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MACAEL EN LA ALHAMBRA: LA LUZ DEL MÁRMOL HECHA ETERNIDAD

Poema de José Escriba dedicado al vínculo entre Macael y la Alhambra, exaltando el mármol blanco, el oficio de los canteros y la memoria de un pueblo que convirtió la piedra en belleza eterna.

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Durante mi visita a Macael, quedé detenido ante la contemplación de la Fuente de los Leones que allí se alza, tan cercana en su espíritu y en su forma a la universal fuente del Patio de los Leones de la Alhambra. Aquel parecido despertó en mí una profunda curiosidad: ¿qué vínculo unía a Macael con Granada?, ¿qué historia dormía en aquel mármol blanco?, ¿qué manos habían trabajado aquella piedra hasta convertirla en arte?

Movido por aquella primera impresión, comencé a investigar y descubrí que el mármol de Macael no solo era una materia noble, sino también memoria viva de los canteros, de su esfuerzo, de su oficio y de su legado. De esa búsqueda nació esta exaltación poética, escrita como homenaje a un pueblo que supo arrancar luz de la montaña para que la Alhambra pudiera vestir de eternidad uno de sus rincones más admirados.

MACAEL EN LA ALHAMBRA

Visitando Macael, vi la fuente,
con sus leones nobles y callados,
y en su mármol sentí que respiraba
la sombra de la Alhambra granadina.

Su parecido abrió mi pensamiento,
y una pregunta me tocó en silencio:
¿de dónde vino aquella luz tan blanca
que en la Alhambra sostiene maravillas?

Entonces quise hallar en la memoria
la raíz de la piedra y de su gloria,
y supe que Macael, noble y antiguo,
dio su mármol al Patio de los Leones.

Desde la sierra blanca de Macael,
brotó la luz dormida de la piedra,
como si el monte abriera sus entrañas
para entregar su corazón al cielo.

Allí, donde la roca se hace nieve,
donde el sol pule mármoles antiguos,
nació la claridad que fue columna,
fuente, patio, blancura y arquitectura.

No vino el mármol solo hasta Granada,
vino con manos duras y calladas,
con rostros encendidos por el polvo,
con sudor de canteros verdaderos.

Hombres de oficio, fe, constancia y temple,
levantaron la piedra de la tierra,
golpe a golpe vencieron la montaña,
cincelando la luz de las canteras.

Cada bloque arrancado de la sierra
llevaba dentro un sueño silencioso:
ser parte de un palacio nazarí,
ser eternidad bajo la Alhambra.

Macael dio su blancura más sagrada,
Granada la vistió con agua y sombra,
y el Patio de los Leones fue naciendo
como jardín de mármol y de música.

Allí la piedra canta todavía,
bajo arcos que parecen filigranas,
y en cada fuste blanco se adivina
la fuerza de unas manos almerienses.

No hubo gloria sin polvo en los caminos,
ni belleza sin carga sobre el hombro,
ni palacio sin hombres trabajando
cuando la madrugada era silencio.

Los canteros de Macael supieron
leer la veta oculta de la roca,
hablar con la montaña lentamente
hasta encontrar su corazón de luna.

Qué noble fue su oficio entre las sierras,
qué duro su jornal bajo los soles,
qué grande su paciencia de artesanos,
qué limpia su pasión por la materia.

Ellos no fueron nombres de palacio,
ni reyes coronados por la historia,
pero dejaron firme su linaje
en la piel inmortal de la Alhambra.

Porque Muhammad V soñó aquel patio,
con leones, columnas, agua y calma,
mas Macael le entregó la luz primera
para que el sueño fuera arquitectura.

El mármol blanco, dócil y severo,
cruzó caminos, vegas y silencios,
hasta llegar al corazón nazarí
donde Granada lo volvió milagro.

Y allí quedó, sereno, entre los siglos,
sosteniendo la gracia de los arcos,
reflejando la voz del agua pura,
guardando el resplandor de su cantera.

Oh Macael, cantera de belleza,
tierra de piedra noble y manos recias,
tu nombre vive dentro de la Alhambra,
aunque el viajero apenas lo pronuncie.

Vive en la fuente clara de los Leones,
vive en columnas blancas como cirios,
vive en el suelo antiguo que recuerda
el paso de sultanes y poetas.

Cada veta conserva una memoria,
cada brillo devuelve una jornada,
cada mármol susurra humildemente
la grandeza del hombre que trabaja.

No es piedra solamente lo que vemos,
es oficio, fatiga y esperanza,
es la herencia callada de un pueblo
que hizo del mármol su mejor palabra.

Macael fue raíz, Granada flor,
la Alhambra fue jardín de ambas grandezas;
una entregó la entraña de la tierra,
otra la alzó en palacio para el mundo.

Por eso, cuando el agua se desliza
en el Patio inmortal de los Leones,
parece que la sierra de Macael
respira todavía entre sus mármoles.

Y cuando el sol enciende las columnas,
no solo brilla el arte de los reyes:
brilla también la frente del cantero,
su golpe, su sudor, su amor al oficio.

Alhambra de Granada, luz eterna,
recuerda siempre al pueblo que te dio
la blancura más pura de su entraña
para vestir tu sueño nazarí.

Y tú, Macael, levanta tu memoria,
porque tu mármol duerme entre palacios;
lo que nació en tus montes como roca
hoy es canción de piedra universal.

Que lo proclame el agua de la fuente,
que lo repitan arcos y jardines:
sin la mano paciente del cantero,
la belleza no alcanza eternidad.

Macael y la Alhambra van unidos,
como la luz al mármol que la guarda;
una misma grandeza los abraza,
una misma memoria los corona.

José Escriba
Ciudadano del Mundo

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