Sergio Reyes Puerta

Sergio Reyes Puerta

Nuestras miradas se cruzaron de nuevo y, a mi manera, volví a sonreírle. Él no podía acordarse de mí. De hecho, no podía ni imaginar ―¿o sí?― que era la misma que, meses atrás, se quedó mirándole. Yo, sin embargo, sí lo reconocí a él. Desde el primer momento.

La primera vez que vi al joven muchacho iba paseando entre bancales de olivares, allí, en Jaén, mi tierra. ¡Bendito oleoturismo!, pensé, sin dejar de observarlo. Acababa de cruzar un pequeño riachuelo por el vado habilitado al efecto, junto a la almazara, y, de repente, posó su vista sobre mí. Como hipnotizado, la mantuvo durante un largo rato, tanto que, por primera vez en mi vida, me hizo sentir alegre y especial. ¡Alguien se había fijado en mí!

Yo apenas era nada o, al menos, eso sentía en aquellos días. Me consideraba, si acaso, poco más que una florecilla presumida y enamoradiza, de modo que, en ese preciso instante, en ese mágico encuentro a la hora en que decae la tarde, lo elegí en secreto. Me guardé en la memoria su aspecto de estrella pop adolescente, sus ojos color cielo y sus hermosos y carnosos labios. Ay, esos labios gruesos que esperaba que algún día me besaran y saborearan con amor.

Tristemente, el muchacho desapareció y no volví a verlo más. Era otro turista cualquiera, recorriendo mi mundo rural de olivas y aceites. Pero era mi turista y, desde entonces, mi elegido. ¿Podrá, realmente, desaparecer una persona así, para siempre?, me preguntaba día sí y día también, mientras esperaba, impaciente, un regreso cada vez más improbable.

Pasó el tiempo y, aunque nunca dejé de pensar en él, cambié mucho. Había crecido a lo largo y ancho y me habían aplicado algunos tratamientos con la sana intención de realzar mis virtudes que, aunque yo no lo creyese, eran muchas. La jovencísima florecilla que fui había quedado totalmente irreconocible y, encima, me obligaban a abandonar ese entrañable mundo agro en el que me había criado. Sí, a mí, que no quería dejar mi tierra por si el joven muchacho volvía, me mandaban a cualquier ciudad lejana y desconocida.

No podía hacer nada para impedirlo, así que me resigné. Segura de que así perdía toda posibilidad de que mi elegido me encontrara, hasta me daba igual a dónde me enviaran. Podía ser Oslo, Murcia, Bonn o Nueva York, qué más me daba. La cuestión es que me sentía triste, porque no sabía qué me iba a encontrar y qué iba a ser de mí en tan extraño y lejano lugar.

Sin embargo, a los pocos días de llegar a la gran urbe me llevé una grata sorpresa. Sucedió lo que menos podía haber imaginado, lo que, si alguien me lo hubiera pronosticado, nunca hubiera creído. Lo que solo pasa en películas y libros ñoños. Y es que allí, lejos de mi tierra y a través del cristal, fue donde lo vi por segunda vez. ¡Me habían enviado a la ciudad de mi elegido! ¡Olé!, pensé al verlo, nerviosa de repente. ¡Qué hermosa coincidencia!

No me explicaba cómo había podido ocurrir. Tal vez se lo pedí tanto a la luna, durante sus baños de plata nocturnos, que se hizo realidad. O puede que, simplemente, la magia exista. La cuestión, la maravillosa cuestión, es que volvimos a encontrarnos, como si nuestros ADN, tan distintos, hubieran sido diseñados para juntarse.

Fue en una pequeña tienda de barrio, a mediodía. El joven muchacho iba acompañado de una señora mayor ―tal vez su madre, aunque se veía más ajada de lo que cabría esperar― y sus ojos, como ya dije, se volvieron a clavar en mí. Desde casi la otra punta del local me observó largamente y frunció el ceño. ¡Era imposible que supiera que era yo!, pensé. No obstante, la realidad se impuso y, con una sonrisa, se acercó a donde me hallaba, allí, junto a las inigualables botellas de aceite de oliva que un cartel anunciaba como procedentes de Jaén. ¡Yo temblaba en mi interior! ¡No me lo podía creer! ¿Me había reconocido? ¡Con lo cambiada que estaba! ¡Madre mía! ¡Si hasta había engordado un montón!

El elegido me miró con atención, como si se acordara de mí. Por si acaso, le volví a sonreír. Contra todo pronóstico, él amplió su hermosa sonrisa y hasta se mordió el labio inferior. Una chispa brilló fugazmente en sus ojos y me sentí deseada. Parecía a punto de suceder lo que me parecería más increíble aún: que a su vez mi elegido me escogiera a mí. ¡A mí! ¡A la que lo eligió a él! ¡Madre mía! ¡Y yo que no creía en la magia!

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El joven llamó entonces a su abuela ―ahí descubrí el parentesco― y la buena señora se acercó a dónde estábamos, despacio y apoyándose en un elegante bastón. Yo me sentía tan nerviosa y todo sucedía tan rápido que apenas podía asimilar lo que ocurría.

―Abuela, ¿te acuerdas de cuando estuvimos en Jaén?

¡Madre mía! ¡Madre mía! ¡No es posible que se acuerde! ¡Y, menos aún, que me haya reconocido! ¡Si parezco otra!

Me parecía increíble, pero sí que debía de haberme reconocido y, por ello, le pidió llevarme a casa ―volviendo a recordarle lo del viaje a Jaén y hasta lo de la almazara junto a la que nos cruzamos―. Ella me observó, seria y evaluadora…

(Continuará)

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