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Una vida fuera de cobertura

**Juan Antonio Mateos** reflexiona en «Una vida fuera de cobertura» sobre el silencio, la desconexión digital y el derecho a desaparecer durante unas horas para recuperar nuestro tiempo, nuestra intimidad y, quizá, encontrarnos de nuevo.

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«El silencio hace del corazón un lugar de revelación.»

MARÍA ZAMBRANO

«Solo en la inactividad nos percatamos del suelo sobre el que pisamos y del espacio en el que nos hallamos.»

BYUNG-CHUL HAN

Quizá uno de los grandes privilegios de nuestro tiempo sea poder desaparecer. No morir, no huir, no romper con el mundo. Simplemente desaparecer durante unas horas de la mirada de los demás: apagar el teléfono, no contestar, no publicar, no explicar dónde estamos. Caminar sin dejar rastro. Sentarnos frente al mar sin convertir el mar en una fotografía.

Durante siglos, desaparecer era algo normal. Había lugares sin cobertura, cartas que tardaban semanas, tardes enteras en las que nadie podía encontrarnos. Existían los tiempos muertos, los silencios y las esperas. Hoy, en cambio, vivimos bajo una extraña obligación de presencia: hay que estar disponible, informado, conectado, localizable, al día. Y cuando no estamos, parece que nos estamos perdiendo algo. Tal vez sea justamente al revés. Tal vez nos estemos perdiendo a nosotros mismos por no permitirnos desaparecer nunca.

Hemos construido una civilización extraordinariamente eficaz para comunicarnos y, sin embargo, cada vez parece más difícil encontrar un lugar donde podamos permanecer en silencio. La tecnología nos prometió libertad y, en muchos sentidos, nos la ha dado. Pero también ha creado una nueva forma de dependencia: la obligación de responder. El teléfono no solo nos permite comunicarnos; nos recuerda constantemente que alguien puede necesitarnos, que algo está sucediendo, que ha llegado un mensaje, una noticia o una fotografía que todavía no hemos visto. El mundo entero puede llamar a nuestra puerta a cualquier hora, y nosotros hemos olvidado que también tenemos derecho a no abrir.

Quizá por eso el silencio se esté convirtiendo en un bien escaso. Y todo aquello que escasea termina adquiriendo valor. Hay hoteles que venden silencio, retiros sin pantallas, casas rurales donde la señal desaparece, experiencias de desconexión. Resulta paradójico: hemos necesitado inventar servicios para recuperar algo que durante siglos formaba parte natural de la vida. Pero el silencio no consiste solamente en que no haya ruido. Es también la posibilidad de no tener que responder. Y eso es mucho más profundo.

Porque responder constantemente significa vivir reaccionando. Una notificación provoca una respuesta; una noticia, una opinión; una imagen, otra imagen. Poco a poco, nuestra vida puede convertirse en una sucesión interminable de estímulos y reacciones. Vivimos reaccionando, cuando una existencia humana no puede reducirse a eso. Necesitamos espacios en los que no suceda nada, precisamente porque en esos espacios puede suceder algo dentro de nosotros.

Cuando desaparece el ruido exterior comienzan a aparecer preguntas que habíamos conseguido mantener apartadas: ¿estoy viviendo como quiero?, ¿qué estoy haciendo con mi tiempo?, ¿qué cosas me importan realmente?, ¿qué queda de mí cuando dejo de desempeñar todos los papeles que los demás esperan? Son preguntas incómodas. Quizá por eso hacemos todo lo posible por no escucharlas. Llenamos los trayectos de música, las esperas de pantallas, las comidas de conversaciones digitales y las noches de contenidos. Hemos conseguido que prácticamente ningún minuto quede vacío. Pero una vida sin espacios vacíos corre el riesgo de convertirse en una vida sin profundidad.

No todo lo importante ocurre mientras estamos ocupados. Hay pensamientos que necesitan silencio para nacer, heridas que necesitan tiempo para ser comprendidas y decisiones que no pueden tomarse bajo el ruido permanente de las opiniones ajenas. Y hay una parte de nosotros mismos que solo aparece cuando nadie nos mira.

Esta quizá sea una de las grandes paradojas de la identidad contemporánea. Nunca hemos tenido tantas posibilidades de mostrarnos y quizá nunca haya sido tan difícil saber quiénes somos cuando dejamos de hacerlo. Nos hemos acostumbrado a construir nuestra identidad ante los ojos de los demás: elegimos qué fotografías enseñar, qué momentos compartir, qué opiniones expresar, qué versión de nosotros mismos queremos que los otros conozcan. Pero existe otra vida, una vida que no necesita espectadores: la conversación que nadie graba, el paseo que nadie fotografía, el pensamiento que no se publica, la alegría que no necesita ser compartida para ser verdadera. Quizá la intimidad consista precisamente en conservar una parte de la existencia que no está disponible para los demás.

Por eso desaparecer puede ser una forma de libertad. No porque queramos vivir aislados, sino porque necesitamos recordar que nuestra vida no pertenece por completo a quienes pueden acceder a ella. La libertad también consiste en poder no estar, no saber, no contestar, no producir, no mostrar, no opinar. Incluso en poder no hacer nada.

Y quizá este último verbo sea uno de los más difíciles de conjugar en nuestro tiempo. Hacer nada nos produce cierta culpa. Parece que el tiempo solo adquiere valor cuando es aprovechado. Incluso el ocio tiene que ser productivo: viajar, aprender, hacer deporte, conocer lugares, fotografiar experiencias. Hasta descansar parece haberse convertido en una tarea. Hemos llegado a un punto extraño en el que ya no basta con descansar: tenemos que demostrar que hemos descansado.

Quizá por eso el verano pueda ser una pequeña rebelión. No hace falta convertirlo en una cruzada contra la tecnología ni regresar a un pasado idealizado. Basta con recuperar algunos espacios en los que el tiempo no tenga que servir para nada: una mañana sin notificaciones, un paseo sin destino, una comida sin teléfono sobre la mesa, una tarde sin agenda, una conversación lenta, el sonido del agua, el silencio.

Y entonces puede ocurrir algo inesperado: descubrimos que no estábamos cansados solamente del trabajo. Estábamos cansados de estar permanentemente disponibles, de ser localizables, de tener que responder, de ser vistos.

Quizá por eso el verdadero lujo contemporáneo no sea tener más cosas, viajar más lejos o disponer de más tecnología. Quizá sea recuperar algo mucho más sencillo: que nuestro tiempo vuelva a pertenecernos. Poder cerrar la puerta, apagar la pantalla y dejar que el mundo continúe sin nosotros durante un rato. Comprobar que no pasa nada, que la vida sigue, que el mundo no se detiene porque nosotros nos hayamos retirado.

Y que, en ese pequeño intervalo de invisibilidad, puede ocurrir algo extraordinario: podemos volver a encontrarnos.

Porque quizá desaparecer de los demás sea, algunas veces, la única manera de volver a estar verdaderamente presentes ante nosotros mismos.

El nuevo lujo no es que todos sepan dónde estamos. Es poder estar en algún lugar sin que nadie lo sepa. El nuevo lujo no es tener más conexión, sino recuperar el derecho a desconectar. No es ser visto.

Es poder desaparecer.

Y quizá, cuando por fin dejamos de intentar demostrar que estamos viviendo, comenzamos sencillamente a vivir.

Juan Antonio Mateos

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