MUJERES ESPAÑOLAS: GUERRERAS Y CONQUISTADORAS (4) ISABEL BARRETO DE CASTRO La primera almirante
**Diego Nieto Marcó** recupera la apasionante historia de **Isabel Barreto de Castro**, navegante del siglo XVI que tomó el mando de una expedición por el Pacífico y pasó a la historia como la primera mujer almirante de la Mar del Sur.

Ahora vamos a presentar a una mujer imponente, que quizás no conozcas, pero, como ya hemos dicho alguna vez, no todos los personajes que hacen nuestra historia pueden quedar en la memoria colectiva, es imposible. Porque quién conoce al francés Louis Blèriot, o al español Luis Pimentel, o al también español Jerónimo de Ayanz, y a Sundance Kid, que seguramente te suena sólo por la película (Dos hombres y un destino).
Esta mujer imponente, como ya hemos señalado, nació en 1567 en Lima, Perú, (Real Academia de la Historia), aunque según otras fuentes nació en Pontevedra, y murió en Lima en 1612 a los cuarenta y cinco años de edad. Cuarenta y cinco años le bastaron para realizar y dejar en la historia sus hazañas de navegante y descubridora, de fuerza social y política, destrozando la actual concepción de que no se aceptaba el mando de mujeres (los que así piensan se olvidan de Isabel de Castilla, Boudica, Gosvinta, Ingunda, etc.).
Isabel, a la que quizás llamaran Isabelica, o Isabelilla, era hija de Nuño Rodríguez de Barreto, que omitía el apellido Rodríguez, y Mariana de Castro, ambos portugueses de Madeira. Tuvo once hermanos, seis varones y cinco mujeres. Salvo tres que la acompañaron en su gran aventura, que después abandonaron, ninguno de los once, aun teniendo la posibilidad en su mano, siguió los caminos de la mar: no estaba en su sangre, perdón “en sus genes”, como diríamos hoy en día.
La vida de Isabelilla se ajustaba al patrón de una joven de familia acomodada hasta que en 1586 (RAH), o 1585 (otras fuentes), conoce a Álvaro de Mendaña y Neira, hombre de León, de la pequeña nobleza berciana, que había marchado a los territorios del Perú, y, viaje tras viaje por el Océano Pacífico (todavía Mar del Sur en muchas mentes y documentos), había alcanzado la posición de Adelantado de las Islas Salomón: Don Álvaro era un partidazo. Y con él se casó, o la casaron: ella dieciocho, quizás diecinueve, él unos cuarenta y cinco.

Pese a su título de adelantado, parece que Don Álvaro carecía de ciertos rasgos fundamentales en un descubridor: iniciativa y empuje. En la expedición de 1575, esas carencias las habrían suplido Pedro Sarmiento de Gamboa (cosmógrafo) y Hernán Gallego (piloto). Pero a partir de su matrimonio esa función la cumplió Isabelilla, ya toda una Doña Isabel Barreto de Castro, el verdadero partidazo de esa unión.
Pero Don Álvaro no necesitaba sólo iniciativa y empuje, sino también la dote de su flamante esposa: suficiente para la adquisición de la nave Santa Isabel, así como armamento y víveres para una segunda expedición a las Salomón. A Don Álvaro le faltaría empuje, pero era un gran negociante.
El 9 de abril de 1595, zarparon del puerto del Callao, Perú, con la intención de fundar una colonia en las Islas Salomón, motivo por el que llevaban a bordo casi cuatrocientas personas, entre las que se contaban mujeres y niños. Iban en cuatro naves, la capitana San Jerónimo, propiedad de Don Álvaro, la almiranta Santa Isabel, adquirida con la dote de su mujer, la galeota San Felipe y la fragata Santa Catalina, que pertenecían a los capitanes Felipe Corzo y Alonso de Leyva respectivamente.

