CHORROJUMO, GUÍA DE LA ALHAMBRA
Poema de José Esciba sobre Chorrojumo, guía legendario de la Alhambra, realizado tras una investigación en Ítrabo, la Alhambra y Granada para rescatar su memoria, su origen y su vínculo con la historia popular granadina.

Por la Alhambra de luz y de memoria,
donde el agua murmura su grandeza,
surgió tu nombre lleno de nobleza,
Chorrojumo, guardián de antigua historia.
Junto al Sacromonte de alta gloria,
donde la zambra enciende su belleza,
tu estatua alza la voz con fortaleza,
como un bronce vestido de victoria.
No eras sombra perdida en la mañana,
ni figura olvidada por la suerte,
eras alma venciendo hasta la muerte,
con raíz de Ítrabo y voz gitana.
La piedra te miraba soberana,
la cuesta te nombraba firme y fuerte,
y Granada guardó para quererte
tu leyenda sencilla y cortesana.
Mariano fue tu nombre verdadero,
Fernández Santiago, sangre y vida,
pero la voz del pueblo agradecida
te coronó con nombre duradero.
Chorrojumo sonó por el sendero,
como llama de fragua sostenida,
como brasa en la noche protegida,
como humo que ascendía hacia el lucero.
Naciste en Ítrabo, pueblo blanco,
de monte, cal, silencio y lejanía,
donde el sol en los campos encendía
un horizonte limpio, noble y franco.
Allí empezó tu paso humilde y manco,
tu vida de trabajo y valentía,
antes que Granada te ofrecía
la Alhambra como trono sobre el barranco.
No heredaste palacio ni corona,
ni escudo de linaje ni fortuna,
mas te alumbró la luz de aquella cuna
que al hombre pobre dignidad abona.
Tu vida fue camino que razona,
pobreza que resiste una por una,
y entre la pena amarga y oportuna
la gracia popular te hizo persona.
Cuentan que el humo dio nombre a tu frente,
humo de fragua, oficio y aspereza,
humo de lucha, pan y fortaleza,
humo de pueblo humilde y resistente.
Fuiste hombre de trabajo permanente,
de campo, trato, ingenio y ligereza,
y supiste vestir con entereza
la dura condición del indigente.
Granada te llamó por sus colinas,
por sus bosques, sus torres y murallas,
por sus viejas leyendas y batallas,
por sus aguas secretas y divinas.
Subiste por sus sendas peregrinas,
cruzaste sus umbrales y sus vallas,
y entre fuentes, jardines y atalayas
hiciste de la Alhambra tus doctrinas.
Fuiste guía primero de viajeros,
cuando el turismo apenas despuntaba,
y Europa por Granada suspiraba,
buscando sus misterios verdaderos.
No llevabas tratados extranjeros,
mas tu palabra antigua iluminaba,
y cada sala muda despertaba
al fuego de tus cuentos hechiceros.
Mostrabas la Alcazaba y sus almenas,
la Torre de Comares encendida,
y en cada piedra rota o escondida
hacías florecer glorias ajenas.
Hablabas de cautivas y cadenas,
de un rey que dio al suspiro despedida,
de una luna nazarí, triste y herida,
y de fuentes cantando antiguas penas.
El Patio de los Leones escuchaba
tu voz de narrador y de misterio,
y el visitante, preso en tu imperio,
la Alhambra con tus ojos contemplaba.
La Sala de Dos Hermanas respiraba,
el Mexuar revivía su criterio,
y el tiempo, sometido a tu magisterio,
por tus viejos relatos regresaba.
No fuiste guía de aula ni de archivo,
ni sabio de academia celebrada,
pero tu voz sencilla y bien templada
mantuvo aquel palacio siempre vivo.
Fuiste intérprete audaz, rostro expresivo,
memoria popular dramatizada,
y en tu figura humilde y levantada
Granada halló su espejo más activo.
Fortuny contempló tu gallardía,
tu porte singular, tu vieja estampa,
y en el lienzo dejó viva la trampa
de hacer eterno aquello que veía.
Después la fama nueva te seguía,
la cámara buscó tu luz de estampa,
y el mundo vio en tu imagen, sin trampa,
la Granada soñada que quería.
Te llamaron rey gitano por presencia,
príncipe de un linaje legendario,
señor de un territorio imaginario,
nacido del ingenio y la apariencia.
No fue corona real tu pertenencia,
ni cetro levantado en santuario,
pero tu gesto sobrio y necesario
reinó sobre miradas con prudencia.
Entre el Darro, la cuesta y la arboleda,
tu sombra caminaba lentamente,
como quien guarda un reino transparente
que en cada atardecer vivo se queda.
La Alhambra, con su música de seda,
te abrió sus corredores dulcemente,
y tú diste a su encanto permanente
voz de romance, sueño y polvareda.
En los bosques rojizos de la altura,
donde el ciprés levanta su plegaria,
tu silueta parece necesaria
para entender Granada y su hermosura.
Porque no hay piedra noble ni espesura
sin voz humana, humilde y legendaria,
y tú fuiste palabra extraordinaria
al pie de su más honda arquitectura.
Ítrabo, al descubrir tu procedencia,
recobra de tu nombre la semilla,
y en su blancura clara y sencilla
late otra vez tu antigua pertenencia.
Allí empezó tu humana resistencia,
allí tuvo tu infancia voz tranquila,
y aunque Granada luego te perfila,
Ítrabo guarda intacta tu presencia.
De Ítrabo salió el hombre verdadero,
de Granada nació la gran leyenda,
y entre ambos nombres tu memoria enmienda
el olvido del tiempo pasajero.
La Alhambra fue tu libro y tu sendero,
tu escenario, tu voz y tu vivienda,
y cada visitante que te atienda
halló en ti su primer guía viajero.
Hoy la memoria pide nueva altura,
que no te borre el polvo ni el silencio,
que el pueblo reconozca tu comienzo
y Granada conserve tu figura.
Fuiste dolor, ingenio y aventura,
fuiste humilde verdad sin fingimiento,
y bajo el viejo cielo ceniciento
tu nombre se convierte en hermosura.
Chorrojumo, de humo y de leyenda,
de fragua, de camino y de mirada,
sigue guiando la Alhambra iluminada
por donde el alma del viajero ascienda.
Que Ítrabo tu raíz siempre defienda,
que Granada te nombre emocionada,
y que tu estampa quede rescatada
como una luz que al porvenir se extienda.
Viva tu nombre antiguo y peregrino,
viva tu humilde cuna levantada,
viva Ítrabo, tu raíz honrada,
y viva la Alhambra de tu destino.


Ciudadano del Mundo
