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BIRGIT NILSSONLA GRAN CANTANTE WAGNERIANA DEL SIGLO XX

“Birgit Nilsson”, de María Ángeles Molpeceres, rinde homenaje a una de las sopranos más grandes del siglo XX y referente absoluto del repertorio wagneriano.

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Marta Birgit Nilsson nació en Västra Karup (Suecia) el 17 de mayo de 1918. Fue una de las sopranos más extraordinarias del siglo XX, especializada en el exigente repertorio wagneriano y en las grandes obras del repertorio dramático. Su nombre quedó ligado para siempre a personajes como Brünnhilde e Isolda, de las óperas de Wagner, así como a Elektra y Salomé, de Richard Strauss, sin olvidar su mítica interpretación de Turandot, de Puccini. Ella misma comentaba con humor que La valquiria la hizo famosa, pero Turandot la hizo millonaria.

Considerada la gran sucesora de Kirsten Flagstad, Birgit Nilsson fue la máxima exponente de la soprano wagneriana en la posguerra. Su voz, de una potencia poco común, se caracterizaba por una proyección impresionante, una resistencia fuera de lo habitual y una claridad en los agudos que la convertían en única. No solo poseía volumen, sino también una precisión técnica que le permitía dominar papeles de enorme dificultad sin perder nunca la calidad sonora.

Desde muy temprana edad mostró una inclinación natural hacia la música. Se cuenta que, con apenas tres años, ya improvisaba melodías en un piano de juguete. Ella misma relató en diversas entrevistas que cantaba incluso antes de aprender a andar, y que la música formaba parte de su vida de manera casi instintiva. Su talento fue pronto reconocido, lo que la llevó a estudiar en la Real Academia Sueca de Música de Estocolmo, donde obtuvo una beca tras destacar entre decenas de aspirantes.

Su carrera internacional comenzó a consolidarse en la década de 1950. En 1951 participó en el Festival de Glyndebourne con Idomeneo, de Mozart. Poco después, en 1954, interpretó por primera vez a Brünnhilde en Múnich, uno de los papeles que definirían su carrera. Su debut en Estados Unidos llegó en 1956, en la Ópera de San Francisco, con el papel de Isolda, marcando el inicio de una relación muy estrecha con el público norteamericano.

El reconocimiento mundial llegó definitivamente en 1959, cuando debutó en el Metropolitan Opera de Nueva York, donde se convirtió en una figura imprescindible. Allí cantó durante años más de 200 funciones y hasta 16 roles diferentes, consolidándose como una de las grandes estrellas de la escena operística internacional.

Uno de los pilares fundamentales de su carrera fue su participación en el prestigioso Festival de Bayreuth, templo del wagnerianismo, donde actuó regularmente entre 1953 y 1970. Su presencia en este escenario no solo la consagró, sino que la situó en el centro del universo musical europeo.

Además de su dominio del repertorio alemán, Nilsson también destacó en el repertorio italiano, interpretando papeles como Aida, Tosca o Un baile de máscaras, demostrando una versatilidad poco común en voces de su categoría.

Su voz fue descrita en numerosas ocasiones como “de acero”, no solo por su potencia, sino por su capacidad de mantenerse firme e inalterable incluso en las condiciones más exigentes. Durante casi cuatro décadas, desde 1946 hasta 1984, se mantuvo en lo más alto, algo extremadamente difícil en un repertorio tan exigente.

A pesar de su fama mundial, Birgit Nilsson siempre se caracterizó por su carácter sencillo, directo y con un fino sentido del humor. Su famosa respuesta sobre cómo resistía papeles tan duros —«uso un buen par de zapatos»— refleja perfectamente su personalidad cercana y sin artificios.

En su vida personal, se casó con Bertil Niklasson, a quien conoció en un tren. Ambos mantuvieron siempre una vida discreta, alejada del sensacionalismo. No tuvieron hijos, y su relación se mantuvo sólida y reservada a lo largo de los años.

Tras su fallecimiento el 25 de diciembre de 2005 en Suecia, su legado quedó firmemente establecido en la historia de la música. En su honor se creó el Premio Birgit Nilsson en 2009, uno de los galardones más prestigiosos y mejor dotados del mundo de la música clásica.

Birgit Nilsson no fue solo una gran cantante: fue una fuerza de la naturaleza sobre el escenario. Su voz, su entrega y su legado continúan siendo referencia obligada para generaciones de intérpretes y amantes de la ópera.

Este es, por tanto, un homenaje sincero a una artista irrepetible, cuya voz aún resuena en la memoria de quienes tuvieron el privilegio de escucharla.

Recibid un fuerte abrazo con todo cariño.

Mari Àngels Molpeceres

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