Mi perro “SAMBO” – A Toda Costa

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Era un podenco veterano, que perteneció a mi padre antes de venir yo a este mundo…

Como uno más formaba parte de la familia, ambos crecimos juntos y al morir mi padre, todavía se incrementó nuestro afecto, yo era para él su protector y él para mí la sombra alargada de mi padre.

Un día, en hora temprana y luminosa de las que resplandecen bizarras tierras adentro, salimos a recorrer los caminos y veredas que conducen a la escasa huerta, que todavía existe. 

Sambo, no cesaba de saltar ribazos y girar varias veces en rededor de los manzanos que encontraba en su camino, ambos acabamos extenuados por lo que tomé la decisión de regresar por la carretera de asfalto que conduce al pueblo para que el camino llano y con pendiente a favor aliviara nuestro retorno.

Ahora sé que nunca debí hacerlo. El perro caminaba delante de mí, acostumbrado a transitar por angostos caminos de caballerías, la pista de pavimento le debió resultar una inmensa llanura, lo que en principio pareció gustarle.

Llegando al pueblo, apenas unos doscientos metros antes, existe una cerrada curva que propició, lo perdiera de vista por un instante, al momento escuché un fuerte golpe, un sonido hueco de campana sin badajo, que retumbó en mi cabeza con espanto.

Corrí asustado hacia allí. Orillado en la cuneta, Sambo lanzaba quejidos de dolor, no tenía ni la fuerza de un ladrido para maldecir al coche, que a toda velocidad le había embestido, su conductor al verme, ni siquiera se detuvo, todo lo contrario, todavía aceleró más su marcha.

Con lágrimas en los ojos, sin saber muy bien que hacer, abracé a mi perro, lo bese y corrí a mi casa desorientado y aterrado, llamando a mi madre.

Como pude le conté lo sucedido, mi madre me miró muy afligida, pero se guardó cualquier reproche, solo cogió un saco de esparto de los de abono orgánico y ambos salimos a toda la velocidad que nos permitían las temblorosas piernas hasta la revuelta donde quedó el animal.

Llegué primero, el perro seguía inmóvil, pero en sus ojos todavía había vida y se percibía una mirada de agradecimiento al vernos.

Mi madre al tiempo que maldecía a los coches, cogió con sus manos resecas y encallecidas al animal, lo envolvió en el saco y utilizó su delantal a modo de hatillo para sujetarlo mejor, ambos regresamos al pueblo, en busca de auxilio.

-Llama al timbre, ¡aprisa!- inquirió mi madre

Don Rosendo, el veterinario, un hombre de cara seria y ojos impenetrables, se hizo cargo de la situación y de Sambo, lo puso sobre una camilla de blanca y limpia sábana, examinó al perro y volviendo la cabeza solo nos dijo:

-Ya no precisa nada, ha muerto.

Rota cualquier esperanza que pudiera anidar todavía en mi corazón, comencé a llorar desconsoladamente, mi madre se derrumbó sobre la vieja silla que completaba el humilde mobiliario de aquella sala de urgencias y me abrazó.

Sentí el calor de su vientre, sentí el olor a mi perro, sentí lo injusto de la vida, había sido el compañero de paseos, en las frías noches de invierno calentaba mis piernas con su cuerpo, sus ladridos avisaban de cualquier ruido o intruso, era todo lo que junto a ese pequeño trozo de huerta, que ahora cultivaba mi madre, nos había dejado mi progenitor.

Le pedimos a Don Rosendo que nos vendiera esa póstuma sábana blanca que había sustentado el cuerpo de Sambo en su último aliento, se la pagaríamos en un par de veces.

El veterinario nos ayudó a envolver al perro con ella y solo dijo:

-No preocuparos, ¡os la doy!

En una esquina, al pie de un viejo nogal, bastante deteriorado por los años y los fríos, mi madre hizo un hoyo profundo y cuando sus manos ya mostraban bambollas quizá de la rabia con que clavaba el hierro del azadón en la dura tierra, se sentó en un ribazo, depositamos en el fondo al animal, y lo cubrimos con la tierra extraída algo más húmeda por las lágrimas vertidas en cada palada.

Ha pasado un tiempo, pero desde aquel día en la revuelta de la carretera, cuando pasa algún coche, se escuchan unos fuertes ladridos, quizá es la protesta de los perros de este mundo reclamando justicia por los crímenes cometidos en las carreteras, para con todos sus hermanos.

Francisco Ponce Carrasco

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