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Las dos muertes del Cura Hidalgo

Alberto Giménez recrea el juicio de Miguel Hidalgo y las maniobras para acabar no solo con el insurgente, sino también con sus ideas, en un nuevo relato de «Judiciales», de Vinatea Editorial.

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Este relato fue publicado en la antología de relatos «101 relatos judiciales» de Vinatea Editorial

«Era una lucha desigual, o al menos así la veía yo: un cura de pueblo arropado por unos harapientos, siguiendo un estandarte de la Guadalupana se enfrentaba a nosotros, al Imperio Español. Su derrota había llevado a Miguel Hidalgo a otra pugna, esta judicial, por rebelión contra el virrey de Nueva España, tampoco esta batalla estaba nivelada y, por si fuera poco el desequilibrio, me habían encomendado a mí, que no soy letrado, su defensa. Cuando pregunté al tribunal que debía hacer fueron palmarios: nada.

»En Nueva España no se podía luchar contra la monarquía o contra el catolicismo, mucho menos contra los dos a un tiempo y no salir malparado. Acepté su defensa contra una resolución conocida antes de iniciar el procedimiento. Poco me importaba su suerte, era un enemigo de la patria y yo, como militar, debía eliminarlo, fuera con las armas o con mi pasividad procesal.

»Si no he mencionado mi nombre es porque poco importa, dado el papel de comparsa que desempeñé en el procedimiento. Baste con saber que, en aquel tiempo, era un alférez novicio al servicio de la corona al que, la crueldad de sus compañeros, los oficiales veteranos, había obsequiado con este lance, el mismo que ellos se habían apresurado en rehuir.

»El procedimiento disponía que, comprobada la veracidad de la imputación al interrogar al encausado, podía dictarse sentencia sin más trámite. La tozuda sinceridad de Hidalgo ahorró cualquier esfuerzo al fiscal Ángel Abella.

»No pretendo disculpar mi nula actuación en el procedimiento pues, como he dicho, su futuro no me importaba y cuando empezó a importarme ya era demasiado tarde.

»Como defensor suyo que era, tuvimos que conversar y su indulgencia hacia mi pasividad fue mudando mi sentir por él. Quiso el curilla aliviar mi zozobra por su destino No sé qué le hacía pensar que me preocupaba».

—Luché como creí que debía hacerlo y si mi desconocimiento de la milicia o mi estrategia fueron errados, solo yo debo responder por ello. Aunque lo que busca este pleito no son responsabilidades militares por una batalla que ganaron. Quieren apagar el sueño que nació en Dolores, el que a ellos les desvela y el que les perseguirá hasta que México sea independiente. Con mi muerte no acallaran sus miedos, ni dejaran de escuchar el grito que el hambre pone en boca del pueblo. Aunque me hagan morir dos veces, ese griterío seguirá persiguiéndolos —me dijo Hidalgo.

«Ese día mi mirada, al hablar con él, abandonó la altanería.

»Con mi pasividad, el juicio se me fue escurriendo entre los dedos,  aunque hubiera sabido dirimirlo, igualmente lo habría perdido, porque así estaba decidido. Se juzgaba su rebelión, que él no negaba, y a nadie le interesaban sus motivos.

»El Cura Hidalgo, ante el fracaso de la conjura que preparaba el corregidor Miguel Domínguez e importantes criollos, para cambiar al virrey, se había echado al monte en Dolores al frente de un movimiento popular numeroso, pero sin instrucción militar y con pocas armas. Aun así, andaban zurrándonos la badana, su avance era para nosotros un rosario de derrotas. Querían suprimir los tributos indígenas, la abolición de la esclavitud y que se repartieran las tierras. Mucho criollo revoltoso salió espantado al reparar en que, con esos objetivos, era como tirar piedras sobre su propio tejado.

