Jesús García Solano: una vida de poesía y música
Un emotivo poema biográfico de José Escriba recorre la vida de Jesús García Solano, poeta, músico, investigador y creador profundamente vinculado a Marchena, repasando su trayectoria artística, sus reconocimientos y su incansable pasión por la poesía y la música.

En Aguilar de la Frontera,
cuando mayo abría sus ventanas,
nació Jesús con una luz pequeña
que el tiempo convertiría en palabra.
La campiña cordobesa fue el comienzo,
la primera tierra bajo sus pisadas;
después llegó Marchena a recibirlo
y allí echó raíces su esperanza.
Era un niño al llegar, y poco a poco
conoció sus rincones y sus plazas,
el hablar de los vecinos, las campanas,
los campos que rodeaban cada casa.
Marchena le enseñó a mirar de cerca
lo que otros, por costumbre, no miraban:
una calle al caer la tarde, un rostro,
el viento que movía las persianas.
En la escuela escribió sus primeros versos
y los dijo ante quienes lo escuchaban;
la poesía empezaba a hacerle sitio
en aquella voz que apenas despertaba.
También la música pidió su compañía.
Una armónica guardó entre sus manos;
con ella fue buscando los sonidos
que más tarde encontraría en el piano.
No tuvo en sus comienzos todo aquello
que hubiera deseado para el estudio;
aprendió cuanto pudo con los años,
sin apartar el oído de aquel rumbo.
Hubo otros trabajos y otros saberes
en el camino que la vida le trazaba,
pero el verso regresaba a reclamarlo
y la música, paciente, lo esperaba.
Así aprendió que un poema tiene un pulso,
que una pausa puede hablar dentro del canto,
y que hay palabras que, al decirse, llevan
la emoción de quien las fue buscando.
A orillas del bronce abrió sus libros;
tras él llegaron páginas y páginas.
Jesús escribía cuanto le dolía
y aquello que la vida le entregaba.
Escribió sobre el amor y sus regresos,
sobre el tiempo que se marcha sin permiso,
sobre el miedo, la ternura y la esperanza,
sobre cuanto nos recuerda que vivimos.
En Poemúsica acercó sus dos pasiones,
dejó que el verso dialogara con las notas;
volvió después a unirlos en sus libros,
buscando el ritmo que una voz provoca.
Estudió a Joaquín Turina durante años,
escuchó su obra con atención y respeto;
llevó su vida y su música a las salas
para compartir con otros lo aprendido.
Y siguió sentado ante las teclas,
dejando hablar al piano en sus conciertos;
compuso también música en Marchena,
atento al sentimiento de su pueblo.
La copla le ofreció palabras breves
capaces de guardar una vida entera;
en el flamenco halló hondura y memoria,
una verdad que nace en la garganta.
Escuchó la saeta en su silencio,
esa voz que se alza y nos detiene;
la estudió, la escribió y la llevó a escena
para mostrar la fuerza que contiene.
En La Saeta en Escena hubo palabras,
hubo música, imágenes y encuentro;
después llegaron nuevos diálogos
para seguir escuchando aquel misterio.
También buscó al lector en otros caminos:
escribió relatos, recuerdos y prosas,
volvió sobre el pasado y sus preguntas,
sobre la luz que cada mayo nombra.
Cuando hablaba ante estudiantes y lectores
compartía el placer de sus hallazgos;
quería que al marcharse comprendieran
algo nuevo del poema o del canto.
Una lesión lo acercó a las castañuelas.
Descubrió en ellas un sonido y una ayuda;
quiso saber de sus distintas formas
y fue reuniendo piezas una a una.
Aprendió sus nombres, lugares y materiales,
el modo en que cada par sonaba;
al mostrarlas ante el público, sus manos
contaban lo que la madera guardaba.
También pensó en las manos del guitarrista,
en su espalda y las horas de ejercicio;
trabajó en guitarras más cómodas
y a sus «Amorosas» dio sentido.
Del taller salió esa idea hecha instrumento,
fruto de observar y de insistir;
otra vez quiso Jesús que lo aprendido
sirviera a alguien más para crear.
Y todavía buscó sonidos nuevos:
el Cajabongo reunió ritmos diversos;
el Craneófonochinesco trajo al aire
un taconeo nacido entre sus dedos.
La palabra lo llevó a muchos encuentros,
a conferencias, recitales y escenarios;
dirigió lecturas en la Expo de Sevilla
y siguió dando vida a otros espacios.
Llegó el año noventa y tres con una
distinción que celebraba sus desvelos:
académico correspondiente en Écija
de la Academia Vélez de Guevara.
Dos mil doce reconoció en Marchena
su trabajo, su palabra y su talento:
Premio de Andalucía recibió entonces
y el título de Marchenero del Año.
También aquel año Granada Costa
le concedió su Medalla de Oro al Trabajo;
honraba tantas horas de escritura,
de estudio, de creación y de entusiasmo.
En dos mil diecisiete, Humanidades
le abrió otro lugar entre sus premios:
Granada Costa honró su musicología,
sus años de escuchar y conocerla.
Después llegó, en dos mil veintitrés,
el doctor honoris causa a su camino;
otra muestra de aprecio por la obra
que había levantado libro a libro.
Dos mil veinticinco trajo un soneto:
«Preguntas a mi conciencia» fue premiado
en el certamen de Granada Costa,
y su voz encontró un nuevo aplauso.
Pero aquel año Marchena le aguardaba
con un honor de honda cercanía:
lo nombró Hijo Adoptivo de su pueblo,
aquel que lo acogiera de niño un día.
Quinientas cincuenta firmas lo apoyaron,
quinientas cincuenta formas de decirle:
«Te conocemos, Jesús, y te queremos;
tu vida forma parte de esta villa».
La Estrella de Oro Miguel de Cervantes
llegó también a sus manos aquel año
por participar en Huella Universal,
libro que a Cervantes rinde homenaje.
Y «Ecos de las Leyendas» vino luego:
en dos mil veintiséis, Granada Costa
reconoció al poeta y al músico,
su amor por Marchena y por su historia.
Cada premio ilumina un tramo distinto
del trabajo que Jesús ha sostenido;
todos juntos nos muestran a un creador
que compartió sus hallazgos con los suyos.
Pero él no vive vuelto solo al pasado.
Hoy una nueva novela ocupa sus días;
vuelve a preguntarse cómo contarla
con la misma ilusión con que escribía.
Jesús, si al recorrer tu vida hallamos
tantas formas de decir y de escuchar,
es porque nunca diste por cerrado
lo que aún podías aprender y dar.
Que vuelva a sonar aquella armónica,
que responda a su recuerdo el viejo piano,
que Marchena siga oyendo tus poemas
y encuentre nuevos versos en tus manos.
Hoy te ofrecemos esta voz agradecida
por los libros, la música y el tiempo;
recibe nuestro aplauso y nuestro abrazo,
el cariño de quienes te queremos.
¡Viva Jesús García Solano!
¡Viva su poesía y su música!
¡Viva el Hijo Adoptivo de Marchena!
¡Y viva Marchena, que celebra su vida!

Ciudadano del Mundo

Bello poema que destila xariño❤️🍀