VIDA Y OBRA DE SALVADOR RUEDA, UN GRAN POETA DE LA AXARQUÍA MAÑAGUEÑA (completo)
Salvador Rueda Santos viene al mundo el dos de diciembre de 1857, en la aldea malagueña de BENAQUE, aneja a MACHARAVIAYA (Málaga), un pintoresco caserío rural de apenas treinta y cuatro casas, en las que destacaba su descomunal iglesia, rodeado en viñedos y arboleda diversa. En su partida de bautismo figura con el nombre de Salvador Francisco. Sus padres: Salvador Rueda Ruíz y María Santos Gallardo; un matrimonio de pobres campesinos honrados y trabajadores. Se casaron en 1853, y engendraron siete hijos; cuatro murieron prematuramente y sobrevivieron Salvador, Ubalda y José.
Apenas pudo valerse por sí mismo, lo pusieron a aprender un oficio en el que destacara, así probó a ser labrador, carpintero, panadero, acólito y pirotécnico. En ninguna de estas facetas destacó. Su padre no comprendió el temperamento soñador y artístico de aquel hijo. El futuro poeta fue siempre más aficionado a juegos y excursiones que al trabajo manual. Así crece, lejos de la civilización social y de la escuela convencional, en íntima comunidad con la naturaleza estudiando los fenómenos y trasformaciones lógicas de sus comportamientos.
¿Quién y cómo le enseño a leer en este ambiente? No lo sabemos. Pero es cierto que vino a remediar a Salvador el sacerdote Padre Robles, el cual se desplazaba desde Beajarafe (Málaga), para darle clases y enseñarle rudimentos de latín, al tiempo que se esforzaba en educar su gusto a las letras de los clásicos españoles y autores del Siglo de Oro: Jorge Manrique, Garcilaso, Fray Luis, Góngora, etc. “En su lectura (confiesa Salvador) formé el poco gusto literario que yo pueda tener; ellos han sido mi base, culto y guía, y sólo falta leer mis libros para ver que de lo clásico desciendo.
Pronto llegó el día en que visitó Málaga, que dejaría en su sensibilidad de niño un recuerdo imborrable.
Su padre, siempre decidido a hacer de él un hombre de provecho, prueba interesarlo en el oficio de arriero -una vida de mucho sacrificio en la lucha con las bestias y contrariedades anejas-, le lleva con su hermana Ubalda a la capital de la provincia. Aquella salida de Benaque -recuerda Salvador- «fue el primer vistazo que yo iba a dar al mundo civilizado. La emoción me embargaba al contemplar tantas maravillas». Es ahora cuando descubre que su espíritu de artista necesita la gran ciudad para fabricar su ambición y miras, y concibe el propósito de trasladarse allí algún día, fascinado por el tráfago y dinamismo que cautiva por su ajetreo al contemplarlo.
Salvador Rueda
El fallecimiento de su padre, inesperadamente, abrió el horizonte de sus deseos, a pesar de que la pobreza de su familia le convertía de repente en ser el sustituto del difunto para sacar adelante a su madre y hermanos. Los amargos trances que siguieron al fatal desenlace, que dejaba a la familia en precarias condiciones, al frente de la pobre madre enferma y angustiada. Así transcurre la primera etapa de la vida del poeta en la aldea natal de Benaque. Allí, y entonces, nace y crece su timidez, su desmaño en el trato social, su amor por la familia, su honestidad humana y artística, su fidelidad a los amigos, su espíritu agradecido y noble. De su querida tierra sale pobre e inculto, pero excepcionalmente pleno de espíritu. »Criado a los pechos de campos, mares y montañas -decía el poeta en 1.914, e inclinada mi frente saciada de profundos y germinadores silencios, sobre la sabiduría natural durante los dieciocho primeros años de mi vida, en la que esculpí o engendré en mis entrañas espirituales, preñadas de secretos, y de todo el vasto tesoro de arquetipos de la Gran naturaleza creadora”.
El balance de esos años, en su terruño, no podía ser más halagüeño. Decía: “somos esclavos del plano en que vivimos; él conforma nuestra inclinación, modela nuestro temperamento, cuaja de modo determinante nuestro carácter. El mar, visto y oído desde las altas montañas, por primera vez…” De niño maneja en un templo los vasos sagrados, incensarios, misales, candelabros, atriles, casullas, conchas de bautismo, campanas, etc. y, ¡quién sabe si también me nace desde entonces la devoción por la religiosidad del Arte, y la frecuencia con que invoco, para las supremas imágenes, las palabras hostia, cáliz, coro, religión, templo, campanario, misal, facistol, órgano, y muchas más voces que ruedan constantemente por mis estrofas”. El respeto sagrado al Gran Todo, y el afán en penetrar en los misterios de la naturaleza auscultándola. ¿no provendrían también de esa educación primigenia del campo, del templo y del mar?»
