WAKA WAKA EN EL INFIERNO
Artículo satírico de Javier Serra sobre Waka Waka en el infierno, una crítica mordaz al negocio del fútbol, la hipocresía climática, la FIFA, la publicidad y el impacto ecológico de los grandes torneos internacionales.

Javier Serra
El un día indeterminado de esta semana, mientras intentaba digerir el enésimo sermón televisivo sobre la obligación moral de separar minuciosamente el tapón de plástico de su botella para salvar el planeta —so pena de ser excomulgado de la comunidad de ciudadanos ejemplares—, decidí ver el no-partido entre la selección española de fútbol y la de Cabo Verde. Debo decir que disfruté de los no-goles de nuestra selección, y del extraordinario partido de sus delanteros, de cuyo nombre no quiero acordarme. Dicho esto,
¡qué reconfortante fue comprobar cómo todavía las altas esferas velan por el bienestar de la humanidad! En el minuto veintipico de juego (nunca veinte minutos fueron tan interminables), el árbitro hizo sonar su silbato para decretar la ya canónica “pausa de hidratación”. Un detalle conmovedor, sin duda. Lo verdaderamente sublime del asunto es que estas pausas también se dan en modernísimos estadios con cubierta, provistos de un sistema de aire acondicionado industrial tan potente que podría congelar las ideas de los espectadores. ¿Riesgo de deshidratación en una nevera donde caben cien mil personas? Cuánto empeño en preservar la salud de los deportistas. Además, durante la pausa, la retransmisión se inundó con una ráfaga de frenéticos anuncios que me obligó a cerrar los ojos y cubrirme los oídos. Ya tenía suficiente tortura con el no-partido. Resulta que la sed intolerable no la padecían los futbolistas, sino las cadenas de televisión, los prebostes de la FIFA y los patrocinadores oficiales, ansiosos por encajar sus valiosos segundos de publicidad en el prime time global. Una pausa humanitaria patrocinada por el dios Dinero.
Pero no seamos cínicos (o no lo sean ustedes, que yo no puedo evitarlo); la FIFA es una institución que contribuye a sensibilizar a la gente en la lucha contra el cambio climático. Por eso mismo, en un alarde de responsabilidad ambiental sin precedentes, ha decidido que este torneo se celebre simultáneamente a lo largo y ancho de tres países colosales: Estados Unidos, México y Canadá. Elevando la apuesta a niveles gargantuescos, el formato se ha hipertrofiado hasta albergar a 48 equipos, completando un calendario interminable de 104 partidos. La consecuencia logística es una maravillosa orgía de vuelos privados, chárter y comerciales devorando miles de kilómetros de cielo. De Vancouver a Ciudad de México, de Miami a Toronto, selecciones, árbitros, periodistas y hordas de aficionados se desplazan en un frenesí aéreo que consume queroseno como si no hubiera un mañana (hay que decir a su favor que seguramente no lo haya. Escribo este artículo a 20 de junio, no ha llegado el verano y en Palma estamos a 40 grados). Un despliegue monumental diseñado para que la pelota ruede, el petróleo se consuma, el calentamiento global se convierta en sauna global y las cuentas bancarias de los de siempre se desborden.
Por supuesto, las estadísticas reales de esta fiesta del balompié son igual de espectaculares. Informes independientes publicados recientemente por plataformas de contabilidad de carbono como Greenly estiman que este Mundial generará la friolera de entre 7,8 y 9 millones de toneladas de dióxido de carbono equivalente. Para situar este disparate fuera de la jerga científica, representa más del doble de las emisiones declaradas en el infausto Mundial de Qatar. Estamos ante un impacto ecológico que equivale a las emisiones anuales completas de naciones enteras como Islandia, o al CO2 emitido por más de 6,5 millones de automóviles circulando por las carreteras durante todo un año. Los analistas apuntan que las emisiones derivadas única y exclusivamente de los masivos trayectos en avión realizados por los espectadores superan con creces la huella de carbono anual de una metrópoli de la escala de Marsella. Un golazo inapelable por toda la escuadra de la atmósfera terrestre.
Sin embargo, ¿a quién le importa un simple detalle como la ebullición global cuando un delantero renombrado anota un hat trick? La humanidad, sumida en una voluntaria y gozosa anestesia colectiva, prefiere apagar el cerebro y dejarse la garganta jaleando a sus ídolos balompédicos. Discutir si una entrada ha sido o no merecedora de roja o analizar las extravagancias del peinado de la estrella de turno resulta infinitamente más estimulante que constatar que estamos devorando los recursos del futuro a cambio, en este caso, de noventa minutos de distracción plastificada. ¡Y si hay prórroga y penaltis, mejor! Las advertencias de los científicos se disuelven en el rugido de la grada. Saquen las banderas, enciendan los focos gigantescos de los estadios y que rujan las turbinas de los aviones.
¡Que prosiga el Waka-waka! Al fin y al cabo, si nuestra civilización va a naufragar debido a su propia estupidez, al menos que nos pille meneando las caderas a ritmo de Shakira.
