EL BIEN Y EL MAL
El bien y el mal, de María Vives Gomila, analiza estos conceptos universales desde la filosofía, el cristianismo, el psicoanálisis, la literatura y el cine.

El bien y el mal son conceptos universales que han experimentado todas las culturas desde Mesopotamia, Egipto o la antigua China hasta la actualidad. Sus diferencias han interesado tanto a filósofos, pensadores, psicoanalistas, escritores de la literatura universal como a cineastas de diferentes países.
No obstante la claridad de estos autores al desglosar sus respectivas definiciones y las diferencias que se han ido estableciendo entre ambos conceptos, se ha podido observar determinada ambivalencia y cierto reduccionismo en la interpretación de ambas terminologías, como si el bien y el mal se hubieran confundido, reducido o alterado.
En efecto, el sentido moral, representado por el bien frente a su carencia representada por el mal, parece haberse alterado. Los conceptos, que habían presidido e identificado actitudes y comportamientos de forma clara y definida, ahora se consideran poco adecuados o ambiguos, incluso podrían generar dudas al observar cómo son recompensados comportamientos inadecuados y contradictorios, cuya costumbre parece haberse institucionalizado.
Los filósofos de la Grecia clásica tenían una versión definida sobre el bien y el mal. Sócrates vincula el bien a la esencia del ser humano. El objetivo de su ética consiste en comprender lo correcto y actuar en consecuencia, mientras el mal es el resultado de la ignorancia. Para Platón, el bien es el origen de la existencia y su meta final. Considera que el conocimiento es el camino para comprender lo que es bueno y justo. Cuanto más formada sea una sociedad más independiente será para buscar el bien común. Aristóteles vincula la tendencia al bien de toda acción humana que relaciona con la felicidad y la ética.
El cristianismo hereda la tradición helenística, a la que añade el aspecto moral. Se mantiene una pugna entre ambos conceptos, pero con la determinación de que, atendiendo a la concepción de un plan divino, el bien triunfa sobre el mal. La interpretación del evangelio sigue el camino de la trascendencia: la vida humana va más allá de lo que percibimos y lo que percibimos es un camino que tiene continuidad.
En los tiempos modernos cambia la perspectiva gracias a la evolución del racionalismo que propone Immanuel Kant (1721). El bien se basa en la intención que precede a cada acción, más aún que en sus consecuencias pudiéndose constituir como una ley moral aplicable a todo ser humano. Una acción solo es auténticamente buena si se hace por puro deber siendo el fin último de la razón lograr la unión entre virtud y felicidad.
Friedrich W. Nietzsche (1844) efectúa una crítica de la moral, heredada de la filosofía griega y judeocristiana sobre el bien y el mal, al considerar que no reflejan la vida real ni la perspectiva individual. Al declarar la muerte de Dios también sostiene la posible superación del individuo ante la imposición de los dogmas. El bien y el mal expresan la fuerza y la capacidad del ser humano, que es quien desde su perspectiva puede interpretar la realidad.
Hannah Arendt (1906) sostiene que la falta de reflexión hace que la persona deje de pensar por sí misma y pueda adherirse fácilmente al pensamiento de otros. Asimismo indica que el aislamiento y la pérdida de vínculos sociales repercute en la pérdida de libertad personal.
Desde la teoría psicoanalítica, Sigmund Freud señala que los conceptos del bien y del mal son la consecuencia de la tensión y lucha sostenida entre los instintos -el Ello-, la evolución de la conciencia moral -el Super-Yo- y su adaptación a la realidad -el Yo, 1923.
En la historia de la literatura se han utilizado conceptos generales, como amor y odio, vida y muerte, agresión y culpa, bondad y maldad.
Shakespeare es uno de los autores que transmite en sus tragedias los valores universales con los que el ser humano responde a sus sentimientos. Dos de sus obras representan las consecuencias de la ambición desmedida (Macbeth, 1623) y debatirse y dudar entre dos impulsos profundos: el deseo de venganza o decidir libremente como ser humano (Hamlet, 1600).
El vaticinio de tres brujas, que profetizan el nombramiento de Macbeth, como señor de Cawdor y rey de Escocia, despierta en él una ambición desmedida de poder que le lleva a asesinar al rey Duncan apropiándose del trono de Escocia. La obra muestra la lucha entre el bien y el mal que se desarrolla en el individuo y cómo la culpa, generada por los actos de su desmesurada ambición, no conduce ni a la conversión ni al remordimiento, sino a la locura y a la autodestrucción.
Shakespeare, a través del acto III de Hamlet, “To be or no to be”, “Ser o no ser”, introduce la posibilidad de dudar de una supuesta realidad: si la revelación que cree haber recibido de su padre pidiéndole vengar su muerte e investigar los hechos acaecidos, es o no real. En su transcurso, Hamlet se debate entre el rol que debería asumir como príncipe de Dinamarca y el que podría elegir como hombre libre que le permitiría controlar su vida. Dudar entre ambas posibilidades refleja, según Shakespeare, la manera de obrar del individuo que puede decidir su destino.
Finalmente, Charles Baudelaire en “Las flores del mal” (1857) se enfrenta a la moral tradicional integrando el bien y el mal en un orden poético, donde el mal promueve creatividad y se convierte en arte, mientras el bien representa “la aspiración a la perfección, la redención a través del arte o del amor”, con lo que sostiene que existe una armonía entre belleza y depravación, ética y estética.
Films, como “Sed de mal” de Orson Welles y directores de la talla de Bergman, Hitchcock o los creadores de “La Nouvelle vague”: Godard, Truffaut, Rivette, Rohmer, entre otros, atestiguan a través del arte la pugna que sostiene cada persona al tener que decidir entre el bien y el mal.
De este modo, filósofos, psicólogos, escritores y cineastas inciden en la importancia de poseer un pensamiento crítico con objeto de evitar la falta de reflexión que puede inducir al sometimiento del ser humano, cuyo objetivo es poder decidir y asumir con libertad su destino.