Entre 1870 y 1875, una vez vencidos los problemas de familia y dinero, Salvador se establece en Málaga. Al principio, parece ser que se aloja en el Mesón de la Calle Camas, en el cual solían parar sus paisanos en los desplazamientos a la capital. En su estancia en la capital realiza numerosos oficios: Ejerció de guantero, corredor de guías, tipógrafo, droguero, y mancebo de botica. Mientras, su verdadera vocación, le lleva a establecer contactos con estudiantes y aspirantes a escritores, a cuyo lado siente crecer en su espíritu la llamada de las musas.
Se supone que de esta época (año 1872) es el poema «El agua y el hombre», cuyos versos reflejan indicios de su calidad de poeta. También prueba entonces, con modestos trabajos, su ejercicio en el periodismo literario-lírico, entregando, en colaboración con otros dos jóvenes amigos, charadas (pasatiempos), y otras menudencias – al periódico “El Mediodía», que dirigía don Narciso Díaz Escobar, procurando ocultar su identidad bajo el pseudónimo de “Dos y medio”, el medio era él. Parece ser que, descubierta su autoría, los periodistas le plantean un reto poético del que sale la primera versión del poema “mirarte sólo en mi ansiedad espero», el que luego corregido fue incluido en el «Poema del beso”. Lo importante para él fue que, impresionado don Narciso Díaz por sus cualidades poéticas, decidió protegerle, cosa que Salvador Rueda nunca olvidó, pues como él dice: “Fue don Narciso quien corrigió mis primeras cuartillas”. En seguida lo admiten entre los redactores de “El Mediodía», que publica sus poemas, a través de los cuales se va dando a conocer entre los lectores malagueños. Ello le permite ampliar el ámbito de sus trabajos literarios en «El Correo de Andalucía”, El Semanario de “Málaga” y la revista “Andalucía”.
Recopila sus primeros versos publicados y otros inéditos y publica su primer libro de versos, “Renglones cortos” (1880), cuando tiene veintidós años. Los críticos advierten en sus páginas aciertos indudables, aunque también una notable orfandad de lecturas y de “oficio” que Salvador admite con sinceridad. Y es que, aunque, el poeta nace, el poeta se educa. Atento a estos consejos, Rueda escribe ese mismo año el poema «Arcanos» que dedica a Núñez de Arce, y que luego, con otras tres composiciones, publicó el tomito titulado «Noventa Estrofas». Con estas introducciones advierte Rueda, como se va consolidando en Málaga su prestigio de escritor que, incluso rebasa, modestamente, las fronteras locales; fruto de ello serán los primeros premios que logra en su carrera poética: el del Instituto de Málaga en el Centenario de Calderón (1.881), y el del Liceo de la Capital de la provincia (1.882).
PRIMEROS AÑOS EN MADRID
Pronto recibe Rueda pruebas de gratitud de Núñez de Arce por la dedicatoria de «Arcanos». En l1882, nombrado Núñez de Arce Ministro de Ultramar, el político-poeta lo llama a la Corte, colocándolo en “La Gaceta de Madrid», con un sueldo de 5.000 reales al año; aunque al cesar su protector de ministro el 15 de febrero 1.883, pierde su puesto, pero esta llamada que inauguró su etapa madrileña, se prolongará por espacio de 37 años, y constituye la parte más brillante de su carrera literaria. La influencia de Núñez de Arce le abrirá todas las puertas, y el relacionarse con los mejores personajes del mundo literario. Satisfecho y orgulloso Salvador le escribe a Díaz de Escobar: “Aunque no los trato a todos, pero si me relaciono con Castelar, Echegaray, Campoamor, Zorrilla, Sellés, Clarín, Flores García, Armando Palacio, Manuel del Palacio y muchos más. No puedes figurarte lo raros que resultan todos ellos vistos de cerca o tratados. Pero, sobre todos, destaca don Gaspar; el cual puso a su disposición su biblioteca, donde Salvador lee con avidez los libros que su mentor le escoge; el mismo Núñez corrige sus composiciones. El trato que le dispensa a Salvador se puede estimar casi paternal. Salvador en cartas a Díaz de Escobar elogia la sabiduría de don Gaspar. Dice: “Chico, ¡vaya talento y modo de discurrir!”
