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DOS VIDAS, UNA ENTREGA

El autor José Escriba dedica el poema “Dos vidas, una entrega” a María Vives y Joan Bosco, dos referentes de Granada Costa unidos por la cultura, la fe, la enseñanza, la literatura y una vida marcada por el servicio a los demás.

Maria y Bosco


En Madrid se abrió la tarde,
con solemnidad hermosa,
en el Hotel Miguel Ángel
brilló una luz generosa.
Era primero de marzo,
año veinte de memoria,
cuando Granada Costa alzaba
su voz de cultura y honra.
Allí vi a María Vives,
serena, sabia y valiosa,
con la mirada tranquila
de quien enseña y no impone.
Recibía Humanidades,
Literatura hecha corona,
por una vida entregada
a la palabra creadora.
Allí vi también a Joan,
Bosco de fe luminosa,
sacerdote de caminos,
sembrador de paz y concordia.
Premio Humanidades llevaba,
de la Concordia en su gloria,
porque su vida es servicio
y su palabra conforta.
Desde aquel día en Madrid,
desde aquella fecha honda,
mi mirada los siguió
como se sigue una antorcha.
No fue solo una entrega,
ni una foto ceremoniosa,
fue descubrir dos caminos
donde la vida se dona.
María nació entre islas,
Mallorca en su raíz brota,
Menorca guarda su aliento,
Barcelona la hizo docta.
Profesora entre silencios,
psicóloga de alma honda,
leyó heridas invisibles
donde otros no ven la sombra.
En sus aulas fue semilla,
en sus libros, voz sonora,
en sus pacientes, amparo,
en sus alumnos, memoria.
Supo mirar el abismo
sin perder nunca la aurora,
y en la ciencia puso manos
de ternura cuidadosa.
El estudio fue su senda,
la docencia, noble obra,
y en cada mente atendida
dejó humanidad profunda.
Pero María no es solo
la doctora que razona,
también es río de versos,
narradora que emociona.
Senderos abrió caminos,
El río de la vida asoma,
Blanca Lluna Plena canta,
Las alas del viento vuelan.
Y en cada página suya
la experiencia se transforma
en palabra limpia y firme,
en verdad reveladora.
Joan Bosco, sacerdote,
también de isla luminosa,
Ciutadella lo vio niño
entre familia piadosa.
Aprendió que la existencia
vale cuando se entrega toda,
que la fe no es solo rezo,
sino pan, abrazo y obra.
Fue vicario en Santa Eulalia,
pastor de Ferreries noble,
guía de San Esteban,
voz cercana entre los hombres.
En seminarios y aulas
dejó su enseñanza hermosa,
religión, latín y teología,
filosofía y palabra honda.
Cuarenta años de docencia,
veinticinco libros brotan,
y en sus versos se arrodilla
la palabra ante la Gloria.
Él sabe que la poesía
es silencio que se nombra,
mística luz que atraviesa
la carne humilde y sonora.
A María Auxiliadora
le ofreció canto y corona,
porque en la Madre descubre
la ternura que perdona.
Y si la Iglesia tropieza,
él no oculta sus congojas:
pide perdón con firmeza
y también muestra sus obras.
María ayuda al inmigrante,
al que pierde patria y horas,
al que carga duelos viejos
como maletas sin costa.
Cáritas sabe sus pasos,
Manos Unidas la nombra,
y Menorca la contempla
como raíz que retorna.
Joan Bosco acompaña enfermos,
jóvenes, fieles y sombras,
grupos vivos de parroquia,
comunidades que brotan.
Los dos vienen de Menorca,
isla de luz y memoria,
aunque la vida los lleva
por senderos diferentes
y en distinta senda honrosa.
Ella, maestra del alma;
él, sacerdote que exhorta;
ella, ciencia y literatura;
él, evangelio y concordia.
Mas los dos tienen en común
una entrega silenciosa:
ayudar a los demás
sin reclamar nunca gloria.
Granada Costa los siente
como presencia valiosa,
Académicos de Honor,
con dignidad creadora.
En la Academia de Ciencias,
Bellas Artes y Buenas Letras,
sus nombres quedan grabados
como luz que el tiempo muestra.
Ecos de las Leyendas
les ciñó nueva corona,
reconociendo trayectorias
de noble y larga memoria.
Y el Premio Distinguido,
recientemente, proclama
que son faros necesarios
en esta familia humana.
No son premios solamente,
son señales de una historia,
de dos vidas que han sabido
hacer del bien una norma.
María, mujer de estudio,
de palabra luminosa,
tu ciencia se vuelve abrazo
cuando la pena te toca.
Joan, pastor de la esperanza,
tu voz no impone: convoca;
tu fe no cierra caminos,
abre puertas y perdona.
Desde aquel Hotel Miguel Ángel
sigue mi pluma curiosa,
persiguiendo vuestra huella
por islas, libros y obras.
Y cuanto más os conoce,
más claramente razona
que hay seres que son cultura
porque la vida mejoran.
No importa si el mundo corre
entre ruido, prisa y sombra;
vosotros dais testimonio
de una paz que no se compra.
María enseña que el saber
sin compasión queda a solas;
Joan demuestra que la fe
sin amor pierde su forma.
Por eso elevo estos versos,
con gratitud limpia y sobria,
a dos nombres que engrandecen
la cultura que nos convoca.
Que Menorca os reconozca,
que su tierra os dé su aurora,
que Granada Costa os guarde
en su corazón y en su historia.
Y que al mirar vuestro ejemplo
comprendamos, sin demora,
que solo vive de veras
quien para otros se desborda.
María Vives, luz serena,
Joan Bosco, voz que conforta,
dos caminos, una entrega,
dos almas, una victoria.
Recibid esta exaltación
como ramo de palabras,
porque vuestra vida enseña
que la bondad nunca acaba.

José Escriba
Ciudadano del Mundo

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