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Cuando el silencio no es un refugio: El otro lado delmindfulness

paz

Eva Gadher
Experta en Intervenciones Basadas en Mindfulness y Compasión.


En la actualidad, el mindfulness atraviesa una fase de popularidad que, en muchos casos, lo ha desconectado de sus raíces éticas y de su rigor clínico. Se presenta como una herramienta accessible y rápida, como si bastara cerrar los ojos para encontrar calma.

Sin embargo, la práctica clínica muestra otra realidad. Para algunas personas, el silencio no es un refugio, sino un lugar incómodo, incluso amenazante. Cuando no se tiene en cuenta la historia de quien practica, la atención plena puede dejar de ser reguladora y convertirse en una experiència difícil de sostener.

Como instructora en mindfulness en contextos clínicos, trabajo con personas para quienes el estrés no es una idea abstracta, sino una vivencia corporal constante. A lo largo de estos años, he observado cómo muchas personas llegan con un alto nivel de activación interna, sin los recursos necesarios para sostener una introspección directa. En estos casos, la forma en la que se ofrece la práctica es determinante.

Para comprender esta dinámica, suelo recurrir a una enseñanza atribuida a Siddhartha antes de convertirse en Buda. Al escuchar a un músico, comprendió que si las cuerdas de un sitar se tensan demasiado, se rompen, y si están demasiado flojas, no producen sonido, entre ambos extremos se encuentra el equilibrio.

Cuando la activación es excesiva, el organismo entra en un estado de alerta constante, donde aparecen la ansiedad, el pánico o los recuerdos intrusivos. Cuando la activación desciende en exceso, emerge la desconexión, el letargo o esa sensación de vacío que muchas personas describen como estar sin estar. La regulación emocional no consiste en eliminar estos estados, sino en poder sostener la experiencia sin quedar atrapados en ninguno de ellos.

Para una persona con una huella traumática, la instrucción de “quedarse a solas con sus pensamientos” puede resultar abrumadora. Sin apoyos externos suficientes, la atención dirigida hacia el interior puede sobrepasar su capacidad de procesamiento, dificultando cualquier beneficio terapéutico.

Desde aquí, es importante entender que el mindfulness no es únicamente una técnica de relajación, sino una intervención con impacto real en la forma en la que las personas se relacionan con su experiencia interna. Por ello, tratarlo como una herramienta neutra puede ser un error. Cuando una práctica moviliza emociones profundas o memorias corporales, requiere ser ofrecida con sensibilidad, con un ritmo adecuado y dentro de un entorno que pueda sostener lo que aparece. La responsabilidad profesional no está en llevar a la persona hacia estados concretos, sino en prioritzar su estabilidad interna por encima de cualquier técnica.

En este sentido, también es necesario ampliar la mirada sobre el trauma. No siempre se presenta de forma evidente ni se limita a acontecimientos extremos. Con frecuencia, se construye a partir de experiencias que desbordan la capacidad de una persona para integrar lo vivido: relaciones inestables, falta de validación emocional en etapas tempranas, estrés sostenido o entornos de alta exigencia. Aunque no siempre deriva en un diagnóstico clínico, sí deja una huella en la forma en la que las personas sienten, se relacionan y regulan su mundo interno. Desde esta perspectiva, es razonable asumir que en cualquier espacio de acompañamiento habrá sistemas nerviosos especialmente sensibles. Tener en cuenta esta realidad no es opcional, forma parte del rigor profesional.

Esto se hace especialmente evidente en algo aparentemente tan simple como cerrar los ojos. Para algunas personas, puede ser una señal de descanso. Para otras, implica la pérdida de referencias externas que aportan orientación, como la luz, los sonidos o la presencia del entorno. Al retirarse estos apoyos, la experiencia interna puede intensificarse hasta volverse difícil de sostener. En estos casos, la insistencia en la quietud o en el silencio absoluto puede generar más activación o desconexión en lugar de presencia.

Todo esto nos lleva a comprender el papel fundamental de la seguridad en el funcionamiento del sistema nervioso. Existe un rango en el que la persona puede procesar la experiencia de forma integrada. Cuando se sale de ese rango, la capacidad de aprendizaje y regulación se ve comprometida. La evidencia en neurociencia sugiere que el mindfulness puede fortalecer los sistemas de regulación, pero también señala un aspecto esencial: el cerebro necesita condiciones de seguridad para poder aprender. Cuando detecta amenaza, prioriza la supervivencia por encima de cualquier proceso de cambio. La seguridad no es un complemento de la práctica, es su condición de posibilidad.

Además, el trauma no puede entenderse únicamente como una experiencia individual. También està influido por los contextos en los que vivimos: la precariedad, la inseguridad o la falta de apoyo social. En este marco, la hipervigilancia deja de ser un síntoma aislado para convertirse en una respuesta coherente de un organismo que intenta adaptarse a su entorno. Esto exige por parte del profesional una atención cuidadosa a señales que pueden pasar desapercibidas: cambios en la forma de hablar, desconexión en la mirada o una presencia corporal disminuida. Reconocer estos matices también implica revisar nuestra propia forma de estar, para no invalidar la experiencia del otro ni reproducir dinámicas que ya forman parte de su historia.

Desde todo lo anterior, se hace necesario replantear qué entendemos por salud mental. No consistí en alcanzar un estado permanente de calma, especialmente cuando la historia de una persona hace que ese lugar resulte inaccesible o incluso amenazante. La práctica del mindfulness cobra sentido cuando se adapta a la persona y no al revés. No se trata de aplicar una técnica, sino de crear un espacio donde la experiencia pueda sostenerse sin forzarse. La verdadera maestría no está en profundizar más, sino en saber cuándo parar, cuándo acompañar y cuándo ofrecer apoyo externo.

En este contexto, la pregunta que queda abierta es inevitable:

¿Estamos utilizando el mindfulness como una herramienta de acompañamiento o como una idea simplificada de bienestar que no tiene en cuenta la complejidad de los sistemas nerviosos que tenemos delante?

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