Siguiendo los consejos de Don Gaspar, Rueda se entrega intensamente a su propia formación intelectual. De esta forma procura subsanar sus carencias culturales. No por ello descuida su labor periodística, nombrado redactor jede de “El Globo”. Luego escribe en «El Imparcial y en «La Diana». Empleado a la vez en diferentes tareas burocráticas, por razones lucrativas. Su espíritu inconformista se centra en un periodismo abierto a toda novedad, lejos de la rutina. Su alma de campesino se rebela contra la crueldad de la vida urbana.
Nada interrumpe su trabajo de escritor. En 1883 publica «Noventa estrofas, Cuadros de Andalucía y Don Ramiro». Estas obras, según las reseñas de prensa, no pasan inadvertidas, pues gracias a ellas Rueda pronuncia el año 1881, una conferencia muy aplaudida en el Ateneo de Madrid. Se siente eufórico y triunfante. «No paro ni un momento, dice, siempre estoy invitado acá y allá, recitando versos…» Mi timidez se ha modificado, aunque no se extingue, sin embargo, ya recito delante de la gente, visto frac y hago cosas que eran muy difíciles para mí». El mismo año gana un concurso literario, al que no quiso concurrir, y a espaldas suyas unos amigos presentaron la obra que fue la ganadora, su título «Fiesta y plática».
En racha de éxitos, obtiene nuevos triunfos. A los aplausos populares se unen los de los críticos más exigentes. En 1886 publica «El patio andaluz”. Clarín lo elogia exaltando sus cualidades literarias. En 1887 publica «El Cielo alegre». Libro a libro va construyendo una hermosa obra costumbrista de ambiente andaluz. En 1888 publica “Sinfonía», representando las cuatro estaciones del año, con 75 poemas. Lo sorprendente de este libro revolucionario, es que le reportó no pocas incomprensiones. Desconcertado ante la actitud de la crítica, decide suprimir este libro de su catálogo de obras poéticas. En 1889 publica «Estrellas errantes» que marca un retroceso en su trabajo creador. Después publica “lo que no muere”, justamente censurada por Clarín como indigna.
Ampliando su registro creador literario, ensaya el género novelístico, publicando en 1889 «El gusano de luz», obra que la define como estudio de sensualismo. Los críticos lo conceptuaban de idilio. Muy criticado por Pereda, que califica la obra de pornográfica. A pesar de todo, escribe a Díaz de Escobar: “Querido amigo: Ayer he vendido de un solo golpe la edición entera de mi novela “El gusano de luz”, con muchos elogios de la prensa de estos días. Creo inmerecido este triunfo ruidoso. Por lo pronto, hice mi agosto.
Salvador Rueda en su madurez
Al año siguiente, su buena suerte le premia con el logro de una digna estabilidad, pues por Orden de 10 de septiembre de 1890 le conceden el Negociado 6º en la Dirección general de Instituciones Públicas (Archivos, Bibliotecas y museos, teatro real, Bibliotecas Populares y Registro general de la propiedad Intelectual). Sosegado ya en este aspecto, se entrega al estudio y lectura de la Literatura griega y los clásicos españoles. Nunca abandonará la lectura de los viejos modelos. Reconoce su estado de salud en 1927y dice a Rafael Alberti: «Estoy torpe, casi no veo…”. A pesar de todo publica el «Himno a la carne», que provoca una oleada de escándalo en general, y en especial de Juan Valera, que califica el libro de libertinaje, como una “lascivia de viejo”, sin rebajar su aprecio por el poeta. Para poner un poco de paz en el asunto, publica de inmediato dos libros costumbristas: «Granada y Sevilla” y “Bajo la parra” en 1890.
Comienza el año 1891 con la publicación de «Tanda de Valses». Después publica «Cantos de la vendimia», elogiado por Clarín. No todo fueron alabanzas, sin embargo, por el tono desusado de aquellos poemas. La polémica volvió a encenderse con bríos, como él dice: «Pedían mi cabeza; a grandes gritos». Porque la cosa era clara, aunque yo no la explicaba; yo venía de las incubaciones hondas de la Naturaleza.