»El 24 de junio de 1811, el tribunal militar leyó las sentencias de muerte contra Allende, Aldama y Jiménez. Nada dijo de Hidalgo, pero no, no le había perdonado, simplemente retrasaba su lectura. Un lapso de inquietud ganado por su cualidad sacerdotal.

»El Virreinato reparó en que aquella sentencia, aún sin leer, lo socavaría, pues creaba un mártir de una transcendencia colosal. Si vivo había sido capaz de romper la perenne postración y el fatalismo en que dormitaban los indígenas y la clase desfavorecida y arrastrarlos a una revolución para recuperar los derechos que les habían robado los descubridores, ¿qué no conseguiría cuando lo sacrificaran? Si no se acababa con la influencia que Hidalgo tenía sobre las masas, de poco serviría haberlo fusilado. No encontraron mejor camino para ello que enfrentarlo con la popular devoción religiosa, especialmente la que sentían por la Guadalupana. Debían lograr que, ante esa pobre gente, el Cura Hidalgo apareciera como el reverso de su devoción.

»En la catedral de Valladolid se celebró un octavario que desagraviara a la Virgen de Guadalupe por los ultrajes recibidos de los insurgentes, que la habían tomado como estandarte. Curiosamente nada se dijo al respecto de la Virgen de los Remedios, utilizada por los realistas con idéntico cometido.

»La Inquisición trataba de “fusilar” el influjo que Hidalgo había dejado tras de sí, quería forzar una pena de muerte contra el mensaje del Cura Hidalgo y, de paso, conseguir su degradación eclesiástica para poder fusilarlo. El Santo Oficio, como buen compañero de juego del Virreinato, al saber que Hidalgo estaba al frente de la revuelta, se había apresurado en rescatar de un olvido de once años las causas archivadas contra él. No importaba la carencia probatoria o su improcedencia. La mayoría de esas causas se debatían entre la falsedad y la puerilidad, eran berrinches que la ignorancia interponía contra el intelecto.

»Lo Acusaban de reprochar a algunos eclesiásticos su ineptitud, aunque no se pararon a comprobarla. El arzobispo de México admitía que Hidalgo, por sus conocimientos, lucía tan brillante como un astro, pero era engañado por el maligno. Le consideraba un emisario de Napoleón. No en vano se dijo que era una revuelta de la ilustración contra la inquisición.

»Por aquel tiempo el Cura Hidalgo había conseguido que lo admirara.

»El obispo de Michoacán lo declaró excomulgado, excomunión que resultó inválida al no ser obispo consagrado aparte de que, por ser hijo ilegitimo, tenía vedado el acceso al sacerdocio.

»Ante el inquisidor desfiló una nutrida y variopinta testifical, pero  sin reparar en lo oído, lo condenó por cincuenta y tres transgresiones eclesiásticas y consiguió su degradación sacerdotal. Creía haber logrado la muerte ideológica de Hidalgo. Al día siguiente sería entregado al pelotón de fusilamiento que mandaba el teniente Armendáriz.

»Tres descargas de fusilería, dos disparos de gracia en el corazón y la decapitación.

»Pero la labor de la Inquisición resultó tan infructuosa como mi defensa, su sentencia era demasiado enmarañada para que la comprendieran los seguidores del Cura Hidalgo. La segunda muerte no se había completado.

»Diez años después, en septiembre de 1821 triunfaba la revolución, y yo con ella, pero como coronel de los sublevados. La voz de Hidalgo me había seguido durante aquellos años y había hecho que me uniera a la revuelta durante el asedio de Acapulco. Habían matado el cuerpo de Miguel Hidalgo, pero su pensamiento seguía dirigiendo a una nación hacia su independencia. Hidalgo sería reconocido como Padre de la Patria; un estado recibiría su nombre;  sus restos reposarían en la columna de la Independencia de México.

»Ni con sus dos pretendidas muertes habían acallado su voz, ahora contempla el México independiente que buscaba y ha demostrado que la justicia siempre es distinta en función de quien la administra.

Alberto Giménez Prieto

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