Esconder la muerte para no pensar en la vida
En «Esconder la muerte para no pensar en la vida», Juan Antonio Mateos reflexiona sobre nuestra dificultad para aceptar la muerte, la importancia de acompañar a quienes sufren y la necesidad de comprender que reconocer nuestra fragilidad también nos enseña a vivir mejor.

«La muerte es el lado de la vida vuelto hacia nosotros que no está iluminado».
RAINER MARIA RILKE
«Filosofar es aprender a morir».
MICHEL DE MONTAIGNE
Cada año, cuando llegan el Día de Todos los Santos y el Día de los Difuntos, muchas personas vuelven la mirada hacia quienes ya no están. Los cementerios se llenan de flores, las familias recuerdan a sus seres queridos y, por unos días, la memoria de los que han muerto ocupa un lugar especial en nuestra vida cotidiana. Son jornadas que nos invitan a detenernos, a recordar y, quizá también, a pensar en algo que durante el resto del año preferimos evitar: nuestra propia condición mortal.
Hay algo curioso en nuestra manera de vivir. Nunca habíamos visto tantas imágenes de la muerte como ahora y, sin embargo, parece que cada vez nos cuesta más hablar de ella. En los informativos aparecen guerras, accidentes y tragedias; en las películas y las series la muerte está presente a todas horas. La vemos, la comentamos y pasamos rápidamente a otra cosa. Pero cuando la muerte entra de verdad en nuestra casa, cuando afecta a alguien de nuestra familia o a una persona cercana, entonces preferimos guardar silencio. No sabemos muy bien qué decir, evitamos algunas conversaciones y, a veces, hasta nos cuesta mirar de frente a quien está sufriendo.
Parece que hemos aprendido a convivir con la muerte de los demás siempre que esté lejos. La aceptamos como noticia, como imagen o como espectáculo, pero nos incomoda cuando deja de ser algo que les ocurre a otros. Quizá porque entonces nos recuerda algo que no queremos pensar: que también nosotros somos frágiles, que envejecemos y que nuestra vida, como la de quienes queremos, tiene un final.
Durante mucho tiempo, morir era una experiencia más cercana. Muchas personas fallecían en sus casas, rodeadas de familiares y amigos. Los niños veían cómo los mayores se despedían y aprendían que la muerte formaba parte de la vida. Hoy las cosas han cambiado. La mayoría de las veces se muere en un hospital, entre máquinas, tratamientos y profesionales que hacen todo lo posible por prolongar la vida. Los avances médicos son una conquista extraordinaria, pero no deberían hacernos olvidar que, al final, sigue habiendo una persona que necesita compañía, cariño y, sobre todo, no sentirse sola.
La psiquiatra Elisabeth Kübler-Ross, después de escuchar durante años a personas que sabían que estaban cerca de la muerte, comprendió algo que a menudo olvidamos: el enfermo necesita que alguien se siente a su lado, que le escuche y que no tenga miedo de hablar con él. Sin embargo, muchas veces sucede lo contrario. La familia evita decir la verdad porque piensa que así protege al enfermo. Se habla de la enfermedad, pero no de lo que todos saben que está ocurriendo. Se utilizan palabras para suavizar la realidad y se deja sin espacio a los sentimientos, los miedos y las despedidas.
Y, sin embargo, ¿qué puede necesitar más una persona en esos momentos que poder hablar con libertad, decir lo que siente, recordar su vida o despedirse de quienes ama? A veces no hacen falta grandes discursos. Basta una mano, una presencia, un rato de silencio compartido. Acompañar a alguien que se está muriendo no consiste en encontrar las palabras perfectas, sino en no abandonarlo cuando ya no sabemos qué decir.
También hemos perdido cierta naturalidad para vivir el duelo. Cuando alguien pierde a un ser querido, al principio todos preguntamos cómo está y mostramos nuestro cariño. Pero pasan los días y parece que esperamos que vuelva cuanto antes a la normalidad. Que deje de llorar, que recupere la sonrisa, que no hable continuamente de quien ha muerto. Como si el dolor tuviera un plazo razonable y, una vez cumplido, hubiera que pasar página. Pero no funciona así. Cada persona vive la pérdida a su manera y necesita su propio tiempo. Elisabeth Kübler-Ross y David Kessler lo expresaron con claridad: «Nuestro duelo es tan propio como nuestra vida». No se puede medir el amor por el tiempo que dura la tristeza, ni exigir a nadie que olvide para que los demás se sientan más cómodos.
Quizá esta dificultad para aceptar la muerte tenga mucho que ver con la sociedad que hemos construido. Se nos anima a estar siempre jóvenes, activos, ocupados y satisfechos. Parece que envejecer es algo que hay que disimular, que enfermar es una desgracia que conviene esconder y que sufrir es una experiencia que debemos superar cuanto antes. El filósofo Byung-Chul Han ha llamado la atención sobre esta cultura que rechaza todo lo que nos incomoda: el dolor, los límites, la fragilidad y la ausencia. Pero una sociedad que no sabe convivir con el sufrimiento difícilmente sabrá acompañar a quienes sufren.
Norbert Elias, en La soledad de los moribundos, escribió que «la muerte es un problema de los vivos. Los muertos no tienen problemas». Quizá la frase nos ayude a comprender dónde está nuestra responsabilidad. No podemos evitar la muerte, pero sí podemos evitar que alguien tenga que afrontarla en soledad. Podemos escuchar a quien tiene miedo, visitar a quien está enfermo, acompañar a una familia que acaba de perder a alguien y respetar el dolor de quien todavía no ha encontrado la manera de seguir adelante.
Hablar de la muerte no significa ser pesimistas ni vivir pendientes de ella. Significa reconocer que forma parte de nuestra existencia. Y, aunque parezca una paradoja, aceptar que somos mortales puede ayudarnos a vivir mejor. Nos recuerda que el tiempo no es infinito, que no deberíamos aplazar siempre los abrazos, las conversaciones importantes o las palabras de cariño. Que hay cosas mucho más valiosas que el éxito, las prisas o la preocupación por aparentar que todo va bien.
Tal vez el verdadero problema no sea que nos vayamos a morir, sino que, por miedo a la muerte, terminemos viviendo de espaldas a una parte esencial de la vida. Necesitamos recuperar la capacidad de hablar de ella con sencillez, de acompañar sin ocultar la verdad y de permitir que el dolor tenga su espacio. Porque una sociedad no demuestra su humanidad escondiendo a sus enfermos, apartando a sus mayores o evitando hablar de la muerte. La demuestra cuando sabe cuidar, escuchar y permanecer al lado de quien más lo necesita.
Al fin y al cabo, todos tendremos que despedirnos algún día. Y todos necesitaremos, de una manera u otra, que alguien esté cerca. Quizá por eso aprender a mirar la muerte de frente sea también una forma de aprender a vivir y, sobre todo, de aprender a cuidar mejor unos de otros.

