EL FANTASMA EN EL ESTRECHO
Javier Serra conecta “El fantasma inexperto”, de H. G. Wells, con la tensión actual en el Estrecho de Ormuz y retrata la política internacional como un inquietante cuento de fantasmas.

Javier Serra
Yo crecí, además de con el Walkman y las hiperbólicas aventuras de Mazinger-Z, con la inestimable compañía de una vieja edición para jóvenes de «La máquina del tiempo» que alguien me regaló y propuse como lectura para el colegio. Huelga decir que por ello fui considerado el friki oficial del centro durante el resto de mi estancia con los agustinos. En fin, H.G. Wells no era solo un visionario de la ciencia ficción, sino un estudioso de la psicología humana, aunque hoy no vengo a hablarles de nuevo de Elois o Morlocks (aunque ganas no me faltan), sino de un relato mucho más breve del Maestro que acabo de leer, en cierto modo patético y, por desgracia, con una lectura actual: “El fantasma inexperto”. En ese cuento, un espectro bisoño se ve impelido sin saber por qué a aterrorizar a los vivos, pero olvida constantemente los «pases» necesarios para regresar al mundo de los muertos al que pertenece. Es un fantasma que da más lástima que miedo, un incompetente frustrado del más allá que se queda atascado entre dos realidades porque no recuerda si debía situar su pulgar hacia arriba o hacia abajo en el momento de pronunciar su particular abracadabra.
Cualquier parecido entre este fantasma y el actual inquilino del Despacho Oval no parece ser pura coincidencia.
Observen si no el Estrecho de Ormuz, un cuello de botella por donde circula la negra sangre que por desgracia mueve tanto nuestros vehículos como nuestras billeteras. Mientras contenemos el aliento ante la parálisis de los petroleros y las amenazas que se lanzan de una a otra árida costa del mismo, el líder del «mundo libre» parece estar ejecutando sus propios pases de fantasma inexperto. Un día envía una flota con la solemnidad de un conquistador romano y al siguiente parece olvidar sus propios movimientos, dejando que la situación se estanque en una charca de indecisión que ni avanza hacia la paz ni resuelve en el conflicto. Es la diplomacia del balbuceo, donde los pases de manos —sanciones que no sancionan, promesas televisivas de que “todo va bien” que suenan a ruego, advertencias de Apocalipsis de civilizaciones— solo sirven para que los espectadores nos preguntemos si el mago sabe realmente ejecutar algún truco.
En el relato de Wells, el fantasma confiesa su frustración: «Es una serie de movimientos complicados… si te equivocas en uno, todo se arruina». En el Estrecho de Ormuz, el error en un solo «pase» naval o en un tuit de madrugada no te devuelve al limbo de los espíritus, sino que nos manda a todos a una crisis energética de las que hacen época, sin contar los cadáveres de los inocentes que quedarán (y ya han quedado) por el camino. Vemos al líder errático gesticular frente a las cámaras, tuitear compulsivamente (ahora debería decirse “equisear”) tratando de proyectar la imagen de un estadista preclaro, cuando en realidad se parece más al espectro de Clayton: alguien que está ahí porque le han situado fuerzas ignotas, pero que no domina la filosofía de su cargo. Se mueve entre la retórica de la fuerza y la realidad de la impotencia como un barco de papel sometido a las corrientes marinas. La tragedia de nuestro tiempo no es que estemos gobernados por tiranos maquiavélicos —eso al menos tendría una lógica interna descifrable—, sino por entidades que ilustran a la perfección el icónico concepto de Hannah Arendt acerca de la banalidad del mal.
Al final del cuento de Wells, el protagonista intenta imitar los pases del fantasma para ver qué pasa… y acaba como todos los protagonistas de las obras de Shakespeare, ya saben (perdón por destripar el final). Es la curiosidad e inacción fatales ante la incompetencia ajena. Nosotros, sentados en la platea de esta historia, observamos el Estrecho de Ormuz como quien mira un polvorín custodiado por alguien que está intentando recordar si las cerillas se encendían frotándolas o insultándolas.
¡Qué tiempos estos, en los que echamos de menos la contundencia de una buena invasión marciana! Al menos los marcianos de Wells sabían lo que hacían y tenían un plan claro: acabar con nosotros (visto lo visto, no parece tan mal plan). Aquí, en cambio, estamos a merced de un fantasma que ni siquiera sabe cómo atravesar la puerta sin pillarse los dedos con el marco de la Historia. O de la «historia», en minúsculas, que es la que nos toca sufrir mientras esperamos que alguien, por favor, recuerde cómo demonios se hacían los pases adecuados para que el mundo deje de parecer un terrible cuento de fantasmas que va camino de convertirse en la peor de las distopías.