LA PRESENCIA DE RUBÉN DARÍO
Rubén Darío llega a España en 1892, con motivo del IV Centenario del descubrimiento de América. Rueda lo recibe como un compañero de revolución literaria. Era poco conocido en España. Rueda se propone difundir su obra e introducir al poeta en los círculos literarios madrileños, presentándolo a los mejores escritores y críticos. En “Liberal” le abre sus puertas publicándole el “Elogio de la seguidilla”, valorado por el director del diario, Miguel Moya.
La figura de Rubén Darío se hace pronto popular entre la juventud. Agradecido a Rueda, le expresa su admiración. Rubén redacta un “Pórtico” que figurará en “Tropel”, último libro de versos de Rueda, y que luego incluirá Rubén en “Cantos de vida y esperanza», allí proclama a Rueda Gran Capitán de la lírica y regio cruzado del arte. No opina lo mismo la crítica. Clarín le reprocha a Rueda su obsesión rubendariana, pues los nuevos poetas sudamericanos no son para él más que “sinsontes vestidos con plumaje parisien”, por lo que Rubén es un poeta sin jugo propio, que tiene el tic de la imitación, escribe sin respeto a la gramática ni a la lógica, y nunca dice nada entre dos platos. Estas palabras de Clarín marcaron para siempre el inseguro juicio de Rueda, que las repetirá tras romper con Rubén Darío.
SEGUNDA PARTE
Al iniciar esta segunda parte, es mi obligación aclarar al amable lector de la Vida y Obra de Salvador Rueda, que no cursó estudios académicos. No se ha podido averiguar que estuviera en posesión de algún título académico o universitario. Era, desde luego, un auténtico didáctico. No cabe duda que debió poseer una fuerza de voluntad increíble e inagotable para alcanzar su gran nivel de cultura literaria, y codearse con lo más grandes escritores de España e Hispanoamérica de su época.
Otro aspecto que debo aclarar en la vida del poeta, es que no se le reconocen compromisos amorosos que destacaran; murió soltero. Sólo cabe señalar su engreimiento pasajero con una sevillana que no llegó muy lejos en el amor con Salvador. Desconocemos la identidad de esa persona. Su verdadero amor fue la poesía; esa pasión le acompañó hasta su muerte.
SU REGRESO A LAS RAÍCES
El poeta moral y físicamente se había hecho viejo; los años transcurren sin darnos cuenta. Con sesenta y dos años se siente desilusionado y muy solo en Madrid. Los jóvenes poetas estimaban u poesía anticuada, tópica y vanamente musical. Una bronquitis crónica le complica la vida. Añora la solazada paz de su tierra. Su espíritu se resiste a darse por acabado, y el 20 de Julio de 1.918 presenta solicitud de un permiso para visitar Uruguay, Paraguay, Chile y Perú. Un proyecto del sexto viaje que es imposible de culminar. Convencido de su utópico deseo, anula la petición. Se siente rechazado en Madrid dentro del mundo literario. Y, en su espíritu crece el ansia de verse entre los suyos. Al fin, el 24 de enero de 1.919, alegando motivos de salud, pide ser trasladado a Málaga, petición que le es concedida. El 1 de marzo se le adjudica una plaza de Jefe de Primer Grado en la Biblioteca Provincial de Málaga, con un sueldo de 10.000 ptas. anuales. Ya está en su patria chica, sin apenas despertar la atención de sus paisanos.
Considerado como una vieja reliquia, Salvador será desde su llegada a Málaga, presencia imprescindible en todos los actos sociales que allí se organicen. Se le ofrecen algunos homenajes y le visitan los nuevos poetas lugareños: Hinojosa, Souvirón, Altolaguirre, etc… Se mantiene activo con esfuerzo, y publica novelas como la «Vocación” en 1.921, “El secreto de una Nayade” en 1.922. Pero todo le es cada día más penoso. «Las letras me bailan -confiesa entristecido-, cada vez me acerco menos a los libros, y por esta razón dejo en paz la pluma». Una operación ocular mejora su visión en 1.925. Lleno de fe, pide al General Cano, Gobernador de la provincia que ignore benévolo sus es capadas en días de oficina.
“Me encanta Málaga Capital -confiesa- pero mi pueblo, Benaque, me ofrece tranquilidad y soledad para entregarme a la meditación a mi antojo. Por eso amo el retiro y el silencio».
