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Hay que nacer cuando toca

Miguel de Cervantes relato, de Alberto Giménez, es una ingeniosa ficción que reinterpreta la figura del autor del Quijote en la actualidad, mezclando humor, crítica editorial y reflexión literaria.

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Este relato forma parte de «Huella universal de Miguel de Cervantes», editado por Granada Costa.

Por uno de esos olvidos del destino que dan pie a que algún «iluminado» desbarre sobre fenómenos paranormales, nuestro personaje había nacido  en 1966, cuatrocientos diecinueve años después de lo que le correspondía.

No fue este el único hecho sobrecogedor de su vida: había combatido en Irak en 1990, donde una mina antipersonal le obligó a utilizar muletas desde entonces, ganándose el apelativo del «Cojo de Kuwait».

Eran épocas de inestabilidad laboral y él tampoco se desvivía demasiado por trabajar, por lo que anduvo mariposeando por las oportunidades que se le ofrecían: estudio dos cursos de escritura creativa para poder dejar constancia de su excelsa imaginación; fue concejal de urbanismo de un pequeño municipio. Ese cargo le aportó dos experiencias inolvidables: fue secuestrado por ETA y, tras su liberación por la benemérita, fue detenido por esta misma bajo la sospecha de haber participado en una corrupción que esquilmó las arcas municipales, por lo que pasó una buena temporada en la cárcel, eso sí, como  preventivo, antes que se archivara el caso.   

Durante su forzado retiro desbordó su brillante imaginación en un grueso manuscrito, con el que soñaba abrirse camino en la literatura, se trataba de un trabajo que había merecido las alabanzas de quien fue su maestro en estas artes y al que encontró en una residencia de la tercera edad.

El anciano, tras leerlo un par de veces y, a pesar de su conocida parquedad, se mostró entusiasmado, instándole a que lo llevara a las editoriales. Aseguraba el viejo que se convertiría en un superventas. Tanto entusiasmo, de alguien tan circunspecto y reservado, lo decidió a publicarlo.

Siguiendo instrucciones de su preceptor mandó la obra al corrector que le recomendó y aquel, aunque estaba jubilado, aparcó la supervisión de obras públicas a la que dedicaba su tiempo, para volcarse en corregir aquella obra que le recomendaba quien fue su amigo y guía.

También el corrector alabó la obra, pronosticándole un venturoso futuro.

Nuestro autor, ya en el ruedo, mandó la obra a las más importantes editoriales, a pesar de que la mayoría de ellas participaban su renuencia a recibir originales.

La acogida por estas editoriales fue unánime, una tras otra fueron rechazándola y solo alguna, que parecía compadecerse, le recomendaba la autopublicación. Cualquier otro hubiera desistido ante las unánimes negativas que recibía por unos editores, que amparados en que la editorial no publicaba ese tipo de literatura, a la que parecían mencionar con desprecio.

Todas las cartas de rechazo parecían iguales, lo que le llevó a pensar que era una inteligencia artificial la que lo rechazaba, al no superar los algoritmos exigidos.

De su ofensiva a las editoriales de postín obtuvo tantas negativas como devoluciones. Cuando se vio desahuciado por ellas, se sumergió entre las más modestas. Entre estas encontró algún consuelo: alguna aceptaba el original virtual; cierta respuesta, negativa para no variar, le llegaba redactada a mano. Pero la que más le ilusionó fue la que expresaba el deseo de mantener una entrevista con el autor.

Era una editorial modesta que, por entonces, estrenaba a la segunda generación de propietarios, dispuestos a elevarla de categoría, para lo cual había emprendido una campaña publicitaria muy agresiva. Esta contaba con la ventaja, para el autor, de estar en su misma provincia y no precisar, por tanto, de costosos desplazamientos.

Siguiendo las instrucciones expresadas en la carta llamó a la editorial para concertar la cita. Descolgó una señorita y, con ella, la confusión. Un embrollo que debería haberle hecho presumir que algo extraño sucedía. Nadie sabía nada de aquella entrevista, el editor que era quien firmaba la carta se encontraba reunido en esos momentos y no podía molestársele, por lo que acordaron que, en cuanto pudiera, le llamaría.

Al cabo de tres semanas, con la paciencia desgastada en nerviosos paseos, seguía sin tener noticias de la editorial por lo que, desafiando lo acordado, fue él quien llamó de nuevo.

Esta vez, preguntó directamente por quien dijo querer entrevistarle. Tras unos minutos de música impersonal, lo pusieron en contacto.

El editor rezongó una disculpa, que sonó displicente, por no haberle llamado. Se excusó con la preparación que la editorial estaba haciendo para un apoteósico desembarco en la feria del libro de Frankfurt. Pero reafirmó que mantenía su interés; quiso saber su edad y conocer algunos otros datos más que, a juicio del autor, no se ajustaban a los cánones de una entrevista literaria. Acordaron reunirse en la editorial tan pronto como regresara de Frankfurt.

La entrevista le resultó singular para nuestro autor, pues esperaba un mano a mano con el editor para hablar de su obra y, en su lugar, se encontró sentado frente a ocho individuos que parecían dispuestos a fusilarlo con sus enigmáticas sonrisas desde el otro lado de una mesa de reuniones. Solo se interesaron por su vida, obviando su obra.

Tras una larga y desconcertante charla en la que tuvo la impresión de que se burlaban de él, llegó el momento en que quiso saber qué opinión tenían de su obra y el editor, que al parecer era el único que la había ojeado, se pronunció agriamente sobre la misma, sin empacho, como algo que se hace a diario:

—Miguel… por cierto ¿No ha considerado la conveniencia de cambiar su nombre a Michel?, resulta más literario. Pues bien Miguel, desde un principio tuvimos la intención de rechazar su obra. Eso no es lo que se lee hoy en día. Con esta entrevista solo pretendía conocer al autor de tan tremendo… desafuero, no encuentro otra forma más apropiada para denominarlo.

»Usted, con lo que ha vivido, con lo que ha viajado y con lo que ha padecido, ¿cómo se le ocurre escribir algo tan fantasioso, tan absurdo? Por su forma de escribir se aprecia que tiene escuela, y que cualquier cosa que hubiera escrito sobre su experiencia en Irak, sobre la acusación de corrupción que sufrió, sobre su secuestro por ETA, cualquier cosa a la que hubiera etiquetado como novela histórica, o que simplemente indicara que estaba basado en hechos reales, se la hubiéramos publicado de mil amores… pero esto… este cumulo de despropósitos… hablar de un loco que empeña su patrimonio para leer, ¡Ya me gustaría a mí que hubieran muchos como él! Que se pelea con molinos de viento, con pellejos de vino… ¡Por favor! Esto no tiene cabida en nuestra…, en ninguna literatura. Mi recomendación es que lo meta en un cajón y lo olvide. Que escriba algo sobre sus experiencias vitales. Algo real, algo más vivido y con menos chorradas sobre un ingenioso hidalgo llamado don Quijote de la Mancha. ¡Ah! Acepte mi consejo y búsquese un nombre artístico que suene bien… ¿Qué es eso de Miguel de Cervantes Saavedra? Con esas rémoras usted no irá a ningún lado en el mundo de la literatura.  

Alberto Giménez Prieto

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