SE BUSCAN ENTRENADORES
“Se buscan entrenadores”, de Javier Serra, reflexiona sobre el liderazgo en el fútbol, la ética, el trabajo colectivo y la necesidad de elegir referentes capaces de anteponer la dignidad y el bien común al triunfo a cualquier precio.

Javier Serra
Desde que el Homo sapiens —sobre todo quienes se erigían en sus líderes—descubrió que perseguir y patear un objeto esférico resultaba infinitamente más entretenido y productivo para las masas que arrojar congéneres a los leones, el fútbol se ha impuesto como deporte global y ha demostrado funcionar como un límpido espejo de la condición humana. En sus noventa minutos reglamentarios puede desplegarse nuestra esencia: la mezquindad, la solidaridad, el egoísmo desbocado, la grandeza y la miseria moral, a veces envuelto en un aura épica. La reciente final mundialista no fue una excepción; al contrario, se convirtió en un microcosmos de la batalla que libra nuestra alicaída civilización, quizá la más importante.
En una esquina del cuadrilátero verde contemplamos a la selección española, un bloque que ofreció una lección magistral de lo que debería ser este deporte cuando no se deja infectar por la toxicidad del entorno. Vimos un conjunto donde la generosidad y el sacrificio se impusieron al divismo, donde las individualidades más deslumbrantes no dudaron en arremangarse y trabajar por el bien común, manteniendo una fidelidad inquebrantable a una idea noble y consecuente con el juego. Detrás de este pequeño milagro no había un estratega “mouriñista” ni un tipo con ínfulas mesiánicas —ojito, quizá este sea un inexistente juego de palabras—, sino un líder estoico: Luis de la Fuente. Una persona que, en un alarde de sensatez casi revolucionaria para los tiempos que corren, confesaba en una entrevista que, más allá de la calidad técnica, su criterio fundamental para confeccionar un equipo era buscar “buenas personas”. Jugadores capaces de anteponer la causa colectiva al brillo efímero de sus propios egos. Reconforta —y hasta emociona a quienes ya no poseemos ni canas que peinar— comprobar que la decencia y la humildad aún pueden conducir a levantar trofeos.
El equipo situado en la otra media cancha, sin embargo, ofreció una cara muy diferente. El rival derrochó un repertorio donde la testosterona mal entendida, la marrullería y la picaresca más desagradable pretendieron sustituir al talento durante la mayor parte de los 120 minutos que duró el espectáculo. Lo peor, sin embargo, no ocurrió durante la contienda, sino tras el pitido final. Incapaces de digerir la derrota, casi todos sus componentes optaron por dar la espalda al vencedor (excepto un jugador, bravo por él. Merecería un artículo aparte), sembrar el desprecio y, en el colmo de la torpeza, desencadenar agresiones físicas sobre los futbolistas que en buena lid se habían llevado una merecida victoria.
Que nadie interprete esto no es un ataque chauvinista a la selección rival, ni muchísimo menos al hermano pueblo argentino. La cuestión que me ocupa es más profunda, aunque seguramente igual de tragicómica. Lo que presenciamos fue la demostración de cómo un sistema hipercompetitivo y mercantilizado es capaz de pervertir el juicio moral de los individuos hasta hacerles perder el norte. Los muchachos de la albiceleste no actuaron movidos por una maldad intrínseca; actuaron convencidos sinceramente de que la victoria justifica cualquier atropello, de que la agresividad bronca y el desprecio al rival son sellos de “hombría” o pruebas irrefutables de pasión patriótica. Incluso el hasta ahora intachable Messi sucumbió a la tentación.
Ya lo advertía Sócrates: nadie hace el mal a sabiendas. Para el filósofo griego, el mal no es más que una forma de ignorancia; la incapacidad de distinguir lo correcto de lo degradante. Cuando a un joven deportista se le educa en la doctrina del triunfo a cualquier precio y se le aplaude el matonismo como si fuera heroísmo, el resultado no puede ser otro que la ceguera moral dentro del terreno de juego.
El balompié, a fin de cuentas, no es más que el síntoma visible de un mal de fondo. Vivimos en un mundo huérfano de referentes éticos, donde la dignidad es ninguneada mientras se encumbra a líderes incapaces de mirar más allá del interés de su tribu o, en el colmo del egoísmo, de sus propios intereses. En una sociedad abarrotada de pirómanos empeñados en avivar guerras cruentas, mientras la inacción suicida ante la crisis climática empeña el porvenir de las siguientes generaciones. La ignorancia moral, travestida hoy de pragmatismo o nacionalismo, se ha convertido en la forma cotidiana de gobierno.
Por eso mismo, lo sucedido sobre el césped adquiere una dimensión pedagógica. Cuando un grupo de deportistas demuestra que es posible alcanzar la cumbre desde la empatía, el respeto y el trabajo honesto bajo la guía de un líder que entiende que la calidad humana es el cimiento de cualquier éxito perdurable, nos están regalando algo más que un título deportivo. Nos están recordando que la zafiedad no es invencible y que la hombría no se mide en coces, sino en dignidad.
Quizá aún estemos a tiempo. Si en un territorio tan hostil y plagado de egos como el fútbol profesional es posible que la bondad y el trabajo en equipo se coronen campeones del mundo, tal vez no todo esté perdido para la humanidad. Solo hace falta que empecemos a elegir mejor a nuestros entrenadores… principalmente fuera del terreno de juego.
