Manteniendo mi irreprimible interés por las frutas exóticas a las que he dedicado una parte muy importante de mi vida, no me sustraigo a cualquier ocasión que se me presenta para bucear en el tema, y por ello traigo a mis Páginas Verdes la siguiente
curiosidad:
Hace unos días me preguntó un poeta de Granada Costa que si conocía los melones japoneses Yubari, cuya variedad estaba considerada como la más cara del mundo. Le respondí que sabía de su existencia por referencias tenidas de Japón, de donde me habían remitido una fotografía y que exteriormente me parecían una copia de la variedad israelí Galia con una corteza “reticulada” que la envolvía y un color de fondo amarillento/ anaranjado, pero con una pulpa distinta de color “oro” -como su precio-, en lugar de verdosa como es la carne del Galia israelí. Esto era cuanto sabía…
La curiosidad me hizo investigar sobre ello y en recientes fechas he tenido una visita muy oportuna en el Rancho Antillano, de un antiguo amigo que ha vivido y trabajado muchos años en Japón. Se trata de Javier Bertemeu (Ingeniero de Caminos), que interesado también por los tropicales, vino con su esposa japonesa a recoger una serie de plantas para sus campos valencianos, y observar el estado de mis plantaciones y de paso adquirir alguno de mis libros. Aproveché la magnífica ocasión para preguntarle por dichos melones, y pude saber que en efecto, puede tratarse de un híbrido que los japoneses han conseguido y patentado, proveniente tal vez de las variedad Galia como yo suponía, o una hibridación de la francesa Cantaloup de carne roja , o la Ogen de carne amarilla.
Y Javier me informó, que algunos agricultores de Yubari en Hokkaido, la segunda isla más grande de Japón, fueron los inventores de la variedad y lo bautizaron con el nombre de su lugar de nacimiento. Que dicha variedad está acostumbrada al frío, es muy perecedera y se degenera enseguida con un golpe de calor. Que los comerciantes suelen identificarlos allí en tres categorías con diferentes precios, dependiendo de los grados Brix que contengan y que lo detectan con un
refractómetro; dichas tres categorías deben contener un Brix 13, 12 y 11 mínimo. Aquellos melones que bajan de 11 no se permiten comercializar en fresco y los industrializan para mermelada. Y me comentaba Bertemeu, que el precio normal solía situarse durante la corta campaña alrededor de 100 € la pieza. Como me pareciera carísimo, insistió diciendo que en Japón toda la fruta era muy cara y como ejemplo se refirió a los nísperos que se vendían a un euro la pieza…
El cultivo de dicha variedad representa el 97% de la renta agraria de la isla donde se produce, siendo la razón por la que la marca “Yubari King” está protegida. Los que manejan su comercio, justifican su alto precio a la subasta de principios de mayo con la llegada de los primeros melones que denominan “Cadillac de Japón” y que supone un ritual y un gran prestigio para quien los adquiere y una generosidad extrema para quien los regala; posteriormente los precios son más asequibles, pero siempre igualmente caros.
Hace tiempo leí en una revista que lo producían en invernadero y que los dos primeros ejemplares que salieron al mercado fueron subastados y alcanzaron el precio de12.500 euros., es decir, el valor aproximado del caviar Beluga. Cuando lo leía, vino a mi memoria el precio que alcanzaba la trufa piamontesa Tartufo Blanco a la que me refiero en artículo adjunto, y ya no me parecían tan caros aquella pareja de melones.
Ignoro el éxito que pueda tener este novedoso melón fuera de la tierra del sol naciente… Pero a esos precios, me temo que seguiremos disfrutando por aquí del Piel de sapo que inventaron los meloneros de Villaconejos, o en su caso del Galia que en cantidad producimos también por estos pagos peninsulares…
Sabido es que los japoneses dieron forma cuadrada a las sandías hace años. Pero no como equivocadamente dice algún medio
mal informado “con el fin de que el ama de casa pueda meterla en la nevera” ¡que no! Los investigadores japoneses no pierden su tiempo en las minucias del consumidor ; la razón por la que formatearon la geometría esférica original de la sandía, corrigiendo lo que la naturaleza inventó, fue para ocupar espacios perdidos en cajas y contenedores y colocar su cuadratura en los palets sin dejar huecos y pérdidas de espacio abaratando considerablemente el transporte. Y de paso, eliminaron también las molestas pepitas que daban cierta personalidad a tan refrescante futo y que habían inventado ya los americanos.
Pero volviendo a los melones Yubari y la razón del extraordinario sabor que deben ofrecer tan millonarios melones, ello lo proporcionan las tierras volcánicas donde se producen, las cenizas del subsuelo y entre los muchos secretos que guardan, al parecer tiene vital importancia la temperatura del agua de riego y lo que es fundamental: la temperatura ambiente del invernadero con una determinada humedad y un tipo de tubería que colocan de “una forma matemática”.
Y si lo expuesto no fuera suficiente, el agricultor japonés fundamenta su éxito en el envase, la envoltura de la caja, el diseño de la etiqueta, el pedúnculo o rabito que debe tener el fruto en forma de “T”, algo imprescindible para que atestigüe la autenticidad de la variedad del Yubari. (Me pregunto si no pondrán un lacito también a cada melón y una música de fondo para que resultetodavía más cursi el regalo…)

