Portada » Sí Dios me pregunta algún día – A toda Costa
final-Francisco Ponce

¿Qué te llevas de este mundo?

Yo, sin pensarlo demasiado —que a ciertas edades tampoco conviene darles muchas vueltas a las cosas—, respondería:

—Sus manos, su nombre y su querer. Porque si algo merece un capítulo aparte en el libro de nuestra vida es la mujer.

Mujer… mujer… mujer… bendita sea la mujer, la que te cura con los ojos, la que te enseña a querer, la que sabe cuándo necesitas un abrazo incluso antes de que tú mismo lo sepas.

Todas tienen algo de misterio y mucho de magia. Son capaz de encontrar unas llaves que nosotros hemos buscado durante media hora y que, casualmente, estaban delante de nuestras narices. Pueden recordar una conversación de hace veinte años con una precisión que ya quisiéramos para recordar dónde hemos dejado las gafas hace cinco minutos.

Y luego están sus famosas “mañas”. Esas pequeñas costumbres que al principio nos sorprenden y con los años terminamos echando de menos. Porque, seamos sinceros, detrás de muchas de esas manías hay una forma particular de cuidar, de querer y de estar pendiente.

Pero bromas aparte, hablar de la mujer es hablar de compañera, madre, hija, amiga, esposa, abuela… Es hablar de alguien que muchas veces ha sabido sostener una familia cuando las fuerzas parecían faltar; poner una sonrisa donde había preocupación y convertir una casa en hogar.

Las mujeres, como los hombres, tienen virtudes, defectos, días buenos y días menos buenos. Pero quizá la grandeza está precisamente ahí: en compartir la vida con sus luces y sus sombras, en aprender juntos y en descubrir que querer a alguien también significa aceptar sus pequeñas rarezas.

Y cuando llegan los años, cuando la vida empieza a pasar factura y el tiempo nos hace más conscientes de lo verdaderamente importante, uno comprende que los grandes tesoros nunca fueron las cosas que pudimos comprar.

<<Fueron las personas>> Sus palabras, sus cuidados, sus silencios, sus risas y hasta aquellas pequeñas discusiones que, vistas con perspectiva, quizá fueron otra manera de decirnos: “Me importas”.

Francisco Ponce Carrasco

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