Tolox (Málaga), con su Fuente Amargosa que le alivia su bronquitis crónica. Visita este pueblo con frecuencia, pues su manantial de aguas medicinales le ofrece especial descanso.
A los 67 años, como establecen las Leyes, le llega la Jubilación; situación que le supone una gran tranquilidad. La Dirección General de Bellas Artes, en agradecimiento a sus servicios, le reconoce los honores de Jefe Superior de Administración Civil. Su vida cambia de aspecto. Ahora asiste a actos culturales, tertulias, paseos, estancia en Benaque, atender correspondencia, y reposo. El 23 de julio de 1.926, en una breve visita a la Isla de Tabarca (Alicante), hace testamento ante notario. Reparte su hacienda a hermanos y parientes, y una parte a la Academia de la Lengua, para premiar el mejor libro que se publique en España. Y en cuanto al capítulo personal (es curiosa su última voluntad) la suscribe así: «Mis restos serán metidos en una fuerte caja, igual de ancha por los dos extremos, sin clavarle la tapa, y quedará expuesta en la habitación que yo ocupé en mi estancia en la isla, que mire al mar y a Alicante, lugar donde he dormido, padecido y soñado, buena parte de mi vida, evitando meter mis restos dentro de tierra, pues padezco «catalepsia» (fenómeno físico que afecta al sistema nervioso). Tengo un gran horror a lo cerrado y a la soledad.
Ruego con todo mi corazón a las mujeres, hombres y niños de la isla, que tanto amé, que tengan un religioso respeto a mi tumba, en la cual no será enterrada nadie más, bajo ningún pretexto. Deseo del digno sacerdote que vigilará el recinto, y que le dejo una manda, que me acompañe un pájaro en una jaula, para seguir oyendo la divina armonía del mundo.”
Sus últimas voluntades no las cumplieron, pues falleció en Málaga el día 1 de Abril de 1.933, y fue enterrado en el Cementerio de San Miguel.
El 24 de Junio de 1926 lo eligen director y propietario del diario jienense «El pueblo Católico», además es nombrado Académico de la Española. Demasiado poco y tarde para él. Ahora lo que más le preocupa es la mudanza a la casita al pie de la Alcazaba, mirando al mar, toda pintada y hermoseada. Esa sería su última casa, y en ella pasaría su apacible ancianidad. En tan reducido recinto se sentía feliz el poeta de la Raza. Una vieja «castorita» (sombrero de copa alta) le apretaba la frente, y no las verdes hojas de laurel de tantos premios y honores. Sus oscuros anteojos y su andar casi a tientas, denotaban la necesidad de un lazarillo. Se encontraba pobre, olvidado, oscurecido, casi ciego, aquel hombre, flor natural y rey de las regias diademas en los torneos poéticos hispanoamericanos. Nadie diría -oyéndole hablar – que aquella modesta persona, pequeño de talla, fuera el creador polifónico de «Trompetas de órgano». Era un príncipe del Parnaso. Pequeñito, limpio en el vestir, con su traje de dril (tela de algodón blanco), su corbatilla negra y su sombrero de copa alta, ya desteñido por el tiempo y el sol malagueño. Así lo veían pasear por Málaga, simpático y risueño, por el Parque y el Puerto, con la mirada perdida en lontananza de montes y mares. «El mar me da vida”, decía con frecuencia. Aunque viejo hay en él una clarividencia de juicio que lo mantiene vivo.
En 1.929 publica el «El milagro de América», un cuadro a las bellezas de aquellas tierras y al heroísmo de sus descubridores y colonizadores. “Está escrito para niños y también para todos los de nuestra raza”. «Aunque la edad me pesa, sin embargo, cuando de poesía se trata, mi pluma se crece y resucita”. Así debía ser cuando dos años después publica también «El poema del beso»; un conjunto de cincuenta sonetos, fechado en Benaque el 2 de diciembre de 1.931. Bella poesía sin duda, aromatizada de fragancias pretéritas.
Salvador Rueda a la vejez
Cuando está próximo su final, llega la hora del reconocimiento de los méritos del poeta. Díaz de Escobar, González Anaya, Muñoz Degrain y otros, proponen que, por suscripción popular, se le erija un monumento. Todos aceptan. Se encarga al Arquitecto Francisco de Palma. El 18 de Enero de 1.931 el Ministro de Fomento pone la primera piedra, y, tras un aplazamiento inexcusable (comienza la 2ª República), con la quema de Conventos, destrucción de iglesias e imágenes… «Días de un Apocalipsis que han tenido su trágico castigo», -comenta Rueda-. En una memorable jornada se inaugura el monumento. Rueda contempla enternecido el entusiasmo popular, ¡Qué puede sino sentir, llorar, temblar y retener sus nervios!
