DIARIO DE UN POETA – EL DÍA QUE CONOCÍ AL POETA RODOLFO MORTE
El poeta Rodolfo Morte protagoniza esta entrega de «Diario de un poeta», en la que Marcelino Arellano Alabarces recuerda su amistad, los encuentros literarios y las experiencias compartidas. Un homenaje a su calidad humana y su legado poético, acompañado del poema «Oración».

De izq. a decha: Catalina Valls, RodolfoMorte, José Muñóz, Vicente Rotger y Marcelino Arellano
Qué duda cabe de que mantuve con Rodolfo Morte una relación extensa, primero como compañero en la Agrupación Hispana de Escritores -siendo yo el presidente-delegado para Baleares-. Él fue en todo momento un miembro destacado y, yo diría, distinguido. Era un hombre abierto, poseedor de una gran cultura. Nunca dijo no cuantas veces le pedí que colaborara en los eventos culturales que organizábamos. Era un hombre de talante serio, extremadamente correcto y formal. Nunca le oí ninguna palabra fuera de tono por muy enfadado que estuviera. Fue oficial de Aviación. Un grave accidente de helicóptero motivó que no siguiera en el Ejército y pasara a la vida civil. (!)
En esa época, no pensé nunca que, pasado el tiempo, coincidiríamos trabajando en la misma empresa, en la que yo desempeñaba mi trabajo. De alguna manera, aquella coincidencia sirvió para que tuviese a una persona cercana a mí para ayudarme en los actos culturales. Aunque trabajábamos en la misma empresa, lo hacíamos en distintos departamentos, pasado un tiempo Rodolfo Morte pasó a mi departamento y fue nombrado jefe de este, por lo que yo pasé a ser su subordinado. Esto solamente implica una anécdota. Así estuvo durante unos años, hasta que lo pasaron a ser como una especie de comercial, cuya labor fue extraordinaria durante el tiempo que ejerció como tal, ya que abrió nuevos mercados de éxitos que engrandeció a la empresa, abriendo nuevos cauces de expansión y de beneficios.
Un día decidió dejarlo todo e irse a vivir a Madrid, en donde, junto con el poeta y amigo Antonio González-Guerrero, montó una floristería, cuya asociación duró unos años, posteriormente esa unión se rompió y Rodolfo se trasladó a Segovia y, creo no equivocarme, montó otra floristería, hasta que -pienso yo- llegó la hora de su jubilación y regresó nuevamente a Palma, donde estaba su casa y su familia.
Se dedicó a escribir poesía, cosa que hacía extraordinariamente. Debo decir que Rodolfo -como no podía ser de otra manera- publicó sus poemas en Sa Roqueta, Arboleda, Autores-Lectores, París Magazín, etc. Participó en innumerables recitales de poesía. Siendo yo el presidente de la AHE, le pedía que fuese el presentador de algunos actos, ya que, por aquellas fechas, no había ningún evento en el que no hubiese en la sala, a veces, más de cien personas. Todas las presentaciones que hacía, tanto de los participantes como de los eventos, eran merecedoras de un 10.
En el año 1975 (ya ha llovido), publicamos un libro de poesía junto al poeta y, por entonces presidente nacional de la AHE, D. José María Barriopedro, aunque en sus escritos firmaba como Ezequiel Alonso, libro que se presentó en muchas de las ciudades de España. Un día de finales de otoño de 1975, me comunicaron que dicho libro se presentaría en Valencia, en el Círculo Medina, y que debíamos asistir Rodolfo y un servidor, cosa que hicimos, allí nos encontramos con Ezequiel Alonso, recuerdo que la sala del Círculo estaba llena hasta la bandera (sic). El acto fue presentado por un poeta nicaragüense. El acto transcurrió maravillosamente y, lo que es mejor, todo el público asistente compró el libro. Una vez finalizado el acto, Ezequiel Alonso tuvo que regresar a Madrid. Rodolfo, el presentador del acto y un servidor fuimos a cenar a un restaurante. Al día siguiente regresamos a Palma. Guardo un buen recuerdo de este acto, ya que, en el transcurso de nuestra estancia en la bella ciudad de Valencia, sucedieron varias “¿anécdotas?”, que por respeto no voy a contar. Quizás en otra ocasión haya lugar.
Un día tuve que dimitir de mi cargo en la AHE y pedí a Rodolfo que se hiciera él cargo, ya que, por aquellas fechas, yo me encontraba muy estresado, él aceptó, pero, en el fondo, era yo quien movía los hilos. Por lo que nuevamente volví a ocuparme de la AHE.
Podría contar muchas cosas buenas e interesantes de Rodolfo, destacaré que era un hombre fiable, buena persona y un gran poeta, que no sé por qué motivo solamente publicó tres libros, con una poesía sincera muy elaborada, en donde entre líneas se podía casi vislumbrar los sentimientos de su alma.
Un día me llamó al teléfono la señora Lita Serrano, que se ocupaba de la centralita de información de la empresa, para comunicarme que nuestro compañero Rodolfo Morte había fallecido. Él tenía la costumbre de ir cada mañana hasta el popular Bar Bosch a tomar un café y leer la prensa, una mañana en eso estaba cuando de pronto se desplomó muerto en la mesa. Murió el hombre, pero siempre seguirá vivo el poeta.

ORACIÓN
¡Ay, Señor! ¡Qué pies cansados tengo!
Amaneceres lívidos con soles repetidos
en auroras iguales,
tambor enloquecido de monocorde viento.
Los caballos galopan en círculos de fuego,
y mi piel abrasada
se cuartea con óleo de brillos agotados
como pintura vieja sin valor.
¡Ay, Señor! ¡Qué templos derrumbados!
Hiedra voraz comiendo las paredes
y mil nidos de insectos en las hojas.
¡Señor! El sol, ¡única luz!,
se me perdió en las sombras
de mi niñez antigua.
Agua clara, campanas de silencio
en rotas melodías transparentes
más allá de mi tiempo.
¡Señor! ¡Qué pies cansados tengo!
Rodolfo Morte

Rodolfo siempre estará en mi corazón,me decía:niña, no llores..sé fuerte,que recuerdos! gracias Marcelino ,tú también eres una persona que esta en mi corazón siempre…..