Del Trauma a la extrapolacion del dolor

Dra. Toñy Castillo

Trabajemos el dolor de la infancia
. La escucha activa y la presencia no juzgadora
Crear una atmósfera de calma: Adoptar una postura corporal receptiva (situándose a la altura de sus ojos sin invadir su espacio) y mantener una presencia serena que transmita que no hay prisa ni juicio.
Sostener el silencio: Comprender que las pausas, los sollozos o las miradas al suelo forman parte del discurso. No interrumpir para completar sus frases ni para ofrecer soluciones apresuradas; el silencio respetuoso es la primera forma de acogida.
La confirmación explícita de la emoción y de la inocencia
Desculpabilizar de forma directa y contundente: La infancia maltratada tiende a atribuirse la culpa de la agresión. Es imprescindible articular frases de neutralización como: “Lo que sucedió no fue tu culpa” “Ninguna conducta justifica que te traten con crueldad”.
Legitimar el sentir sin restarle importancia: Evitar frases de falsa tranquilidad que invisibilizan el sufrimiento («no pasa nada», «tienes que olvidar eso» o «son cosas de niños»).
La validación requiere nombrar y acoger la emoción: “Entiendo que sintieras mucho miedo” o “Es natural que te doliera tanto ese menosprecio”.
3. La restitución de la seguridad y el compromiso de protección
Agradecer la valentía de compartir: Reconocer el esfuerzo que supone nombrar la herida, incluso cuando se hace a través de un cuento o un dibujo: “Gracias por confiarme la historia; has sido muy valiente al contarlo”.
Establecer el límite de protección del mundo adulto: Dejar claro que la responsabilidad de cuidar y garantizar la seguridad recae exclusivamente en la comunidad adulta: “Aquí estás a salvo; ahora nos corresponde a nosotros cuidarte y asegurarnos de que no vuelva a ocurrir”.
4. El respeto a la autoría de su propio ritmo
Evitar la sobreinterpretación: No forzar al niño o a la niña a dar más detalles de los que desea ofrecer. Aceptar su relato tal y como decide entregarlo (incluso si es puramente metafórico) respeta la autonomía de su proceso de reconstrucción.
Validar el relato es, en última instancia, reparar el espejo roto del trauma: es ofrecer a la infancia la certeza de que su verdad ha sido escuchada, custodiada y honrada desde el afecto y la justicia pedagógica.
Si mañana tuviéramos delante a un niño que no quiere hablar, ¿qué haríamos nosotros?
¿Le pediríamos que nos contara qué le ha pasado? ¿O seríamos capaces de ofrecerle otra puerta de entrada?
Palabras no pronunciadas
En educación hemos aprendido a valorar mucho la palabra. Pero con determinados niños debemos aprender a escuchar también el silencio. El dibujo habla. La arcilla habla. El cuento habla. El juego habla. La mirada… La postura corporal habla. Incluso la elección de un personaje puede hablarnos. Por eso no debemos tener miedo a los silencios.
El silencio de un niño no significa necesariamente que no tenga nada que decir. A veces significa que todavía está buscando una forma segura de decirlo. Y nuestra responsabilidad es ofrecerle esa seguridad.
El adulto como referente de protección
Cuando un niño rompe el silencio, aunque sea a través de una metáfora, tenemos una responsabilidad enorme.
No podemos convertir su relato en un interrogatorio.
No podemos obligarlo a repetir una historia dolorosa una y otra vez.
No podemos culpabilizarlo.
No podemos minimizar lo que siente.
Porque proteger a un niño nunca debería ser tarea de una sola persona. Es un trabajo de equipo.
5. El Compromiso del Adulto
Estimadas y estimados congresistas, queridos equipos docentes, profesionales de la salud, de la psicología, de la pedagogía y agentes de protección que nos acompañan en esta tierra resiliente.
Al cerrar esta reflexión sobre un dolor tan profundo como el maltrato infantil, debemos recordar una verdad fundamental: ninguna niña, ningún niño, nace para el silencio o para el desprecio.
Cuando la violencia irrumpa en la infancia —ya sea en la sombra de un hogar, en el murmullo cruel de unas colonias o en el aislamiento de un patio de escuela—, lo que se quiebra no es solo una sonrisa; se quiebra la confianza en la humanidad.
A lo largo de 25 años acompañando a la infancia herida, he aprendido que las cicatrices del alma no se borran con discursos ni con decretos. Se reparan en la cercanía de una mirada que no juzga, en la paciencia de quien sabe esperar el tiempo que la palabra tarda en regresar, y en el refugio sagrado de una metáfora, un dibujo o un cuento compartido.
Cuando a una niña o a un niño que ha vivido el abismo del maltrato le ofrecemos un espacio seguro, no le estamos regalando una simple actividad. Le estamos entregando un mapa de navegación para cruzar sus propios infiernos. Le estamos diciendo con el alma:
Tu dolor no es tu culpa.
Tu historia no termina en la agresión.
