CARTOGRAFÍA DE LO OTRO
“Cartografía de lo otro”, de Francisco Luque, es un poema profundo sobre la diversidad humana, la percepción y la capacidad de reinventar el mundo desde lo diferente.

No es el vacío donde crecen los pasos,
sino la tierra que se pliega distinta.
Una geografía de huesos
que trazan senderos imprevistos,
mapas en braille sobre la piel del mundo.
La luz no siempre entra por la ventana esperada.
A veces es un rumor en la oscuridad,
un latido contra el cristal opaco del oído,
un color que vibra donde solo hay sombra.
Un aroma que dibuja caminos en la niebla,
una brisa que habla en alfabeto de escalofríos.
(¿Quién define la línea?
¿El muro o el aire que lo rodea?
¿La palabra atrapada o el gesto que la libera?
¿El laberinto sin espejos o la brújula interna
que talla norte en la sombra?)
Hay jardines que florecen en el silencio,
raíces que abrazan la piedra hasta hacerla fértil.
Un pulso que no sigue el compás del reloj,
sino el ritmo hondo de su propio océano.
La memoria no es álbum de retratos fijos,
sino un caleidoscopio de sensaciones tejidas,
un refugio donde el tiempo se curva como un río.
Las alas no siempre despliegan plumas al viento.
A veces son raíles de acero bajo la piel,
un motor sordo que empuja
contra la gravedad del límite,
la voluntad plegada, origami indomable,
que se despliega paso a paso, pliegue a pliegue,
construyendo puentes de aire sólido.
No es ausencia. Es un lenguaje distinto.
Un código grabado en nervios
que cantan otra melodía.
La piel recuerda el viento que no acaricia,
los ojos escuchan la música
que los ojos no ven.
Las manos leen el eco de las formas ausentes,
traducen el mundo en nudos de luz y presión.
El espíritu no es estatua
que la tormenta quiebra.
Es la semilla que agrieta el asfalto,
el río que busca su cauce
aunque le cambien el lecho mil veces,
el fuego que arde con leña mojada,
humeante, pero arde.
Es la sombra que, alargándose,
revela nuevas fuentes de sol.
No superan. Persisten.
No rompen. Se adaptan.
No vuelan como los demás.
Encuentran su atmósfera.
No son héroes de fábula.
Son cartógrafos de lo posible,
dibujando, con tiza frágil y mano firme,
un nuevo continente
en el mapa de lo humano.
Es la vida, no menos intensa,
en el molde distinto que la contiene.
Es el canto que surge de la grieta,
la luz que nace justo donde el ángulo cambia,
el vértice inesperado
donde el horizonte se multiplica.
Son los navegantes del interior,
que en la marea del límite,
descubren islas de un archipiélago invisible,
iluminado por un faro que solo ellos saben ver.

