Francisco Bautista y el Festival Misionero: un recuerdo que sigue vivo
Antonio Gutiérrez Moreno recuerda a Francisco Bautista Rodríguez y el nacimiento del Festival Misionero de Vélez de Benaudalla, una iniciativa solidaria que durante décadas convirtió la unión de todo un pueblo en pozos, embalses, formación y atención médica para comunidades africanas.

Cuando recuerdo aquellos años, inevitablemente aparece en mi memoria la figura de Francisco Bautista Rodríguez. Lo recuerdo como un veleño profundamente unido a su pueblo, pero también como una persona que sintió desde muy joven la necesidad de marcharse lejos para ayudar a quienes más lo necesitaban.
En 1990, con apenas veinte años, Francisco decidió poner su vida al servicio de los demás. Se hizo misionero, pasó a formar parte de la Sociedad de Misiones Africanas y marchó hasta Benín, en África occidental. Allí convivió durante dos años con sus habitantes, compartiendo trabajo, dificultades y una pobreza que para quienes vivíamos aquí resultaba difícil de imaginar.
Aquella experiencia lo marcó profundamente.
Francisco conoció de cerca a personas que tenían muy poco, pero que conservaban una enorme capacidad para sonreír, agradecer y seguir luchando. Aprendió que ayudar no era solamente llevar cosas materiales, sino también acompañar, escuchar y compartir la vida con los demás.
Las fuertes fiebres provocadas por la malaria hicieron que tuviera que regresar a Vélez durante un tiempo. Y fue entonces cuando muchos de nosotros comenzamos a conocer verdaderamente lo que estaba ocurriendo allí.
Francisco nos enseñaba fotografías y vídeos. Nos hablaba de aquellas familias, de sus necesidades, de la falta de agua y de tantas dificultades cotidianas. Poco a poco consiguió que África dejara de parecernos un lugar lejano y desconocido.
Antes de volver nuevamente a su misión, Francisco y un grupo de amigos comenzamos a dar forma a una idea: organizar en Vélez un festival cuya recaudación pudiera servir para ayudar a aquellas comunidades africanas.
Yo tuve la suerte de formar parte durante un tiempo de aquel proyecto y guardo recuerdos muy especiales de aquellos primeros años.
Así nació en 1993 el Festival Misionero de Vélez de Benaudalla.
Con el paso de los años aquello fue creciendo.
Participaban artistas, vecinos, niños, asociaciones, el Ayuntamiento y diferentes entidades. Unos subían al escenario, otros colaboraban atendiendo la barra y muchas mujeres del pueblo preparaban tapas y comidas para ofrecerlas durante aquella noche.
Recuerdo especialmente las caras de los padres y los abuelos cuando veían actuar a sus hijos y nietos.
Había orgullo.
Había alegría.
Pero, sobre todo, había solidaridad.
Cada persona aportaba lo que podía. Algunos con su arte, otros con su trabajo y muchos con una pequeña colaboración económica.
Y todas esas pequeñas ayudas juntas terminaban convirtiéndose en algo grande.
Durante los primeros veinticinco años, el dinero recaudado permitió colaborar en la puesta en funcionamiento de diez pozos de agua, dos embalses, un centro de formación y un dispensario médico.
Cuando pienso en aquellas cifras todavía impresiona imaginar lo que significaban realmente.
Un pozo no era solamente un pozo.
Era agua para muchas personas.
Un dispensario no era solamente un edificio.
Era la posibilidad de recibir atención cuando alguien enfermaba.
El 4 de agosto de 2018 celebramos el vigésimo quinto aniversario del Festival Misionero. Habían pasado veinticinco años desde aquella primera iniciativa y el pueblo seguía respondiendo.
Francisco había conseguido algo que considero extraordinario: acercar África hasta Vélez y hacer que muchos vecinos sintieran como propios los problemas de personas que vivían a miles de kilómetros.
Su vida continuó después por otros caminos.
Fue ordenado sacerdote el 20 de junio de 1998 y siguió desarrollando su labor en diferentes parroquias de Granada. Su último destino fue Nuestra Señora del Rosario de Salobreña.
Pero Francisco nunca perdió aquel vínculo con Vélez.
En 2024 llegó la triste noticia de su fallecimiento.
Sus exequias se celebraron en su pueblo y aquí recibió sepultura. Había recorrido muchos caminos, había conocido otras tierras y había dedicado buena parte de su vida a los demás, pero finalmente regresaba al lugar donde todo había comenzado.
Hoy, cuando recuerdo a Francisco y aquellos años del Festival Misionero, siento que todo aquel esfuerzo mereció la pena.
Nunca pensamos que pudiéramos solucionar los grandes problemas del hambre o de la pobreza. Éramos conscientes de nuestras limitaciones.
Pero también sabíamos que cada ayuda contaba.
Que llevar agua donde no la había, ayudar a levantar un centro o atender a una persona enferma podía cambiar una vida.
Por eso siempre he pensado que el Festival Misionero representa una de esas historias que dicen mucho de Vélez de Benaudalla y de su gente.
Fue una fiesta.
Fue un encuentro.
Pero, sobre todo, fue una forma de demostrar que desde un pequeño pueblo también se puede mirar al mundo y tender la mano a quienes lo necesitan.
Guardo aquellos años con cariño.
Y cuando pienso en Francisco Bautista, vuelvo a recordar una idea que siempre estuvo presente en aquel Festival: que ayudar a los demás nos hace también un poco mejores a nosotros mismos.
Ojalá ese espíritu nunca desaparezca.
Porque el sol sale para todos, aunque todavía haya muchas personas que no puedan ver su luz.
A FRANCISCO BAUTISTA RODRÍGUEZ
De Vélez emprendiste aquel camino,
llevando entre tus manos esperanza,
y África recibió tu confianza
como recibe el campo al peregrino.
Benín supo de ti y de tu destino,
de escucha, de servicio y de templanza,
mientras tu pueblo, unido en la distancia,
seguía acompañando tu camino.
Volviste con historias y semillas,
tendiendo entre dos mundos fuertes lazos,
uniendo corazones y orillas.
Y al descansar de nuevo entre sus brazos,
Vélez guarda tu nombre en sus arcillas
y África permanece en tus abrazos.

Poeta y cronista de Vélez de Benaudalla