Sus padecimientos crónicos siguen agravándose. Es el acorralamiento en el callejón sin salida de la muerte. «A la disposición de Dios está mi puñado de miseria» -comenta desalentado. Se ve a sí mismo como enfermo fósil, cada vez más recluido en su rincón «No salgo de casa, ni casi de la alcoba, -comenta lleno de desesperada tortura-, porque esto a una desesperación”. A ello se une el terror a la muerte, los escrúpulos de conciencia… Tiembla, postrado ante el Obispo de Málaga, pidiendo perdón por sus presuntos pecados. Las aprensiones por su estado de salud; la angustia por el posible derribo de su casa. Sólo confía en su médico Don Manuel Pérez Bryan, a quien dedica un largo y patético poema de cincuenta y dos versos alejandrinos, en que se presenta como carne de dolor, el cual lo titula:
RESURRECCIÓN
Mis apagados huesos de savia fenecida,
la languidez caduca de mis exhaustas venas,
el cenicero pálido de mi frente sin vida
que los cielos sostuvo con sus astros de almenas,
cuanto en mí se deshace, se borra y se disuelve;
deshilachados músculos de hebras sin vibraciones,
llama de Dios venida que se apagó y no vuelve,
corazón con hélices ya sin palpitaciones,
son la miseria vana sin formas ni energías
que del suelo levantan tus manos milagrosas,
para ver si revives mis crisálidas frías,
y las hace tu ciencia volverse mariposas.
……………………………………
…………………………………….
Eres el taumaturgo que, a tu mandato cierto,
juntas en nueva vida mi dispersión errante,
y haces que, desde el fondo de mi sepulcro abierto,
a Dios abra los ojos, y resucite y cante.
Narra la historia del pájaro con los ojos saltados para que cante mejor. «La superstición y el crimen se habían dado la mano para cercenar la vida creada por Dios. Metido yo también en otra jaula de hierro como el pájaro, y también con los ojos saltados por los hombres, canto mi desventura hasta que llegue la hora de la Resurrección”.
Esa hora no se hizo esperar, y el sábado 1 de Abril 1.933, cumplidos los 76 años, fallecía en su casita de Málaga. El momento supremo pasó raudo, sencillo y anodino, contrario a lo que él temía. Pusieron el cadáver en su cuarto de trabajo. El gran poeta de la Raza yacía envuelto en su clámide (especie de capa usada por griegos y romano colocado en el féretro. Le hicieron mascarilla de su rostro, y molde de su mano derecha de escayola. Juan Vargas, pintor gitano, copio al carbón su cabeza. El domingo por la mañana, se le enterró sin pompas ni sermones en el Cementerio de San Miguel. Unas cuantas personas asistieron a la ceremonia de su último adiós, sin responso alguno. Al transcurrir de los años, se fue produciendo un olvido injusto y lamentable, que fue oscureciendo su figura y su obra, hasta recluirlo en la memoria de unos pocos incondicionales, pero ha de llegar el día en que resurja con más fuerza y admiración.
LA PERSONALIDAD DE RUEDA
Lo primero que llama la atención de Rueda al leer su biografía, es su temperamento lírico-poético. Todo lo ve y percibe desde una perspectiva de belleza y emotividad. Rubén Darío lo definió acertadamente como el último poeta lírico que entonces existía en el mundo. Su aptitud era la observación ensoñadora. Cuantos le trataron manifiestan su talento imaginativo y mágico, en discordancia con lo cotidiano. Era un artista de la palabra, y conocedor del milagroso poder de la armonía. Convencido de sus poderes poéticos, se constituye tozudamente en profeta de su modo de entender la poesía, frente a tantos vates desorientados por el afán de complacer a sus lectores, sometidos a modas pasajeras. «Soy germinal de acentos y ovario de sonidos.»
