LOS DÍAS DE LA DANA: UNA REFLEXIÓN DESDE ALFAFAR
Amada Sánchez, vecina de Alfafar, recuerda cómo vivió la DANA del 29 de octubre de 2024 y comparte una reflexión sobre el miedo, las pérdidas, la solidaridad, la fe y las lecciones que dejó una tragedia que cambió para siempre la vida de miles de personas.

Nuestra compañera Amada Sánchez, vecina de Alfafar, comparte con nosotros estas reflexiones personales sobre cómo vivió los difíciles días de la DANA del 29 de octubre de 2024. A través de sus palabras recuerda el miedo, la incertidumbre y las pérdidas que dejó aquella tragedia, pero también la enorme solidaridad que encontró entre vecinos, voluntarios y personas llegadas desde distintos puntos para ayudar. Un testimonio escrito desde la experiencia directa, en el que el dolor se mezcla con la gratitud, la fe y una reflexión profunda sobre lo verdaderamente importante cuando, de un momento a otro, todo cambia.
LOS DÍAS DE LA DANA: UNA REFLEXIÓN DESDE ALFAFAR
El 29 de octubre de 2024 quedó grabado para siempre en nuestra memoria. Aquel día, la DANA golpeó con una fuerza devastadora distintos municipios de Valencia, entre ellos Alfafar, y cambió en cuestión de horas la vida de miles de personas. Yo misma me preguntaba una y otra vez: «Dios mío, ¿Qué está pasando?, ¿Qué estamos haciendo mal?». Estábamos tan acostumbrados a pensar que controlábamos nuestra vida, nuestros horarios y hasta nuestro entorno, que de pronto la naturaleza vino a recordarnos, de la forma más dura, lo pequeños que somos y lo rápido que puede cambiar todo.
El agua llegó con una violencia difícil de explicar y, en muy poco tiempo, nuestras calles, nuestras casas y nuestras vidas quedaron cubiertas de barro, miedo e incertidumbre. Sin embargo, en medio de aquella tragedia apareció algo que nunca olvidaré: la solidaridad. Nunca podré agradecer lo suficiente lo que hicieron tantos voluntarios, muchos de ellos jóvenes que llegaron sin esperar órdenes, sin preguntar demasiado y con una única intención, ayudar. Los he visto trabajar durante horas, agotados, cubiertos de barro, entrando y saliendo de las casas, retirando muebles, limpiando calles, repartiendo agua y acercando comida a quienes más lo necesitaban.
Por ellos siento una gratitud inmensa, porque, aunque muchas personas perdieron la vida en esta tragedia, estoy convencida de que sin la ayuda de tantos voluntarios el sufrimiento habría sido todavía mayor. En los momentos más difíciles nos dieron algo que necesitábamos tanto como cualquier ayuda material: calor humano. Durante aquellos días sentí que estábamos muy solos, pero mientras faltaban respuestas, el pueblo reaccionó. Los vecinos se ayudaban unos a otros, llegaban personas desde muchos lugares y en Alfafar se habilitaron puntos para repartir comida caliente y atender a quienes lo necesitaban. Poco a poco fui comprendiendo que, aunque la situación era terrible, con personas así había motivos para confiar en que lograríamos salir adelante.
España entera se volcó con Valencia y eso me emocionó profundamente. Siempre me he sentido orgullosa de mi país, pero aquellos días ese sentimiento creció todavía más. Recordé la España de la que nos hablaban cuando éramos pequeños, aquella que se asociaba a valores como el esfuerzo, la nobleza, la valentía y la generosidad, y pensé que todos esos valores seguían vivos porque los estaba viendo delante de mí, encarnados en tantos voluntarios que lo daban todo sin esperar nada a cambio. Por eso creo que, mientras existan jóvenes capaces de actuar de esa manera, nuestro país tiene futuro.
Pero hay una parte de todo lo vivido que pesa mucho más que cualquier pérdida material, y es la pérdida de vidas humanas. Personas de nuestros barrios, conocidos, familias enteras golpeadas por una tragedia imposible de explicar. Durante aquellos días todavía había desaparecidos y resultaba muy difícil saber realmente qué había ocurrido. Como creyente, muchas veces me pregunté por qué suceden estas cosas y por qué tantas personas tienen que pasar por un sufrimiento así. Después pensé que quizá no me corresponde encontrar todas las respuestas y que lo único que puedo hacer es rezar por quienes se fueron, por quienes siguen sufriendo y por todos los que tendremos que aprender a vivir con lo que hemos visto y sentido.
Con el paso de los días, mi calle seguía llena de voluntarios que limpiaban y retiraban barro sin descanso. Se les veía cansados, porque muchos llevaban jornadas enteras trabajando, y mientras yo contemplaba aquellas montañas de muebles, colchones, sillas, mesas, ropa y todo tipo de objetos acumulados en las calles, empecé también a pensar en nuestra forma de vivir. ¿Cuántas cosas tenemos que realmente no necesitamos? Tenemos un solo cuerpo y, sin embargo, acumulamos objetos para varias vidas. Yo misma pensaba en toda la ropa que guardamos y en tantas cosas que creemos imprescindibles hasta que un día desaparecen de golpe.
Entonces recordé una frase de mi abuela, una mujer muy sabia, que decía que cuando una persona tiene el cuerpo alimentado, limpio y cuidado, necesita mucho menos de lo que cree. Aquella imagen de las casas vaciándose me llevó también a pensar en otra clase de limpieza, una limpieza interior. En momentos así uno descubre quién está realmente a su lado, quién aparece, quién pregunta, quién ayuda y quién, sencillamente, desaparece. Algunas personas que creíamos importantes dejan de estar, mientras otras, a veces casi desconocidas, son capaces de darlo todo por nosotros.
Por eso pensé que, igual que estábamos sacando de nuestras casas aquello que ya no servía, también podía hacer algo parecido con mis sentimientos y con determinadas relaciones. A veces dedicamos demasiado tiempo a personas que no nos corresponden de la misma manera, y quizá sea necesario aprender a hacer sitio para quienes sí quieren estar y compartir de verdad nuestra vida. Tal vez esa sea otra de las enseñanzas que me ha dejado esta tragedia.
La DANA del 29 de octubre de 2024 nos quitó muchas cosas. Algunas podrán recuperarse y otras no volverán jamás, pero también nos recordó algo esencial: las casas pueden llenarse de barro, los muebles pueden desaparecer y nuestras seguridades pueden venirse abajo en cuestión de minutos, pero al final lo verdaderamente importante son las personas, las que permanecen, las que ayudan y las que están cuando todo se derrumba. Después de todo lo vivido en Alfafar, esa es una lección que ya nunca olvidaré.

