Portada » MONDÚJAR, CASTILLO DE ZORAYA
King_and_Zoraya_in_castle_202605231111

Un día fui por pueblos granadinos,
buscando luz, memoria y viejos nombres;
anduve entre barrancos y caminos,
oyendo hablar al viento de los hombres.

Llegué a Mondújar, pueblo de silencio,
con casas blancas, sol y cal dormida;
y vi sobre la altura, casi en sueño,
una ruina mirando hacia la vida.

Allá, sobre la frente de la loma,
quedaba una corona destrozada;
la piedra, entre retamas, aún asoma
como una antigua voz enamorada.

Subí despacio, lleno de preguntas,
siguiendo el rastro azul de la colina;
las ruinas parecían manos juntas
rezando por su historia granadina.

Toqué la piedra herida por los años,
miré sus muros rotos, sin bandera;
y el alma, entre presagios y extraños daños,
quiso saber qué historia allí durmiera.

Pregunté al valle, al sol, a los almendros,
al pueblo que custodia su memoria;
y hallé, tras sus silencios más adentros,
un amor convertido ya en historia.

Mondújar, claro espejo del pasado,
balcón del valle, flor de lejanía;
en ti quedó un suspiro coronado
por la melancolía de otro día.

La Alhambra fue la gloria de Granada,
su trono, su jardín, su firmamento;
pero tuvo también, callada y alta,
la sombra del poder y del tormento.

Allí reinó Muley Hacén, rey de la Alhambra,
señor de torres, mármoles y fuentes;
mas dentro de su pecho arde y se desangra
un reino entre rumores y corrientes.

Tenía la corona y sus pesares,
tenía el peso amargo de la guerra;
miraba desde torres y alminares
la luz que va perdiéndose en la tierra.

Y entonces vio a Zoraya, luz cautiva,
mujer entre dos mundos levantada;
lucero que en la noche aún sobrevive,
herida y reina, amada y señalada.

Fue Isabel por la sangre de su origen,
Zoraya por destino y por leyenda;
dos nombres en su alma se dirigen
hacia una misma llama que la encienda.

Cristiana fue en sus días primeros,
sultana luego en patios granadinos;
y puso en los jardines nazaríes
la claridad secreta de otros signos.

Muley Hacén la amó sobre el destino,
sobre la corte amarga y rumorosa;
y quiso levantar en su camino
una morada blanca para esposa.

No quiso solo un muro de defensa,
ni torre militar contra la herida;
quiso una casa clara, dulce, inmensa,
donde guardar su amor y su vida.

Lejos del duro mármol de palacio,
lejos de tanta intriga palatina,
buscó para su amor un nuevo espacio
en la paz de la tierra granadina.

Y allí mandó elevar sobre Mondújar
un castillo nacido del deseo;
no para la victoria ni la lucha,
sino para un amor de fuego hebreo.

Porque la Alhambra era corona y mando,
era rumor de espadas y grandeza;
Mondújar fue el refugio donde, amando,
el rey dejó caer tanta tristeza.

Allí Zoraya tuvo cielo propio,
jardines, agua, sombra y compañía;
allí Muley Hacén, ya menos trono,
fue hombre junto a la mujer que quería.

El valle le ofrecía sus perfumes,
la tarde sus dorados resplandores;
y el aire, entre cipreses y jazmines,
guardaba sus secretos y temblores.

Desde allí la Alhambra parecía sueño,
palacio azul perdido en la distancia;
y el rey, aunque del reino fuese dueño,
bebía en Mondújar paz y fragancia.

Mas todo amor que nace en tiempo herido
también conoce sombra y despedida;
Granada era un lucero estremecido,
una corona rota por la vida.

Boabdil ya asomaba entre los nombres,
Aixa lloraba orgullo y desventura;
y el reino, dividido por sus hombres,
se hundía lentamente en noche oscura.

Pero en Mondújar, sobre aquella altura,
quedó la parte humana del sultán;
no el rey de la batalla y la armadura,
sino el amante que no olvidarán.

Quedó Zoraya, flor de dos orillas,
mujer de luz, de llanto y de frontera;
la que encendió, con manos amarillas,
la última primavera verdadera.

Hoy sube el caminante hasta la ruina,
y escucha, si el silencio lo acompaña,
cómo la piedra antigua se ilumina
con ecos de una historia que no engaña.

Mondújar guarda aún, bajo su cielo,
aquel amor de rey y de sultana;
y el castillo, vencido por el suelo,
conserva todavía voz humana.

La Alhambra tiene gloria universal,
torres, poemas, agua y maravilla;
pero este cerro humilde y medieval
guarda una intimidad que aún nos humilla.

Porque no todo reino está en la espada,
ni toda majestad vive en la altura;
también una ruina enamorada
puede vencer al tiempo y su amargura.

Por eso, cuando miro sus paredes,
sus piedras desgastadas por la ausencia,
siento que aún Zoraya, entre cipreses,
respira como luz y permanencia.

Y Muley, desde el monte de su nombre,
tal vez recuerde el valle y su hermosura;
pues antes de ser mito fue un hombre
que amó sobre la pérdida futura.

Mondújar, pueblo blanco de Granada,
custodio de la historia y del sendero;
tu ruina no está muerta ni olvidada:
es llama antigua bajo el limonero.

Que suba el alma hasta tu castillo,
que escuche allí la voz de la memoria;
pues cada piedra, rota en su amarillo,
sigue contando amor, reino y gloria.

Y cuando caiga el sol sobre la sierra,
y el valle quede en paz, como dormido,
diré que entre las ruinas de esta tierra
vive un amor que nunca se ha perdido.

José Escriba
Ciudadano del Mundo

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