Su espíritu se halla en un perenne trance creativo, «Desprecio al que, por saber hacer versos, se cree con derecho a carecer de virtud de deberes humanos, de castidad, de respeto, de amor a la Patria, de amor a todo lo elevado y grande, que lo que tiene que poseer todo poeta para trasmitirlo a los demás». “Por lo mismo desprecio las alturas del hombre/ y a sus triunfos escupo irreverente/ cuando no está sobre el poeta el hombre/ tocando las estrellas con la frente/. Su temperamento bondadoso y afectivo, mezcla, comunicativa de extroversión, benevolencia y sentimentalismo, lo que lleva a una visión ética del arte. No crea sufrimiento con sus poemas, pecando quizá por prodigar las alabanzas. Hablaba con léxico entre popular y erudito, gracioso, con citas y advertencias, consejos y metáforas…
Siempre concedió gran importancia a la amistad. Era desmañado en el trato con gentes de alcurnia y fama, prefería a los humildes, haciendo cuanto podía por favorecerlos; lo prueban sus cartas de recomendación.
Mi corazón -buril, pluma, paleta,
latía, ungido de temblor sagrado
por mis tres puras almas inspirado,
de labriego, de niño y de poeta.
Los elocuentes elogios que le dedican los compañeros de oficio, denotan el reconocimiento de sus valores personales y poéticos.
En fin, diremos que Salvador Rueda fue un gran poeta, una persona sencilla, bondadosa y ejemplar, muy querida por muchos, y despreciada por unos pocos. No obstante, hay que descubrirse ante el esfuerzo de Rueda para lograr elevarse a las alturas sin asistir a Escuelas ni Universidades, y llegar a codearse con los más grandes escritores y poetas del siglo XIX y parte del XX.
Su gran capacidad creadora, asombrosa. Diríase que es conocedor del milagroso poder de la armonía. En su palabra musical se aúnan todos los anhelos sentimentales.
Y si, teniendo un arpa sublime y soberana,
no cantas de los hombres la lucha sempiterna,
baje sobre tu pecho la execración humana;
caiga sobre tu frente la maldición eterna.
Convencido profundamente de sus capacidades, se constituye ante el mundo en «profeta de su modo de entender la poesía», frente a tantos poetas confusos que, por el afán de complacer a sus lectores, se someten a modas extranjeras. De aquí deriva su dedicación total a la poesía, auxiliado por el milagro y la gracia que le dio la «Gran Madre, la Naturaleza.”
«Cantar y trabajar, eso es la vida.
El que canta labora y se recrea,
y mejor fecundiza su tarea,
pues con el canto hasta el dolor se olvida.»
Su espíritu, un tanto infantil estaba siempre dispuesto a hacer favores; a crear ambientes de paz y concordia. Así decía:
Hoy que a mi ser impasible
la edad del dolor se acerca,
y de cuanto amé en el mundo
muy poco o nada me queda.
También este componente de su temperamento tenía su lado negativo, pues a la par que despertaba las simpatías de las personas sinceras, le ponía en embarazosa posición de inferioridad frente a los solemnes. Rueda era un bendito de la mejor buena fe, «Le llama con benevolencia Juan Ramón Jiménez”. No sabía evitar su torpe cortesía de aldeano, lo que hacía que algunos no se lo tomaran en serio. No supo librarse nunca de su aire de humildad, quizá un poco exagerado. Odiaba aparentar riqueza. Su vida fue siempre parca, modesta y ahorrativa. Nadie entiende que una persona tan popular y culta, se considere tímida, «La timidez me encierra en mí mismo de tal modo, que se secan las palabras en mis labios. “¡Y es cosa que no puedo remediar, pues si pudiera yo estaría ya curado hace tiempo!” Por otra parte, la falta de títulos académicos, lo colocaba en una incómoda situación frente a otros colegas, tal vez menos cultos, pero que exhibían su titulación.
En última instancia, sabía que triunfar en literatura tenía para él un precio, que estaba dispuesto a pagar. Ad augusta per augusta, piensa con el viejo proverbio. Y el tópico horaciano logra en él una versión plena de humana sinceridad:
¡Quién fuera como tú, Naturaleza,
cuanto más desgarrada, más fecunda!
Cada golpe de hacha en tu firmeza,
de una hermosura nueva te circunda;
y, mientras cada herida es más profunda,
arrojas por tus tallos más belleza.
Y también decía:
Nadie sienta rendirse en la pelea
de la materia la mundana escoria,
por alcanzar el triunfo de una idea.
Más que el cuerpo mortal vale su historia,
y, ya que es polvo, que al menos sea
polvo a los cuatro vientos de la gloria.