Tu voz importa, aquí estás a salvo y el resto de tu vida lo escribimos en conjunto.
Colegas, nuestra labor ante el maltrato infantil no puede ser la de meros observadores o inspectores de conductas. Somos tejedores de relatos de oportunidad. Somos la frontera afectiva entre el desamparo y la esperanza.
Devolver a la infancia violentada la certeza de su propio valor, enseñarle que el menosprecio de terceros jamás define su dignidad y acompañarle a trazar esa luz dorada sobre sus sombras oscuras es, quizás, el acto de justicia, de pedagogía y de amor más profundo que podemos ofrecer a la sociedad.
No dejemos que ninguna infancia vuelva a sentirse invisible. Seamos, hoy y siempre, el refugio firme donde sus vidas vuelvan a florecer.
Porque cuando un niño vuelve a crear, está haciendo algo más que una actividad artística.
Está diciendo: Todavía puedo construir algo.
Cuando vuelve a escribir: Todavía tengo una voz.
Cuando vuelve a jugar: Todavía puedo imaginar.
Cuando vuelve a confiar en un adulto: Quizá el mundo no sea únicamente peligro.
Nuestra responsabilidad es ayudar a construir un contexto educativo que favorezca la seguridad, la expresión y el vínculo. Y esto es esencial. Porque la recuperación de un niño necesita redes.
Necesita profesionales.
Necesita instituciones.
Necesita adultos responsables.
Pero también necesita algo que muchas veces olvidamos:
Necesita experiencias cotidianas de dignidad.
Que alguien le escuche.
Que alguien respete su ritmo.
Que alguien no se ría de él.
Que alguien crea en él.
Que alguien le diga: Puedes volver a intentarlo.
Cuando hablamos de violencia infantil corremos el riesgo de hablar únicamente de víctimas. Y yo quiero que hagamos algo diferente. Quiero que volvamos a mirar al niño. No solamente como víctima. Sino como persona. Como estudiante. Como soñador. Como alguien que tiene derecho a un futuro. La violencia puede haber escrito un capítulo. Pero no tiene derecho a escribir toda la novela. Ese es, para mí, uno de los grandes objetivos de la pedagogía.
Ayudar a que el niño vuelva a sentirse autor de su propia historia.
Estimadas y estimados congresistas.
Desaría finalizar diciendo la evidencia que:
Ninguna niña y ningún niño nacen para el silencio.
Ningún niño nace para el desprecio.
Ninguna niña nace para sentirse culpable de la violencia que otros ejercen sobre ella.
Cuando la violencia irrumpe en la infancia, no se rompe solamente una sonrisa. Se puede romper la confianza. La confianza en los demás. La confianza en los adultos. Y, muchas veces, la confianza en uno mismo.
Pero aquí está nuestra responsabilidad.
Durante años he aprendido que las cicatrices del alma se reparan en la cercanía. En una mirada que no juzga. En un adulto que sabe esperar. En una palabra, que devuelve dignidad. En una mariposa de trapo.
Cuando ofrecemos a un niño un espacio seguro, no estamos ofreciéndole simplemente una actividad educativa.
Estamos diciéndole:
Tu dolor no es tu culpa.
Tu historia no termina en la agresión.
Tu voz importa.
Aquí estás a salvo.
Y, sobre todo: No tienes que escribir solo el resto de tu historia.
Por eso quiero terminar regresando a Lucía.
Aquella niña que al principio no podía hablar de sí misma.
La niña que tuvo que esconder su dolor detrás de una mariposa.
La niña que encontró una forma de convertir una lágrima en libertad.
Quizás nuestra misión no sea conseguir que ningún niño tenga heridas. Porque, desgraciadamente, no siempre podremos evitar que la vida le haga daño. Quizás nuestra misión sea conseguir algo diferente:
Qué ningún niño tenga que enfrentarse solo a sus heridas.
Que encuentre una persona.
Un espacio.
Una palabra.
Una escuela.
Un aula.
Una mano.
Una historia…
Porque la infancia no necesita adultos perfectos. Necesita adultos presentes. Adultos capaces de escuchar… capaces de proteger… de mirar más allá de la conducta.
Y capaces de decir: Te veo. Te escucho. Estoy aquí.
Y si conseguimos que un niño que un día pensó que debía hacerse invisible vuelva a levantar la mirada…
Si conseguimos que vuelva a coger un lápiz…
Si conseguimos que vuelva a imaginar…
Si conseguimos que vuelva a contar una historia…
Entonces quizás, habremos conseguido algo extraordinario.
No habremos borrado su pasado. Pero habremos ayudado a abrirle una puerta hacia el futuro.
Y esa puerta… puede comenzar con algo tan sencillo como un cuento…. Su propio relato o una mirada vuestra.
No dejemos que ninguna infancia vuelva a sentirse invisible. Seamos, hoy y siempre, el refugio firme donde sus vidas puedan volver a florecer, dentro de una historia que otros escribieron sobre él.
