Día de la Madre.
En este emotivo relato, Germana Fernández recuerda un Día de la Madre marcado por la crisis, la ternura familiar y un regalo hecho con amor que se convirtió en uno de los recuerdos más valiosos de su vida.

Recuerdo que, en esa época estábamos pasando una mala racha. La empresa en la que, mi esposo prestaba sus servicios, hacia tres meses que cerró por la crisis de los astilleros. Mi marido fue despedido, como otros muchos trabajadores. Desde entonces no encuentra trabajo fijo. La indemnización que nos dieron y lo poco que ganaba con trabajos esporádicos lo reservamos para la hipoteca y gastos de la casa, tales como luz, agua, impuestos y la comunidad. Con lo que yo ganaba como empleada en un supermercado, teníamos que hace malabares para llegar a fin de mes. Así que pensar en regalos y celebraciones era imposible. A falta de regalos siempre preparaba algún postre especial y salíamos al campo a pasear, visitábamos el zoo si el dinero nos lo permitía o al parque… Ese primer domingo de mayo nos tocaba ir de excursión al campo.
En mi casa no hacía falta poner el despertador, una vocecita en mi cabeza me avisaba de cuando tenía que levantarme o de cuando pasaba algo inusual en la casa, momentos antes de que pasara. Ese primer domingo de mayo, no iba a ser diferente. Me desperté y Jaime, mi marido, no estaba en la cama. Eso y que no se oía una mosca, ya me puso en modo alerta, intente levantarme. Demasiado tarde. La puerta del dormitorio se abrió con la “delicadeza” de una estampida de reses bravas. Mis tres hijas, Laura, Marta y lucía, traían una bandeja mal equilibrada, con tostadas untadas de mantequilla, café con leche y una naranja. Mi marido, logró rescatar la bandeja antes de que se cayera encima de la cama.
‒ Feliz día, mami ‒ gritaron a coro al tiempo que las pequeñas aterrizaban sobre mí.
Me incorporé como pude y tomé, con una sonrisa, el café frio, las tostadas quemadas y el plátano, bajo la impaciente mirada de mi familia. Cuando terminé y aún sin retirar la bandeja de la cama. Laura me entrego una tarjeta, hecha por las tres, con las figuras de los cinco en medio de un campo florido, y mi marido, un ramo de flores tomadas prestadas de las jardineras de la calle.
‒ ¿Te gusta el regalo, mami?
Leí la dedicatoria escrita por Laura y firmada por los cuatro. “Gracias por seguir queriéndonos, aunque a veces nos portemos mal”
En ese momento me sentí la persona más afortunada de la tierra, abrace a los cuatro “Casi muero asfixiada” pero hubiera muerto feliz.
‒ Es el mejor regalo que he recibido en mi vida ‒ contesté emocionada y no mentía, no hubiera cambiado esos momentos por nada de este mundo.
Después del desayuno y poner la funda del edredón, las sábanas y los pijamas a lavar, hicimos unos sándwiches y los metimos en una cesta de esparto con tapa, junto con fruta fresca, frutos secos y agua, también llevábamos una manta, para extenderla en el suelo.
‒ ¿Papá y si nos caemos o nos pica algún bicho? Preguntó la más pequeña.
A lo que su padre contesto, señalándome con una sonrisita cómplice.
‒ No hay porque preocuparse mamá, siempre, va preparada para resolver cualquier eventualidad que se nos presente.
Han pasado muchos años y muchas cosas han cambiado, unas para bien y otras para mal, pero el recuerdo de momentos como este, son el motor que me mantiene en pie para seguir con el día a día.