LA OBRA DE RUEDA
Para Rueda todo cuanto existe es objeto de canto. La pluma del poeta abarca todo el horizonte de la vida y la Naturaleza. Su pentagrama no tiene límite. Según él todo procede de Dios; todo es divino. Todo es posible en el Universo.
Orbes grandes y pequeños son iguales;
a un solo ritmo van sus pulsaciones,
todas al girar son corazones
que se trenzan en ósculos nupciales.
Los iones son las claves más completas;
llevan dentro satélites, planetas,
y tiemblan en la luz tumultuarios,
y en el aire encendido de arreboles,
no solamente respiramos soles,
respiramos sistemas planetarios
Todo es, por tanto, noble en su esencia, todo es digno de canción, desde el frondoso árbol de la noche a la casi invisible nitícula, a la que dice el poeta, sin sombra de adulación:
Nada hay pequeño en la vida,
pues su forma delicada,
es tan gigante y grandiosa que aturde,
deslumbra y pasma.
Las criaturas, como princesas olvidadas, piden al poeta que se fije en ellas para exaltarlas en canción.
Cada cosa, cada eco humano, cada átomo, dice constantemente a la pluma del poeta: Cántame, analízame, descríbeme, lleva mi voz a ese concierto, porque si no estará incompleto el pentagrama. Rubén Darío lo vio certeramente, al afirmar que nuestro poeta es «el hombre que tiene confianza en el alma de las cosas, porque, es una voz, un órgano de la Naturaleza». Criado en los campos y montaña de la Axarquía malagueña.
Para Rueda todas las artes tienen una radical unidad, como manifestación de la belleza increada: ¿Qué más da verso que color o nota? Todas son alas de la suma gracia» -dice Rueda-. Al reconocer el origen divino de la inspiración, poética, asimismo, se aleja un poco del modernismo hispanoamericano.
Fue un incansable viajero cultural del mundo hispánico. Realizó cinco viajes, visitando Argentina, Cuba, Centro América. Dos años permaneció en Filipinas. En todas partes fue aclamado con entusiasmo. Ya anciano, en el año 1.926, aún solicita permiso para realizar un sexto viaje con intención de visitar Uruguay, Paraguay, Chile y Perú. Viaje que, dado su estado físico, no pudo realizar.
CONCLUSIÓN
SALVADOR RUEDA SANTOS, fue un gran poeta español, denominado «Poeta de la Raza». Una figura egregia de las letras españolas. Humilde hasta la pobreza; campesino en las montañas de la Axarquía malagueña; tímido incorregible hasta la muerte. Un hombre bueno y noble, siempre dispuesto a complacer y favorecer a los humildes. De la nada escaló la cumbre de la lírica, como autodidacta.
En otro aspecto personal del biografiado, hay que significar la importancia y categoría en los empleos de altos cargos administrativos en Organismos oficiales de la Administración Gubernamental.
Fue un patriota de convicción intachable. Su amor a España lo manifestaba constantemente en sus palabras y escritos, exaltando sus gestas, conquistas y civilizaciones, en los territorios que gobernó en varios Continentes.
Su visión sentimental y personal de la Madre Naturaleza, y de todo lo divino y grande… «Decía», Todo procede de Dios. Un profundo enamorado de la mujer; lo expresa profusamente en sus composiciones poéticas; a pesar de ello, nunca tuvo amores íntimos reconocidos, sólo algún entretenimiento pasajero.
Su tierra, Málaga… Para él era el «Paraíso Terrenal». ¡Cuánto le agradaba visitar su pequeño pueblo natal, Benaque! Allí se sentía feliz porque le aportaba tranquilidad y sosiego para entregarse a la meditación y a la escritura.
Quiero finalizar mi escrito manifestando ser un ferviente admirador de su poesía tradicional. Su incursión en el modernismo con las reformas poéticas que realizó, no son de mi agrado. Lo suyo era la rima, la medida y acento del verso y su ritmo. Como sonetista no hubo otro mejor; dominaba con singular soltura los cuartetos y tercetos en las distintas medidas que empleaba.
Desearía que mi escrito sirviera para despertar el interés en su lectura. Que Dios lo haya acogido en su seno, que, como devoto, patriota y esforzado autodidacta, bien lo tiene merecido. ¡Que así sea!
BIBLIOGRAFIA CONSULTADA
Gran Antología SALVADOR RUEDA por Cristóbal Cuevas. EDITORIAL ARGUVAL
Diccionario Enciclopédico ESPASA-CALPE, Novena Edición, 1.984
Por Rafael Camacho García