DEIDAD DE TRES VERSOS
Ana María López Expósito recorre la esencia del haiku, su origen japonés, su vínculo con la naturaleza y su capacidad para detener el instante y transformarlo en una experiencia de contemplación, belleza y conciencia.

Te siento hermano del alba, espejo donde el instante descubre que es eterno. Mientras el mundo corre persiguiendo relojes, tú detienes un segundo y lo conviertes en infinito. Ese significado adquiere bajo mi criterio el haiku que procede de una tradición poética japonesa más antigua, vinculada al renga, una composición colectiva de versos encadenados. Su primer fragmento, denominado hokku, fue adquiriendo independencia hasta convertirse en una forma poética autónoma. Fue Matsuo Bashō (1644-1694) quien llevó el haiku a una extraordinaria altura literaria. Bashō transformó la observación de la naturaleza y los viajes en una forma de conocimiento interior. En sus poemas, una rana, un camino, una montaña o una noche de otoño dejan de ser simples elementos del paisaje para convertirse en símbolos de la fugacidad de la vida. Podría decirse que el haiku es una de las formas poéticas más breves y, al mismo tiempo, más profundas de la literatura universal. Nacido en Japón, este pequeño poema convierte un instante insignificante —el vuelo de un cernícalo, la lluvia sobre los cristales, una orquídea que se abre, el silencio de la noche— en una experiencia capaz de revelar la belleza y el misterio de la existencia. Jesús Rafael Marcano opina que «No es solo un género más en la poesía sino la máxima expresión artística para el ‘Despertar de la conciencia’». ¡Somos los hijos de la «Pachamama»! La etimología de la palabra “Pachamama” proviene del aimara y quechua. “Pacha” significa universo, mundo, tierra, mientras que “Mama”, significa madre. Esta es la diosa de la fertilidad, y muchas personas realizan diferentes actos y rituales para agasajar a la homenajeada tierra y conseguir así una buena salud, su equivalente griega ‘Gaia’ y en la antigua China Nüwa. Para los países de Oriente los conceptos de materia y espíritu son uno solo; visto desde una cosmovisión holistica que integra un todo: Arte, mística y ciencia, debido a esto los antiguos poetas chinos en cada verso buscaban esa conexión espiritual con la ‘madre del Universo’ prestando siempre atención a la respiración y la meditación profunda; viéndose a ellos mismos como un elemento más. ¡Se inspiraban buscando dentro de sí ese universo interior propio! La esencia de los juéjù chinos —¡El antecedente del haiku! — iba el de buscar esa fundición del espíritu para con la Madre Tierra; con Nüwa. En los haikus japoneses podemos ver ese romance divino con Gaia a través del Aware (Kanji: 哀れ) ese sentimiento puro y profundo por la transitoriedad de la Naturaleza, así como el de la característica especial de un haiku que es la de poseer el kigo o ese vocablo que haga alusión a las cuatro estaciones; Invierno, primavera, verano, otoño o a los cuarto elementos de la Naturaleza; Tierra, agua, fuego y aire. En el pensamiento wafiano podemos ver incluso un tipo especial de feminismo budista que acerca el poema a la sumisión romántica hacia Gaia como entidad suprema femenina matriarcal.
Tradicionalmente, el haiku japonés se organiza en tres versos, asociados en su adaptación occidental a una estructura de 5, 7 y 5 sílabas, aunque la métrica japonesa no equivale exactamente a la sílaba española. Más importante que la cuenta silábica es su estructura conceptual. El haiku suele presentar una imagen concreta de la naturaleza y provocar, a partir de ella, una emoción o una intuición.
Uno de los aspectos más fascinantes de esta composición es la relación que establece entre el ser humano y la naturaleza. El poeta no se sitúa frente al paisaje como un observador distante. Forma parte de él. El otoño no es únicamente una estación. Una flor marchita puede sugerir la fugacidad de la vida; una mariposa puede representar la fragilidad; la nieve puede convertirse en imagen del silencio. El haiku no pronuncia la verdad: permite que el lector la descubra.
El silencio como materia poética. Un elemento característico es el kigo, la palabra o expresión que alude a una estación del año: la nieve puede evocar el invierno; las flores de cerezo, la primavera; las cigarras, el verano; las hojas caídas, el otoño. Por ello, escribir un buen haiku exige una extraordinaria capacidad de síntesis. El poeta debe saber qué eliminar. La dificultad no consiste únicamente en encontrar las palabras adecuadas, sino en renunciar a aquellas que sobran.
Según el Diario español Siglo XXI para Wafi Salih el haiku no es solo un género más en la poesía sino la máxima expresión artística para el “Despertar de la conciencia” así como el puente hacia la unión con nuestra ‘Madre Tierra’. Vivimos rodeados de acontecimientos, preocupaciones, obligaciones y pensamientos. El haiku propone detenerse. Mirar. Escuchar. Contemplar.
Una hoja que cae puede convertirse en una meditación sobre el tiempo. El canto de un pájaro puede devolvernos al presente. Una gota de lluvia puede recordarnos que incluso lo diminuto participa de la belleza del universo. En lengua española, el haiku fue cultivado por numerosos autores y llegó a integrarse en nuestra tradición literaria de manera muy particular. Poetas como Juan Ramón Jiménez, Antonio Machado, Jorge Luis Borges y otros escritores mostraron, de distintas maneras, interés por la condensación poética, la naturaleza y la contemplación. En Hispanoamérica, Octavio Paz reflexionó profundamente sobre la poesía japonesa y tradujo haikus. Por ello, esta joya literaria me inspira para dedicarle una Oda:
Hermano del alba, /que siempre te acompañe/ el perfume del ciruelo,/ y el vuelo de la gaviota . /Qué el lector, al recitar tres versos,/ halle en su morada el universo/ y respire en silencio. / Mientras el mundo corre/ tras los pasos del reloj/, tú detienes un segundo/ y lo haces infinito. / Buson te pintó con tinta de luz;/ Bashō te llevó por caminos certeros/sin romper tu raíz. / Majestuoso haikú/, espejo de un instante eterno.