Después de costear rumbo sur, para avituallarse en Arica y otros fondeaderos, pero sobre todo para evitar los vientos alisios del sureste y la corriente de Humboldt, pusieron proa al oeste del Océano Pacífico (Lago Español, en algunas crónicas de la época, lo que demuestra la expansión naval de España).
Y allí, junto a su marido en la nave capitana, iba Isabelilla, balanceándose de un lado a otro para mantener el equilibrio, cubriéndose cara y ojos para protegerse del viento, sufriendo el calor y la humedad, tapándose con alguna manta para resguardarse del aguacero intempestivo, siempre rodeada por el fragor de las olas de cuatro o cinco metros, y el silbar del viento en los mástiles, y la tormenta y el tronar del cielo renegrido; y siempre con la esperanza, no miedo, de no contraer una de las enfermedades que abundaban: escorbuto, la más temida, fiebres tropicales (malaria, paludismo, dengue), disentería, diarreas, infecciones cutáneas, infecciones en heridas, tifus, transmitidas por piojos y pulgas. Y por supuesto desnutrición, e incluso sed. No era eso un crucero por el Mediterráneo o el Báltico; era el descubrimiento en naves frágiles a las que hoy no nos subiríamos para atravesar esos mares hacia islas desconocidas a pesar de tener nombre y estar cartografiadas: Islas de Salomón.
En julio, al cabo de tres meses de navegación implacable, avistan y desembarcan en algunas de las islas (Fatu Hiva, Tahuata e Hiva Oa) que Mendaña nombró Islas Marquesas de Mendoza, en honor a García Hurtado de Mendoza, virrey del Perú. Un mes más tarde siguen rumbo a las Salomón. El 7 de septiembre otearon la isla Tinakula y sucede algo difícil de imaginar hoy en día: la nave almiranta Santa Isabel se pierde de vista y ya no se volvería a saber nada ni de ella ni de sus ocupantes: ni tablones, ni aparejos, ni toneles flotando: sólo el mar.
Y el 8 de septiembre: Isla de Santa Cruz. Desembarcan con la intención de establecerse, pero la mitad de la tripulación está descontenta porque quiere llegar a las Salomón; y también los indígenas están descontentos con su llegada; y como si fuera poco, aparece… la malaria. Hay enfrentamientos, Mendaña se impone a la fuerza, en la que su mujer tendría mucho que ver. Pero la malaria es otro enemigo, un enemigo invisible, y Mendaña muere el 18 de octubre de 1595 a la edad de cincuenta y tres años, y ese día, a los veintiocho años, ella, Isabel Barreto de Castro, Isabelilla, comienza su viaje hacia la historia. Nombrada por su marido almirante de la flota y gobernadora de las tierras descubiertas, no duda, y toma el mando.
Dejan la isla de Santa Cruz rumbo a la de San Cristóbal, con la esperanza de hallar allí a la Santa Isabel (su nave, recuérdese) pero al no encontrarla, con buena lógica Isabel Barreto decide poner proa hacia Manila.

Durante el viaje pasaron las penalidades a las que siempre estaban expuestos estos navegantes del siglo XVI: hambre, sed, enfermedades con el resultado de muchas muertes a bordo. También fue una travesía de enfrentamientos entre la primera mujer almirante, Isabel Barreto de Castro, apoyada por el piloto Pedro Fernández de Quirós, y la tripulación. Isabel, mano dura, mente clara, se impone y fondean en Manila en febrero de 1596.
Allí Barreto conoce al militar Fernando de Castro, caballero de la Orden de Santiago. Fue llegar en febrero y en mayo casarse.
Fernando de Castro tuvo gran influencia en la vida posterior de Isabel: militar de alto rango, bien conectado en la administración colonial, acompañó a la célebre navegante en la etapa final de su vida entre Filipinas, México y Perú.
En 1612, Fernando de Castro es nombrado gobernador de Castrovirreyna en Perú, adonde Isabel lo acompaña y muere a los cuarenta y cinco años. En su testamento dejó indicado que sus restos fueran trasladados a Lima, al convento de Santa Clara, en el que su hermana Petronila profesaba de monja. Pero no se sabe a ciencia cierta si se cumplió esta última voluntad suya, y por tanto quizás aún descanse en Castrovirreyna. Se la conoció como la primera almirante[1] de la Mar del Sur.

Nota: Imágenes de Creative Commons o creadas con IA para hacer visible la época.
Próxima entrega: Guerreras y conquistadoras (5)
Ana Díaz
Viaje sur, viaje a la historia
[1] “almirante” es tanto masculino como femenino; “almiranta” tal como lo recoge la RAE es la nave en que va el almirante o la mujer del almirante; la almirantesa es la esposa del almirante; Doña Isabel Barreto de Castro fue “almirantesa” pero después toda una “almirante”.

