellos, camiones de carga, caravanas), la inevitable escasez de agua, las tormentas de arena, la imprecisión de los mapas, la necesidad de negociar el paso con los jefe tribales. Recorrió Haurán (“tierra vacía” en arameo), meseta al suroeste de Siria y Jabal al-Druze, región volcánica elevada en el sur de Siria, habitada mayoritariamente por la comunidad drusa.

En 1930 y 1931 lleva a cabo su viaje más famoso.
¿Por qué el más famoso?
Porque estaba considerado de riesgo real extremo. No había nada más peligroso donde pudiera adentrarse; parece que había ido buscando esa situación, del peligro medio al peligro extremo, aprendiendo a lidiar con ellos, a conducirse ella misma en esas situaciones. Fue el viaje que mejor documentó: El viaje de su vida.
Peligros objetivos: regiones montañosas sin control oficial, bandolerismo descontrolado, secuestros a manos de los lurs (pueblo iraní del oeste y suroeste del país), enfermedades en las aldeas, clima severo, aislamiento total. Imagina el silencio; la noche absoluta; la inmensidad infinita. Iba sola, con un guía. ¿Se podía fiar del guía?
Debemos recordar que no había ni carreteras ni caminos correctamente trazados, que no había mapas fiables, que el contacto humano era con tribus recelosas del estado iraní y de los extranjeros. Y no olvidemos la carga que estaba obligada a llevar: provisiones, material fotográfico, cuadernos, medicamentos.
Y entró en el Valle de Alamut (conocido como el Valle de los Asesinos), se internó en zonas montañosas remotas del Luristán y el Mazandarán, provincias de Irán actualmente ya controladas. Zonas de aldeas pequeñas, de unos cien habitantes en el caso de Alamut y de treinta o cuarenta en el de Luristán y Mazandarán.
De este viaje surgió su obra maestra El Valle de los Asesinos, el título nos dice que ella era bien consciente de dónde se estaba metiendo, algo así como la boca del lobo, o del león que es más grande. Y allí nace la Freya Stark que el mundo conocerá, y admirará.
Pero su vida necesitaba acción y riesgo: no podía quedarse cómoda en Asolo. Así, en 1935 recorre Wadi Hadhramaut, sureste de Yemen, donde solamente unos pocos exploradores se habían aventurado, nunca tan lejos como ella. Porque era un lugar remoto, de difícil acceso, políticamente fragmentado, que, aunque había sido visitado por europeos, Freya era la primera mujer, y la primera persona en tomar buena nota y por supuesto escribir nada más y nada menos que dos obras: The Southern Gates of Arabia (1936) y Seen in the Hadhramaut (1938–1939), libro fotográfico.
Al estallido de la Segunda Guerra Mundial, 1939, se pone nuevamente en acción contribuyendo a la creación de una red de propaganda (Hermandad de Libertad) que tenía como objetivo convencer a los países árabes para estar del lado aliado.
Y publica: Letters from Syria (1942) e East is West (1945).
En 1947, a los cincuenta y cuatro años, se casa con el diplomático Stewart Perowne. No tienen hijos. Se separan sin divorcio en 1952, y Freya vuelve a lo suyo: el viaje, pero con menos desiertos y más Mediterráneo. Recorre Turquía, Grecia y el Egeo, Italia, de Asolo va por todo el país. Vuelve a Irán en 1958-1960, Afganistán, 1960-1963. Entre 1963 y 1970 por todo Oriente Medio.
En 1970 (77) se radica en Asolo y realiza viajes esporádicos.
En Asolo lleva una vida tranquila y contemplativa. Escribe cartas a amistades hechas en sus viajes: diplomáticos, escritores, exploradores, viejos amigos árabes, familiares dispersos. Y le encanta recibir invitados, normalmente periodistas, académicos, vecinos de Asolo, viajeros que la buscaban como a un oráculo. Pasea por las calles medievales de Asolo o por los caminos de los alrededores. Organiza sus cartas y archivos, prepara conferencias, trabajaba en sus memorias. Por las noches leía hasta tarde, poesía, historia, filosofía, libros de viajes de otros autores. El entretenimiento de la lectura, si lo conoces, si lo disfrutas, ya sabes la fortuna que tienes.
Y llega 1993, cumple cien años en plena actividad, y, el 9 de mayo, muere.

Descansa en el Cementerio de Sant’Anna, Asolo. A su casa aún se la conoce como Villa Freya.
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Muy buen artículo. Efectivamente hay muchas exploradoras desconocidas; yo ame Oriente leyendo la vida de Isabel Eberhat y sus viajes solitarios. Luego descubrí a las vulcanólogos y ame la Geografía… Gracias por esta bio para mí desconocida.
Muy documentado.