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¿HACIA DÓNDE VAMOS?

María Vives Gomila reflexiona sobre líderes y poder en un mundo marcado por tensiones geopolíticas, ambición, pérdida de ética y sombras antidemocráticas.

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Estamos viviendo un momento crítico en muchos aspectos. Hemos pasado de la denominada “Guerra fría”, un conflicto ideológico, político, económico y militar entre dos grandes potencias (la URS y EE.UU.), período que se mantuvo activo hasta 1991, con la cumbre de Malta cuando G. Bush y Gorbachov firmaron el final de esta etapa.

Dos bloques enfrentados competían en el ámbito ideológico internacional -capitalismo y comunismo- a través de una carrera en el dominio espacial, nuclear y del espionaje, hoy vigentes, aunque de forma diferente. Durante este período, se crearon alianzas militares, como la OTAN (1949), todavía válida y el Pacto de Varsovia (1955), abolido al disolverse la Unión Soviética.

A partir del final de la “Guerra fría”, se disuelve la URS y resurgen naciones independientes (Ucrania, Croacia, Bosnia…), se reunifica Alemania, emergen potencias como China e India, y Estados Unidos se convierte en la primera potencia mundial.

Estados unidos (USA) y Rusia no se han enfrentado directamente, pero, al apoyar determinadas contiendas, como lo hicieron en Vietnam y Afganistán, se han ido definiendo sus intenciones, del mismo modo que lo han hecho sus respectivos jefes de Estado; este hecho se ha podido observar tanto en Ucrania como en determinados territorios de Asia y África.

Entre Estados Unidos y Europa hay ahora una relación más frágil, mientras se han ido instalando nuevos frentes entre USA e Israel contra Irak, acentuándose, más aún, el antiguo conflicto árabe-israelí con repercusiones en el Líbano y en los Emiratos árabes.

Algunos dirigentes podrían estar perdiendo su papel de árbitros y moderadores, al no someter sus decisiones a sus respectivos parlamentos y senados.

El afán de controlar más territorios y coordinar la economía mundial ha intensificado alianzas y ambiciones de todo tipo. Ante este desorden no sólo internacional, sino con tendencia al dominio de un país en todos los ámbitos, unido a la falta de ética, surge la inquietud por la seguridad: se tergiversan las noticias, se recurre a la zancadilla para obtener lo que se desea, se cambian compromisos, aparentemente estables y se interpretan algunas leyes de forma subjetiva. El ser humano se mueve, preferentemente por la sed de poder, por la necesidad de situarse en la cima de un Estado.

Betty Joseph, psicoanalista inglesa, profesora de la Universidad de Birmingham, describe la necesidad de dominio sobre el otro con las siguientes características: “Es la incapacidad para tolerar cualquier clase de frustración, de la que el individuo se defiende evitando la ansiedad y el conflicto interno. Una actitud extremadamente exigente, controladora y envidiosa hacia los demás”.

La voracidad y la envidia destruyen lo que es bueno y lo vacían  utilizando defensas propias de la organización narcisista, con lo que se evitan los sentimientos depresivos. Si añadimos algunas características, que coinciden con el comportamiento psicopático, hablaríamos de: “desprecio del otro, al que se puede desposeer de todo lo bueno para después abandonarlo, ausencia de sentimientos de culpa por haberlo abandonado y ausencia de relaciones basadas en el amor”. Características que están en la base de quien tiene desmesuradas ansias de poder. 

Max Weber, sociólogo e historiador alemán, nos recuerda que la persona que se dedica a la política debe poseer tres cualidades, necesarias para llevar a cabo los objetivos a los que se ha comprometido: responsabilidad como líder, utilizar los medios más adecuados para lograr sus objetivos y tener mesura, serenidad, sensatez, junto a una ética, que debería presidir todas sus acciones.

El deseo de poder puede transformar al hombre en una sombra de lo que podría llegar a ser, cuando hace lo contrario de lo que convendría convirtiéndose así, en el centro neurálgico de sus aspiraciones. En este proceso arrastran a otros a hacer lo mismo: olvidan los pactos, cambian de objetivos y necesitan demostrar su estatus eliminando a quien altere su imagen.

Esta ambición y olvido de su papel moderador con esta neblina antidemocrática ante sus ojos, me ha hecho pensar en los personajes encadenados del “mito de la caverna” de Platón: Sólo eran conscientes de percibir un mundo de sombras, el que se reflejaba en la pared de la cueva, aunque para ellos se tratara del mundo real.

Cuando uno de los condenados logra evadirse de las cadenas que lo sujetaban, descubre que había otro mundo más allá de los sentidos y que a partir de ahí, se convertiría en su verdadero mundo.

Sócrates, a través de Platón, nos muestra que más allá de lo que percibimos en el mundo de los sentidos, se halla el mundo de las ideas, al que sólo se puede acceder si somos capaces de trascender la realidad sensitiva.

Algunas personas se han librado de este mundo sombrío de la caverna y de lo que ésta representa, sin embargo, habría que mirar más allá de lo percibido para entender que las sombras no son la realidad.

Podríamos preguntarnos si a determinados líderes se les ha nublado la visión, lo que representa perder parte de ella, o se trata de una sombra permanente, que está repercutiendo en su buen hacer como gobernantes y en la forma de dirigir el gobierno de su país.

Maria Vives Gomila, Profesora emérita de Psicología. Universitat de Barcelona y escritora.

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