Recuerdo envenenado (IV de V)

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Este cuento fue galardonado como el cuento ganador del XVI Certamen Literario del Ateneo Cultural de Paterna de 2017

El sueño ya le había sido anunciado por las imágenes que le acometieron en el bar. Se escenificaba en el salón de lo que había sido el hogar de sus amigos Fernando y Lucía. Ella se hallaba acompañándolo, estaban muy próximos y sabían que no había nadie más en la casa. Ella se mostraba muy amable, como siempre. Esa tarde habían recorrido el pintoresquismo municipal, inmersos en una conversación de dispar temática, sin que a ella le escandalizara por ninguno de los temas que él introdujo, siendo que alguno resultaba realmente escabroso.

En aquel momento y sin venir a cuento, Jacinto se sintió plenamente autorizado a besarla sin que su acción descartara alcanzar metas hasta entonces solo soñadas. Él creía tener derecho a ello, su desmedido narcisismo pretendía que Lucia lo comprendiera, al fin y al cabo, ella no era más que una cría de pueblo. El beso no obtuvo más respuesta que la que le hubiera brindado un espejo y, al retirarse, tuvo que responder ante la serenidad de ella:

— ¿Qué pretendes al besarme?

—Sólo mostrarte que estoy enamorado de ti.

—¿Con un beso demuestras tu amor? ¿No será simple apetencia sexual?

—Mujer… eso también, pero te prometo que te amo.

De nuevo la besó con similar acogida, aunque, ella mostró sonrojó.

—¿Ese enamoramiento galopante a donde nos llevará?

—A donde tú quieras.

—No soy yo quien ha confesado el enamoramiento, sino tú y se supone que tendrás alguna previsión para vivirlo.

—Pues eso, como dices, vivirlo mientras dure.

—¿Nace con fecha de caducidad?

—No, Lucía, yo pretendo que sea eterno…

—Eterno ¿Hasta cuándo?

—Mientras dure este fuego abrasador que me envuelve y en el que quiero que ardamos los dos.

—Vamos, que lo que quieres es que nos acostemos. ¿Es eso?

—Sí… y… también podemos salir juntos, si decides no entrar en el convento.

—Entonces el primer punto es que nos acostemos y luego decidiremos o, para ser más exactos, decidirás si te conviene.

—No es así Lucía. Te quiero para toda la vida. Jamás he querido a nadie como a ti. Eres mi mujer soñada. Te he buscado toda mi vida. Déjame que te explique… serás tú la que decida si… —gimoteaba Jacinto.

En ese momento se abrió la puerta de la calle para que entrara la madre de Lucia. Los saludó cariñosamente y siguió hacia la cocina para dejar la compra.

—Mañana vendré y lo hablaremos con más calma. —A Jacinto, de pronto, le había entrado prisa.

— ¿Seguro que vendrás?

—Nada en este mundo impedirá que mañana te explique lo que siento. ¿Me esperarás?

—Sigo sin estar segura de que vengas.

Jacinto se quitó la medalla con la imagen de su santo y se la entregó para que la guardara. Ella hizo ademan de rechazarla.

—Guárdala, mañana volveré a por las dos.

—Nunca sabré si vienes por mí o por la medalla.

—Cuando vuelva no te cabrá duda.

Al llegar a ese punto el sueño se interrumpía, pero como una cinta sin fin volvía a iniciarse en un bucle interminable, hasta que algo lo despertó. Encendió la luz, estaba inquieto y empapado en sudor, a pesar de que era una noche fresca.

Eran las cinco, temprano para levantarse, se aquietó en la cama prestando atención a los sonidos: a través de la puerta se percibía música, aunque no sabía si se trataba de algún televisor o provenía del salón.

Quiso averiguarlo, abrió la puerta y la percibió más nítidamente, eran los arpegios del nocturno de Chopin que Lucía tocaba a menudo. Quiso averiguar de dónde venía el sonido, por lo que fue hasta el arranque de la escalera, allí se escuchaba con más brillantez. Era el piano, pero no había nadie ante él, aunque elteclado estaba abierto y podía apreciarse cómo las teclas se hundían sin que ninguna mano las pulsara. Experimentó una angustiosa sensación, hasta que comprendió que el piano debía estar dotado de una pianola eléctrica.

El deleite musical hizo que se sentara a la mesa que albergaba la planta de blancas enseñas, se acomodara, cerrara los ojos y disfrutara los sonidos: era como escuchar a Lucía.

No supo en qué momento el sueño se apoderó de él, pero vio como Lucia acariciaba el teclado del viejo piano, el salón, de pronto, estaba Intensamente iluminado, los viejos muebles habían reaparecido, y en la hogareña alfombra del centro de la habitación dos niños jugaban: una chica y un mozalbete rubio de tiernas edades, mientras alguien los observaba cómodamente arrellanado en un sillón, alguien con sus mismos rasgos… ¡Era él! Que desde el sillón que lo recogía, aparte de deleitarse escuchando la música, no se perdía ni una sola de las evoluciones de aquellos dos niños, cuyos rostros, a pesar de que no los conocía le resultaban cada vez más familiares al paso del tiempo. Sintió que un profundo bienestar, una desbordante felicidad anidaba en su interior haciéndole sentir las más agradables sensaciones que jamás había experimentado. Deseó pasar lo que le quedaba de vida inmerso en aquel nirvana, que aquel espejismo nunca terminara, que nadie se lo arrebatara.

— ¿Te gusta más lo que ves que la vida que llevaste? —Escuchar estas palabras le hicieron salir del ensueño.

Abrió los ojos y miró sorprendido a la mujer que estaba frente a él, aunque las hojas de la planta le ocultaban parcialmente el rostro. Se movió para verla mejor y creyó estar ante una de las monjas.

—Perdón, ¿qué ha dicho?

—Te he preguntado si valió la pena tu espantada.

—No comprendo a que se refiere.

—Quiero saber si te resultó grata tu vida con aquella mujer, después de incumplir la promesa que me hiciste la misma tarde en que te revolcaste con ella. ¿Acaso no te hubiera agradado más la vida que has vislumbrado viendo jugar a los hijos que no tuvimos mientras me oías tocar?

¡Era ella sin duda! Con algunos años y mucho sufrimiento acumulados.

Quiso abandonar la silla, pero una fuerza ignota lo mantenía pegado. Anheló alargar la mano y tocar la de aquella mujer que se arrogaba la identidad de Lucía, pero esa energía oculta mantenía sus manos soldadas al tablero, quiso pronunciar su nombre y no pudo, sentía necesidad de abrazarla, de pedirle perdón por todo lo que no hizo, por no haber vuelto al día siguiente ni nunca más, por haber sido tan imbécil, tan cobarde, por haberla y haberse privado de una vida feliz, pero le fue imposible. Supo que no podía, siquiera, soñar con su perdón, ¿cómo iba a perdonarle alguien a que tanto le había hecho sufrir? Perdonar a quien truncó los planes que tenía tan cuidadosamente preparados, para esperarlo como él le pidió y que, nada más prometerle amor eterno, se había ido con la más envilecida de cuantas encontró. Pero quien sabe, quizá aún pudieran… Aunque ella había muerto… Pero siempre se ha dicho que el amor obra milagros. ¿Quién sabe?

Una tremenda laxitud se apoderó de él, que no trató de quebrarla.

(Continuará)

Alberto Giménez Prieto

4 thoughts on “Recuerdo envenenado (IV de V)

  1. Es un relato que me enganchó desde el principio, no me extraña nada que te lo premiaran. Vamos a por la última entrega!!!
    Un abrazo grande!!!🌹

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