El Gran Salto Cósmico (Parte Uno)– A toda Costa
Francisco Ponce Carrasco firma “El Gran Salto Cósmico (Parte Uno) – A toda Costa”, un relato de ciencia ficción que cuestiona si el verdadero progreso consiste en conquistar otros mundos o en aprender a vivir en armonía con el nuestro.

Cruzar el abismo negro del universo no es tarea fácil.
Durante siglos, la humanidad miró al cielo con una mezcla de romanticismo y resignación, asumiendo que las distancias de años luz eran una barrera infranqueable, un muro de silencio impuesto por el cosmos.
Pensábamos que, si alguna vez se producía el «primer contacto», seríamos nosotros los visitados, aguardando con timidez, esperanza y temor, la llegada de una imponente nave nodriza sobre nuestras ciudades.
Pero el destino tiene un sentido del humor muy particular.
Contra todo pronóstico científico y tras superar mil crisis existenciales en la Tierra, fuimos nosotros quienes llamamos a su puerta.
Tras un viaje en el tiempo que desafió las leyes de la física clásica, nuestra delegación terrestre logró descender en un planeta remoto y casual, envuelto en una atmósfera tenue de brumas violeta. ¿Y qué nos encontraríamos al bajar de nuestra nave? ¿Seres Superiores o simplemente sabios?

Al pisar el suelo de este nuevo mundo —al que provisionalmente hemos bautizado como “colorines” por la amalgama de sus tonalidades—, la expectativa de encontrar monstruos con tentáculos o fríos humanoides de silicio se desvaneció de inmediato.
Allí estaban ellos. Su aspecto físico desafiaba nuestra lógica anatómica, pero sus ojos irradian una calma desconcertante.
La paradoja tecnológica surgió de inmediato: Esta civilización no había construido rascacielos de metal, ni autopistas aéreas, ni satélites que saturen su cielo. Para nuestros estándares más soberbios, podrían parecer «atrasados».
Sin embargo, poseen una armonía biológica y una capacidad de comunicación empática que reduce nuestra sofisticada tecnología a la categoría de juguetes ruidosos.
Al intentar explicarles, mediante hologramas y gestos ansiosos, el titánico esfuerzo que supuso para la humanidad construir motores de curvatura para cruzar el espacio, ellos simplemente sonrieron con una mezcla de ternura y lástima. Su respuesta silenciosa parecía decir: «¿Por qué querríamos irnos de un hogar donde ya lo tenemos todo?».
Mediante un soplo dulce y armonioso, que todos recibimos por igual, captamos que la verdadera inteligencia tal vez no se mide por la potencia de los motores que construyes para huir de tu planeta, sino por tu capacidad de vivir en paz en él sin destruirlo… (SIGUE parte dos)
Francisco Ponce Carrasco
